Donde se salvan las anorexias más graves
EL CORREO entra en la pionera TCA, una unidad diferente donde no manda el peso sino la motivación de unas jóvenes cuya vida corre peligro
La Unidad de Psiquiatría del HUA Santiago atiende actualmente a más de 200 pacientes alavesas y del Alto Deba afectadas por trastornos de la conducta ... alimentaria (TCA). Los ingresos se duplicaron en el año 2021 coincidiendo con el final de la pandemia y desde entonces la cifra se ha mantenido estable. Dos tercios de las pacientes empieza el seguimiento siendo menor de edad y el tratamiento dura de media cinco años. Algunas se recuperan y para otras el camino es mucho más complicado y corren riesgo de que el trastorno se cronifique o de que su vida corra peligro. Precisamente para esas situaciones más graves existe desde abril de 2024 una unidad específica en la séptima planta del HUA Santiago. Era desde hace tiempo un recurso muy demandado por afectadas y sus familiares y que Osakidetza solo ha implantado en la capital alavesa y Galdakao. EL CORREO ha podido acceder un año y medio después de su puesta en marcha.
Este nuevo modelo «supone un gran cambio en el paradigma de abordaje de los TCA», señala Iñaki Zorrilla, jefe de sección de Psiquiatría de la OSI Araba. Tradicionalmente, la anorexia o la bulimia se han abordado de una manera más restrictiva y con el peso como el valor central. Aquí no se centran tanto en lo que marque la báscula sino en aspectos psicológicos, por lo que la intervención psicoterapéutica juega un papel fundamental. «Estamos hablando de un abordaje mucho más holístico. Pasar de un modelo paternalista a uno más humanista», sostiene Julen Marín, uno de los psiquiatras de la unidad junto a Laura García y Laura Mongelos, supervisora de enfermería de psiquiatría. El ingreso siempre se hace de manera voluntaria y la motivación de la paciente es clave durante todo el tratamiento. «Es el motor que mueve el cambio de cada una de ellas», coinciden los profesionales.
Hablan en femenino porque hasta ahora solo han atendido a mujeres, en concreto a una veintena. Llegan derivadas desde el servicio de Psiquiatría, siempre en situaciones muy complicadas, muchas veces con desnutrición severa y/o riesgo de suicidio. Poder tener acceso a esta unidad es «una salvación», coinciden las dos mujeres que comparten su testimonio con este periódico. Todas las atendidas son mayores de edad y la mayoría tiene entre 20 y 30 años, aunque pueden alcanzar hasta los 50. «En casi todos los casos llevan años en tratamiento pero con una evolución muy lenta. Aquí ingresan desde la motivación y convencidas de abordar su TCA de otro modo», apunta Marín.
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Hay dos modalidades de ingreso. Una completa en la que la paciente duerme en el hospital –aunque tiene cierta libertad para salir y puede recibir visitas– y una hospitalización parcial en la que la afectada acude de mañana, de tarde o en los dos turnos pero no hace noche en Santiago. La unidad cuenta con tres habitaciones dobles, es decir, seis plazas máximo para las que requieran hospitalización total. Muchas son alavesas pero también llegan de toda Gipuzkoa y para las familias no son suficientes camas, piden que se amplíen.
El objetivo principal es el retorno funcional «más allá de la nutrición»; una recuperación física y mental que se logra con ingestas socializadas y un intenso trabajo psicoterapéutico. Los momentos de las comidas son una parte fundamental de la rutina y siempre las hacen juntas, cinco al día. «Es un momento complicado porque tienen muchos miedos, algunas tienen sus propios rituales… aquí se trata de normalizar la ingesta.
Actividades grupales
Se hace hablando, compartiendo objetivos, cómo está yendo la semana o cómo nos sentimos. Se genera un buen ambiente y las pacientes se ven reflejadas las unas en las otras y eso ayuda», asegura Juan Olmo, psicólogo clínico. Todos los días participan además en una actividad grupal y en una psicoterapéutica en la que se abordan cuestiones como la relajación, la gestión de las emociones, el autoconocimiento o la autoestima.
Al margen de las actividades grupales se realizan pases de psiquiatría individuales y las tardes están dedicadas a salidas o visitas. También hay tiempo para las partidas de cartas o manualidades en la sala común donde se puede observar una estantería llena de juegos como el Black Stories o el Rummikub, uno de los más populares entre las chicas. Además cada una tiene espacio en su habitación para hobbies como la lectura o el dibujo.
«Venimos de un modelo muy paternalista y poner el foco en la paciente cuesta, pero los resultados están siendo buenos. Ellas agradecen estar acompañadas las 24 horas pero al mismo tiempo tener libertad y responsabilidad. El criterio de alta no es tanto el peso sino la funcionalidad de la persona», concluyen los psiquiatras.
