NADA ES LO QUE HUBO

Ángel Resa
ÁNGEL RESA

No es esta la primera vez que recurro a aumentativos y diminutivos o en sentido figurado a prismáticos y microscopios para hablar de economía, ciencia que me resulta extraña, y cribar el polvo de la paja. Los indicadores ‘macro’ revelan que la profunda crisis, en mala parte importada desde tierras norteamericanas, parece un socavón del pretérito que ya sólo vemos a través del espejo retrovisor. Baja el porcentaje de desempleo, sube el crecimiento e incluso aquella psicosis general que envolvía de pesimismo a casi toda la sociedad completa -siempre hay quienes progresan a nado firme en tiempos de ciénaga y lodazal- suena con la sordina del eco que se apaga.

Pero de aquella recesión no salimos indemnes, sobre todo una parte de la demografía que ni levanta cabeza ni encuentra otros alivios que los relacionados con la solidaridad humana bien asentada en Álava. Familias enteras -quinientas atendidas por Cáritas- penalizadas por el paro de eterna duración y sin las formaciones suficientes para ponerse a salvo de los rápidos y las corrientes. Trazando el boceto a carboncillo de un retrato-robot surge el rostro de una mujer extranjera y en situación irregular, aunque la desesperanza tampoco distingue de manera radical por credos, etnias y lugares de procedencias. También hay personal autóctono que reclama auxilio golpeando con los nudillos en la puerta de la organización social cristiana.

Se trata de gente metida en el saco de la exclusión social. Repito que habremos salido colectivamente de la crisis, pero no sin raspaduras en el cuerpo y arañazos en el alma. Adultos expulsados del mercado laboral de reinserciones difíciles, jóvenes sin estudios que manejaban tela antes de desmoronarse el edificio de la construcción, otros bien preparados pero incapaces de emanciparse con una mínima dignidad por sus salarios de miseria y núcleos consanguíneos enteros a falta de una fuente de ingresos. A todos estos sectores castigados atiende la rama más admirable de la Iglesia Católica porque las consecuencias de la recesión, léanse progresivos barrancos sociales, llegaron para quedarse. Nada es lo que hubo.

 

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