Machado, de Vitoria

Machado, de Vitoria
ÁNGEL RESA

Le cuesta a uno elegir a qué carta (de Fournier, claro) quedarse. Si a la replicante que vive de llevar la contraria o a la opuesta que viene a acentuar el peso potente de la lógica. En el primer caso se encuadraría la manera peculiar que gastamos aquí de saludar el advenimiento de la primavera con botas altas, paraguas resistente a los embates del viento, guantes y bufandas. Dentro del segundo apartado cabría nuestra fidelidad a un clima tan alejado de las bondades asociadas al trópico. Y es que no ha nacido alcalde ni diputado general que dome el tiempo tan ‘sui generis’ de Vitoria y Álava. Han pasado dirigentes de siglas políticas diversas y ninguno ha resuelto este modo arisco de recibir a una de las más bellas estaciones del año. Así que, como rezan las promesas o juramentos de cargos, que Dios se lo demande a cada uno de ellos.

Aquí cualquier respuesta celeste ingresa en el territorio de lo natural como, por ejemplo, los copos a finales de abril coincidiendo con la romería del patrón provincial. Releo las previsiones de los meteorólogos y expertos en la cronología y me asombro, con la boca pequeña, de lo que dicen. Aseguran que la primavera entraba ayer, por la puerta de atrás, a las 17.15. Casualidad también, que decía Karra Elejalde en ‘Ocho apellidos vascos’, resulta que miro por la ventana mientras escribo a esa hora precisa y veo el cielo gris, el agua blanca más que transparente, los impermeables del personal azotados por el aire y restos aislados de nieve sobre las capotas de los coches. Y caigo entonces en la cuenta de cuánto nos han debido de mentir los biógrafos literarios. Nos han dado la matraca con el nacimiento sevillano de Antonio Machado, sus estancias en Baeza, Soria y Segovia y su muerte en el exilio francés de Collioure. Pero ni una referencia a Vitoria, ciudad en la que seguramente se inspiró para componer sus célebres versos. Ya saben, «la primavera ha venido y nadie sabe cómo ha sido».