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Maitane 37 años, ertzaina
«Llegué a pesar 30 kilos en pandemia; mi vida era estar siempre triste y cansada»
Maitane (nombre ficticio) sufre anorexia desde los 17 años, ahora tiene 37 y la unidad de TCA del HUA Santiago ha sido «la salvación» para ella. Los problemas con la comida comenzaron cuando se independizó y no se sentía cómoda con su físico, entonces empezó «un bucle que era imposible de controlar» y que ha marcado toda su trayectoria vital.
«En pandemia llegué a ingresar con 30 kilos en el hospital de Donosti, me derivaron a la unidad de agudos y me estabilicé, pero volví a recaer. Mi vida era estar siempre triste y cansada», relata esta joven gipuzcoana desde la cama de su habitación compartida. A su espalda, decora la pared un collage hecho con recortes de revistas y textos escritos por ella misma y un dibujo de la película 'Pulp Fiction'. Sobre la mesilla reposa el libro 'Las bragas al sol' y en otra mesa guarda sus rotuladores y el bloc en el que pinta. Maitane es aficionada al arte, pero su profesión es ertzaina. Una tarea que la enfermedad le ha impedido ejercer durante demasiado tiempo. «La anorexia te genera muchísima inseguridad. En el trabajo todo me costaba el doble que a mis compañeros, tanto el concentrarme como cualquier actividad física». No le da vergüenza admitirlo, ni narrar cómo su TCA le ha afectado en su vida personal. «Creo que esta enfermedad sigue siendo un tema tabú y que hay muchos prejuicios cuando no debería ser así», sostiene.
«La enfermedad te genera mucha inseguridad. En el trabajo todo me costaba el doble que a los demás»
En su caso, el año pasado tocó fondo y llegó a su límite. Fue entonces cuando le informaron de que existía la opción de venir a Vitoria para ingresar en el nuevo recurso de Santiago. Le pareció una buena salida después de haber pasado por una clínica privada de Barcelona con un coste de cerca de 6.000 euros al mes por ingreso.
Su decisión fue la correcta y Maitane no escatima en elogios al equipo de profesionales (psiquiatras, psicólogos clínicos, enfermeras, endocrinos y auxiliares) del que está rodeada cada día. «Me siento muy arropada y muy segura. El trato es súper cercano, amable y personalizado», describe. «En una situación como la mía volver a la vida normal da vértigo y personalmente no creo que nunca vaya a conseguir una recuperación plena, pero sí ser independiente y poder llevar una vida más o menos normal», se sincera. De hecho es optimista y confía en poder incorporarse a su puesto como ertzaina en breve.
En su caso, el momento de las comidas en grupo ha sido muy importante para «aprender a disfrutar» de la alimentación acompañada y también a reconocer sensaciones como los sabores, el hambre o la saciedad «después de 20 años pasando hambre».
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Ainhoa 21 años, estudiante de Enfermería
«Sin esta unidad no hubiera conseguido salir del pozo»
Ainhoa (nombre ficticio) lleva seis meses ingresada en este recurso. Es de San Sebastián pero su caso era tan grave que allí no tenían los medios adecuados para tratarla. «Es muy triste que haya tenido que venir aquí porque en Gipuzkoa no exista algo así, a pesar de ser tan necesario», lamenta esta joven de 21 años que lleva desde los 15 padeciendo anorexia. Le cuesta hablar de su enfermedad, pero lo que sí traslada en varias ocasiones durante la conversación es que ingresar en la unidad de TCA de Santiago le ha devuelto la esperanza.
«Sin esta unidad no hubiera conseguido salir del pozo en el que estaba metida», resume sentada frente al escritorio de su habitación y apenas unos minutos después de una conversación con su psiquiatra, una actividad habitual en la rutina de estas chicas. «Siento que el ingreso me va a permitir darle la vuelta al trastorno para evitar que cronifique y además me va a dar herramientas para enfrentarme a la vida cuando salga de aquí», se abre Ainhoa. Empezó la carrera de Enfermería y a pesar de haber tenido que detener sus estudios «para coger fuerzas», confía en terminar el grado y poder trabajar.
Su situación era tan delicada cuando llegó que en la habitación no le permitían tener libros ni ninguna otra distracción para ayudarle a que se centrara en ella misma y sus sensaciones. «Era importante que después de las comidas por ejemplo me familiarizada con la sensación de estar llena. También que cumpliera con los tiempos de reposo», explica la joven. Es habitual que las pacientes no se permitan ningún momento de reposo por la idea de que es necesario quemar las calorías que han ingerido.
Como en el caso de su compañera, para ella han resultado fundamentales las ingestas compartidas. «Ver a otras comer te ayuda. Aunque a veces te comparas y es difícil, a mi me ha servido para reafirmarme en mis logros», confiesa Ainhoa, que agradece además los momentos de ocio grupales tanto con el resto de las chicas como con los profesionales.
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