LA OBJETIVACIÓN DE LA MEMORIA

LA OBJETIVACIÓN DE LA MEMORIA
Jesús Prieto Mendaza
JESÚS PRIETO MENDAZA

El debate ha trascendido a la calle. Pocas son las tertulias, conversaciones de cuadrilla, reuniones familiares o redes en las que no esté presente la Cruz de Olárizu. Me van a permitir que deje a un lado la historia de la empresa alentada por León XIII para erigir cruces en los montes; que no mencione la Santa Misión de 1951, origen de la construcción de la nuestra, ni dedique más tiempo a la iniciativa de Emilio de Apraiz, Gerardo López de Guereñu y Luis Sáenz de Olazagoitia; y que excluya a figuras destacadas del régimen franquista -el gobernador civil Luis Martín Ballestero o el nacionalcatolicismo representado por el obispo Bueno Monreal-. Hoy deseo aportar desde una concepción filosófico-antropólogica, que centra el foco en las víctimas de la violencia injusta, lo que fueron las del franquismo, como cualquier otra de una concepción totalitaria.

Si hay algo que deseo subrayar es que la cruz, en caso de que se mantenga con una placa explicativa de aquel inaceptable contexto, pueda ser un elemento de memoria para con las víctimas y a su vez de denuncia para con sus victimarios. De igual forma, sería interesante analizar si su demolición, si se consumara, además de terminar con una construcción de la dictadura no pudiera acabar también con la necesaria memoria debida a sus víctimas y con un posible elemento simbólico deslegitimador del franquismo, con un importante impacto social.

La cruz bien puede ser un lugar de reconocimiento a todas las víctimas que en Álava generó la barbarie

En definitiva, lo que se pretende con la cruz, y quiero creer en la bondad de las intenciones de unos y otros, es conseguir en ella lo que el filósofo Xabier Etxeberria Mauleon denomina «objetivaciones de la memoria». Quiero decir con ello que se desea que la citada cruz -en este sentido, su ausencia anularía este potencial- funcione, para quien acceda a ella, como dinamizadora de un recuerdo justo del pasado.

Otros ejemplos

El mismo autor, en 'Dinámicas de la memoria y víctimas del terrorismo' (Bakeaz: 2007), recomienda que los espacios de memoria sirvan, primero, para lograr un lugar común contra victimaciones ocurridas en lo que Ricoeur definía como «acontecimientos límite». Y el franquismo lo fue. Y, segundo, se ha de conseguir que estos memoriales no relativicen las violencias y las memorias, sino que contribuyan a percibir el alcance del mal y la importancia de recordarlo como vacuna contra su repetición.

En este sentido, el Holocausto puede resultar paradigmático. Si Auschwitz no fue demolido, si es aprovechado es precisamente por esta razón profundamente pedagógica. Como diría Todorov, una visita a él nos confronta con el mal, nos interpela y nos lleva a denostarlo, nunca a justificarlo, desde la objetivación de la memoria de las víctimas, colocadas sus narrativas en la centralidad del proyecto. En esa línea, Olárizu bien podía convertirse en un lugar de memoria similar y, en mi opinión, el derribo podría sustraernos esa posibilidad.

Martín Alonso habla en 'El lugar de la memoria. La huella del mal como pedagogía democrática' (Bakeaz: 2012) de las virtudes de afrontar la transformación de un monumento al horror para convertirlo en un «patrimonio de todos los ciudadanos, en el que ese capital ético-político se pueda utilizar en la formación cívica en valores democráticos, convirtiendo esa memoria silenciada en una compartida y ejemplar». Se trataría, por tanto, de conseguir una «reversión de la impunidad» para erigir un acercamiento a la memoria, a la verdad y a la reparación moral. Auschwitz, el Museo del Gulag Perm-36, el Centro Haroldo Conti, el Museo de la Memoria y los DDHH, el de Jasenovac y el de la Resistencia no son sino ejemplos de cómo de la infamia se ha construido humanidad.

Creo que la Memoria Histórica debe practicarse desde la radical deslegitimación de la dictadura, sus representantes y sus obras. Aun así, la dinamita no siempre puede ser la mejor herramienta. Opino que la cruz bien puede ser convertida en un lugar de memoria y de reconocimiento a todas las víctimas que en Álava generaron la sinrazón y la barbarie.

Alonso cita en 'Cohen: 2001' una reflexión de Human Rights Watch: «Es imposible esperar que llegue a producirse la reconciliación si una parte de la población se niega a aceptar que ocurrió algo inmoral y si la otra no ha recibido un reconocimiento del sufrimiento que ha soportado».

¿La Cruz de Olárizu puede contribuir a ello? Convenientemente «reconstruida democráticamente», creo que sí.

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