Patateros y orgullosos

Raúl Rubio del bat Txiki./Blanca Castillo
Raúl Rubio del bat Txiki. / Blanca Castillo
Ángel Resa
ÁNGEL RESA

Hay momentos de la vida en los que una persona se aproxima sensorialmente al concepto de la felicidad. Al menos a dos generaciones de vitorianos -o sea, a bastante más gente que una persona sola- les ha invadido tal dicha en el Txiki. El bar de Sancho el Sabio que ratificaba con su nombre el tamaño del establecimiento. Y lo escribo así, en pretérito imperfecto, porque el próximo martes bajará la persiana para no volver a izarla jamás en esa calle que mejoró el Plan E de Zapatero con su pérgola y todo.

El personal ha acudido allí desde 1981 ('since' que dicen los ingleses) con las papilas gustativas en guardia y los jugos gástricos echando carreras estomacales. La ocasión siempre lo merecía porque esa tortilla de patatas babosilla y jugosa, con el líquido cayendo en alud tranquilo hacia el plato, fue, es y será un manjar para paladares universales. Quizá porque se trate de la mejor del mundo, añado, con esa licencia que me otorga tener familia en Bilbao.

Se humedecen los ojos recordando la textura y el sabor de ese pintxo tan popular como exclusivo en las sartenes de la familia Rubio-Romo. Una estirpe cordobesa de Los Pedroches que acabó por convertirse en referencia fundamental de la calle. Con la simpatía que el hijo trae de serie, al lado de Los Manueles que regentaba el amigo del alma que se le marchó tan pronto, lleno de clientela apostada en el mostrador, la barra supletoria enfrente y la calle en las tardes de meteorología benigna. Raúl regentó luego lo que ahora figura como Ko-Tarro, abrió y cerró en breve tiempo una segunda versión del Txiki en San Antonio y se estableció también como gastrobar en Abastos. Donde, precisamente, continuará marchando las tortillas que hagan falta.

Cuántas veces nos llaman patateros a los alaveses con un toque de desdén. Y orgullosos, añadimos, cuando llevábamos a gente de fuera a comer la ambrosía en Sancho el Sabio y abandonaba el local rendida a la evidencia. Quien probaba, repetía. O había extraviado el sentido del gusto donde Cristo perdió las sandalias.