Spinning, pesadillas y los mares del sur

La vida es ciertamente similar a una clase de bicicleta estática, donde la cuestión no es otra que dar pedales, que andar. No parar de hacerlo ni por un segundo

Spinning, pesadillas y los mares del sur
Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

He de confesarlo: me he apuntado a clases de spinning. Bueno, así lo llamaban antes. Ahora lo llaman 'G-bike' siguiendo esa tendencia tan actual que hace creer a la gente que cambiándole el nombre a algo, cambias su esencia.

En realidad viene a ser como cuando te cambias tú el nombre; que te levantas al día siguiente, te miras en el espejo y sigues siendo el mismo gilipollas que cuando te llamabas Nabucodonosor por aquella apuesta a las cartas que perdió tu padre en el pueblo antes de engendrarte. 'Si pierdo esta partida le pongo de nombre Nabucodonosor al primer hijo que tenga', juró el muy hijo de puta dando un puñetazo en la mesa. Y bueno, ya saben cómo va esto de «palabra de vasco».

Pues a lo que íbamos. He descubierto que el spinning es lo más parecido a nuestra vida. Discurre del mismo modo. Das pedales como un descosido, como si lograras avanzar y subir montañas, trazar curvas, esprintar desaforadamente o lanzarte a una escalofriante bajada. Y al final, nada. No has avanzado ni un puñetero metro. Estás donde estabas. Ni más ni mangas. En el mismo metro cuadrado.

Al día siguiente vuelves al gimnasio. Te subes en la misma bici. Y empiezas donde lo dejaste la última vez. Sin aspavientos. Como si te llevaran del ronzal. Reconociendo que, por mucho que te muevas, por más que te esfuerces, nunca llegarás a lado alguno. O mejor, llegarás al mismo lugar en el que estabas sin pasar por ningún otro. De movimiento impávido, podría clasificarse este extraño fenómeno de 'déjà vu'.

La vida es ciertamente similar a una clase de bicicleta estática donde la cuestión no es otra que dar pedales, que andar. No parar de hacerlo ni por un segundo, soñando que fuéramos dueños de nuestro destino y bien agarrados al manillar, como si guiáramos nuestra montura hacia un destino ansiado. Como un John Wayne contemporáneo picando espuelas hacia un horizonte de pega.

En definitiva, la cosa es correr para no llegar a ninguna parte. En todo caso, nuestro mayor éxito acaba siendo el que nos entierren arropados por el mismo paisaje que nos vio nacer. Como el toro se cobija junto al burladero sabiendo que no hay escapatoria alguna, consciente del corto recorrido que le separa de la sala de despiece.

Dicen que Churchill refirió el consejo en un discurso: «Si te encuentras atravesando el infierno, continúa andando». No te pares. Si bien no lo dijo Winston, se trata de una cita apócrifa, es irrelevante porque nos es igual. Sirve para ilustrar la metáfora del spinning y la vida. Porque si dejas de dar pedales, no sólo te quedas en el sitio, sino que puede que estés muerto y aún no lo sepas.

Algunos momentos resultan impagables en mis clases de spinning. Si bien la ausencia de desplazamiento tiene sus inconvenientes filosóficos y su punto patético, te proporciona una sensación de ingravidez muy propicia para fantasear. Si eres capaz de evadirte del ejercicio y cierras los ojos, vienen a tu mente pensamientos de lo más dispares.

Se trata de una sensación parecida a un duermevela. Mis clases, de este modo, se han transformado en mis viajes astrales. Y mientras los demás sudan, yo viajo. He vuelto a recuperar a los clásicos que ya tenía olvidados, a Conrad, London, Stevenson, Melville y otros cuantos secuaces más. Y me pego unas aventuras en cada sesión de spinning de cágate lorito. Como se enteren seguro que me suben la cuota.

El otro día, sin ir más lejos, me regalé un garbeo por los Mares del Sur abordando embarcaciones a diestro y siniestro y secuestrando a princesas que siempre tenían el rostro de mi mujer; que no hay quien le dé esquinazo ni fabulando. En otra ocasión caí en la cuenta de que este juego tenía su peligro cuando, remontando el río Congo…

Pegué tal grito cuando aquel bantú-ambala se arrojaba sobre mí con su machete que, afortunadamente, todos los compañeros de clase lo atribuyeron bien a las endorfinas que libera el ejercicio, bien a los desvaríos propios de un hombre de mi edad.

Al principio, cuando leía el periódico antes de las clases de spinning, me asaltaban toda suerte de pesadillas mientras pedaleaba. Imágenes de Sánchez e Iglesias pegándose en las escaleras del Palacio de la Moncloa y tirándose de los pelos; Echenique con unos prismáticos espiando a Carmen Calvo, como James Stewart en 'La ventana indiscreta' de Hitchcock, postrado en su silla de ruedas, observando un asesinato.

Afortunadamente, desde que me mudé a la novela de aventuras me reservo los paisajes que recorrer y los personajes con quien interactuar. Así, no tengo que soportar la levedad del ser y puedo viajar con mi imaginación hasta el infinito y más allá.

Tanto me aburre este presente virtual de redes sociales y de posverdad, que he decidido experimentar mi propia virtualidad con la fabulosa herramienta de la imaginación que tanto iluminó nuestra infancia y que, por fortuna, vuelve a inspirar todavía nuestra madurez.