Las dos orejas, el rabo y el papa-móvil

Las dos orejas, el rabo y el papa-móvil
JUAN CARLOS ALONSO

Los policías portugueses son unos pringaos. Resulta que llevan en huelga cerca de un año protestando por las condiciones salariales de miseria que padecen. Y, hartos del maltrato económico, han dejado de multar, provocando un pinchazo multimillonario en las previsiones presupuestarias de ingresos por multas en el país vecino.

Han llegado a una situación en que las administraciones no recaudan un céntimo por imposición de sanciones, practicando aquella máxima que hiciera furor entre los currantes de la antigua Unión Soviética: «Ellos hacen como que me pagan, y yo hago como que trabajo». Y ya puedes aparcar frente al Parlamento, o en mitad del corredor del tranvía lisboeta, o no renovar el seguro, o ciscarte en las limitaciones de velocidad, que no te multan ni por ensalmo.

Estos portugueses, ignorantes de lo que acontece en otras latitudes, están abocados al desastre. Si bien han aprendido cómo salir de la crisis mucho mejor que nosotros, la verdad es que no tienen ni idea de cómo se hace un torniquete al Ministerio. Y claro, no acaban de obtener respuesta a sus justas reivindicaciones en forma de un mínimo incremento para sus escuálidos emolumentos.

Ciertamente tienen mucho que aprender de otros cuerpos policiales, como el de los municipales vitorianos. Porque no han comprendido un silogismo esencial y muy simple: Si no multas, haces feliz a la gente. Y si colaboras en la felicidad del país, no supones ningún problema para quienes lo gobiernan. Antes al contrario, cooperas en generar bienestar y placidez en la ciudadanía. Y hasta ahí podíamos llegar si quieres hacerte notar.

En Vitoria, en cambio, aprendimos en carne propia que si encuentras el modo de trepanar al ciudadano sin infringir la ley, circunvalándola, sorteándola y haciendo gala de creatividad jurídica, acabas siendo una china en el zapato del sistema; o un forúnculo reventón para el vecino, si se prefiere la comparanza. Y al final te llevas el gato al agua, pones al Gobierno de turno contra las cuerdas y te arreglan las cuitas del convenio, tras haber zaherido con contumacia las costillas del contribuyente.

Y es que Vitoria, que ha sido faro, luz y guía europea de políticas medioambientales sostenibles, debe animarse a promover congresos en otras disciplinas y aspirar a ser referencia en cuestiones punteras y en nuevas políticas de ‘Imasdemasí’.

Por poner un ejemplo en asuntos en que acreditamos un know-how arrollador, y por empezar por el principio, podríamos enseñar a nuestros hermanos policiales portugueses a cómo organizar huelgas de celo, también llamadas huelgas ‘a la vitoriana’, o ‘a la japonesa’. Y que se dejen de pendejadas y vetustas huelgas de brazos caídos, que ya no van a ningún lado.

Se llenarían nuestros hoteles de congresistas, porque vendrían agentes de todo el mundo, en uniforme de gala, a aprender cómo se acojona al personal con un talonario de multas. Promocionaríamos el Palacio Europa para los cursos teóricos. Y en la Plaza de Toros, donde otrora se ensartaran morlacos de lidia y hoy se acumulan polvo y telarañas, enseñaríamos nuevas técnicas de tauromaquia. A saber, banderilleo de conductores diletantes, toreo de peatones poco avisados, pase al natural multando con la izquierda, o exigencia de ahínco a los picadores en la suerte de varas al ciclista, pongamos por caso.

Los congresistas ufanos serían premiados con las dos orejas del cicloturista pillado in fraganti, o con el rabo del can incumplidor -o del dueño, en casos particularmente graves-. Y es que gozamos de unas potencialidades que están poco aprovechadas. Sólo hace falta un poco de espontaneidad y una pizca de osadía para sacudirnos complejos atávicos, dando un paso adelante y situándonos a la cabeza de la oferta congresual de Hego Euskal-Herria.

Porque no nos valoramos, ni somos conscientes de las fortalezas que atesoramos. Que son muchas. Aunque nuestro espíritu modesto y apocado nos impida a menudo resurgir de nuestra mediocridad ‘cual ave Félix’, para predicar, tal como hiciéramos antaño, que «Vitoria es tan pequeña, que no se ve en el mapa, pero bebiendo vino, nos conoce hasta el Papa». Advirtiendo al Santo Padre, claro está, de que si viene por estas tierras se cuide de aparcar correctamente el Papa-móvil. No la vayamos a liar y se lo lleve la grúa municipal.