Medio siglo lleno de lecciones de integración en el Colegio Lamuza

Excursión de los alumnos nacidos en los años 1987, 88 y 89 al santuario de La Antigua (Orduña), en 1993. / AMPA Lamuza

El centro ha cambiado al ritmo que lo hacía Llodio, pero sigue fiel a su vocación de acoger a todo el mundo

Sergio Eguía
SERGIO EGUÍA

Hace 50 años que Led Zeppelin publicó su primer disco. Fue el 12 de enero de 1969. Aquella semana, los alumnos de la primera promoción del colegio Lamuza, que había abierto sus puertas el verano anterior, volvían de las aulas tras la vacaciones de Navidad. Faltaban siete meses para que el hombre llegara a la Luna. Todo esto les era ajeno, lógicamente, pero el mundo estaba a punto de cambiar. También Llodio, el pueblo en cuyo corazón está la escuela. La primera del pueblo, la que dio respuesta a la llegada de miles de familias, buscando prosperar, al calor de la industria,

Hoy, las aulas del centro, que celebra sus 50 años este 2019 con un aluvión de actos, no se parecen en nada a aquellas de hace medio siglo. El colegio mutó por completo con la llegada de la LOGSE, en el curso 98/99, y la incorporación de las aulas de Infantil, que antes estaban en las escuelas 'Walt Disney'. Se implantó definitivamente el modelo D. Ahora toda las clases -menos castellano e inglés- son es en euskera. Después, la digitalización ha hecho que las aulas tampoco se parezcan a las de hace 10 años. «Hay pizarras digitales donde hace una década la mesa del profesor estaba aún sobre una tarima, simbolizando que vigilaba desde arriba, y los críos se tenían que poner en fila para que les atendieran», recuerda María Ángeles Fernández, una de las profesoras en activo en Lamuza. «Aquella forma de enseñar antigua es una de las cosas que me sorprendió cuando llegue hace 8 años. Luchamos por cambiar metodologías, porque el Ayuntamiento nos quitara aquellas tarimas para estar todos al mismo nivel».

Una tarea por adecuarse a los tiempos que arrancó mucho antes. Begoña Cosgaya, profesora durante 32 años en el centro y que lleva ya cinco jubilada, recuerda su primer día. «Yo era muy joven, tenía mucha ilusión y quería comerme el mundo. Y encontré un profesorado mayor a los que se llamaba Don y Doña. Aquellas cosas no me convencían. Una de mis tareas era introducir el euskera, que en aquellos momentos era muy importante en la escuela publica. Fueron años de perseverar mucho, de cambiar cosas y creo que lo conseguimos».

EL CORREO reúne en una de las aulas de Lamuza a siete personas ligadas al centro. Dos profesoras -María Ángeles y Begoña- cuatro exalumnos de diferentes edades, Koldo Zabala, Rocío Serrano, Paula Urquijo y Cristina Molina- y a la joven María, la hija de Rocío, que cursa quinto de Primaria este año. Le queda otro curso más antes de pasar el Instituto. Con el fin de la EGB, Lamuza se quedó sin Secundaria y los chicos abandonan en centro con 12 años.

Lugar de reunión

«Yo recuerdo con mucho afecto mis años aquí. Desde la ventana podía ver el portal donde vivían y siguen viviendo mi aita y mi ama. Lamuza, más allá del colegio, era nuestra plaza, nuestros parque de juegos. Al terminar las clases íbamos a merendar a casa y volvíamos corriendo. Pasábamos el día aquí. Muchas de nuestras amistades se forjaron aquí. Era el punto de reunión del barrio», recuerda Koldo (promoción de 1980). Y es que Lamuza es una escuela de barrio, es lo que la mantiene tan viva. Lo que lleva a los profesores, padres de alumnos y exalumnos a combatir los rumores que le están haciendo mucho daño últimamente.

Cristina (promoción de 1994) se fija en que «ya no hay crucifijos en la pared». Ella recuerda con cariño las clases de informática «cuando empezamos con el Logos, que hoy parece ridículo; o el laboratorio, que flipaba con aquella asignatura. El día que nos pinchamos el dedo para ver que tipo de sangre teníamos...»

Y la masificación de aquellas aulas de final de siglo, con 45 alumnos por clase. «Era todo en castellano, hoy, todo en euskera. En las aulas hay 12, 14 alumnos, que permite mucha mejor atención. Mis hijos son forofos del colegio», admite Cristina, Es una sensación compartida por todos.

A Paula (promoción de 2012) y a María (promoción de 2020) esas historias sobre «la guerra que suponía subir o bajar las escaleras con más de 500 chicos matriculados» les sacan una sonrisa. Ahora hay una cuarta parte de alumnos que entonces. Pero reconocen su colegio en la palabras de los que les precedieron. «Salí hace siete años y no lo veo tan cambiado. Cursé en modelo B y pase al D en el 'Insti', sin problema. Que ahora sea todo en euskera me parece muy positivo», dice Paula. «Yo también vivía muy cerca. Salía de casa un minuto antes de que empezaran las clases y tenía que venir corriendo. A la hora de comer iba a casa de amama. Como no me quedaba al 'jantoki' tenía envidia de los que lo hacían, porque yo tenía que esperar a que se abriera la puerta del patio mientras ellos estaban jugando».

María si se queda en el comedor. Un servicio que no existía cuando su madre, Rocío, Koldo o Cristina estaban en edad escolar. Nos cuentan cómo se ha ordenado por turnos el recreo para jugar a futbito, una religión en Lamuza. «Cada día juegan los de un curso. Los lunes se juntan Primero y Segundo, los martes Tercero y Cuarto... Los miércoles no se juega. A mí no me gusta jugar al fútbol», aclara.

Inmigración

La vida sigue igual, o parecida, 50 años después. A fin de cuentas, un colegio no es más que el reflejo de la realidad de la sociedad que lo rodea. «Yo creo que hay avances obvios, pero no en lo fundamental de lo que ha sido siempre Lamuza», añade Rocío. «Ahora hay niños de familias que vienen de otros países y eso ha creado un cierto revuelo. ¿Por qué? En mi época (promoción de 1986) llegábamos de otras comunidades. Mis padres era inmigrantes de León, otros eran de Galicia. La mayoría de los compañeros éramos como los de ahora: de otros lugares. Quizá al hablar el mismo idioma, el cambio cultural era menos chocante. Nunca vi ninguna diferencia con otros alumnos y creo que ahora no tiene que haberla».

«Es la realidad de nuestro pueblo y de nuestra sociedad, en la que cada uno viene de un sitio a buscarse la vida. Igual que hicieron nuestros padres».

Seguramente, interculturalidad es la palabra que mejor define a Lamuza. «Es algo que se pierden otras escuelas. Aquí lo aprendemos de forma natural. Sabemos que es el Ramadán o la fiesta del cordero... y los chicos aprenden a respetarlas como algo completamente normal. Hay bulos, rumores contra los que intentamos luchar».

«Antes había mas familias del pueblo. Ahora cada vez menos», resume Maria Ángeles. «Es un reto, pero creemos que todo el mundo tiene derecho a ser acogido. Es una lástima que algunas familias del pueblo no quieran mezclar a sus hijos».

 

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