Lienzos de brocha gorda

Verónica Werckmeister gestiona el día a día en una oficina acristalada./Igor Aizpuru
Verónica Werckmeister gestiona el día a día en una oficina acristalada. / Igor Aizpuru

En una ‘anodina’ lonja de Zaramaga trabaja Verónica Werckmeister, muralista que ha devuelto la vida a paredes mortecinas de Nueva York a Vitoria

Jorge Barbó
JORGE BARBÓ

En una lonja a pie de calle que comparte fachada con un ‘súper’, uno de esos que hace unos años presumían de ‘autoservicio autodescuento’. Pero su obra no está en oferta de llévese tres y pague dos. Directamente, es gratis total para el que la quiera ver. Aquí trabaja la muralista Verónica Werckmeister (Los Ángeles, California, 1972). Su estudio levanta la persiana en pleno barrio de Zaramaga, una zona que al visitante se le antoja como un laberinto callejero de grandes bloques de viviendas con fachada de ladrillo parduzco, con los balcones cerrados -todos- por el mismo aluminio tristón. Gris. Quizás por puro contraste, la artista pensó que este sería su lugar en el mundo, perfecto para concebir esos murales suyos con los que ha conseguido curar a los desconchones con color. Y lograr que las traseras de Vitoria le dieran la cara a la vida.

El amplio espacio -anodino por fuera, especialísimo por dentro- está compartimentado en diferentes estancias. Verónica acostumbra a dibujar y a gestionar el día a día más prosaico (tramitar esa licencia, gestionar aquella subvención...) en un cubículo que calienta un radiadorcito de aceite, pegado a una mesa de trabajo de plano inclinado en la que la artista está dibujando un tresillo, inspirado en uno que recibía a las visitas en casa de su madre. Y así, con la estufita, viendo a la artista trazar líneas, tan concentradísima ella, uno se acuerda de esas abuelitas que se calentaban los pinreles con un braserito bajo la mesa camilla mientras le daban al ganchillo.

Fuera de la oficina, a la que sólo le falta la señorita Ofelia mecanografiando un informe del agente Mortadelo, el ambiente es más frío. Una cortina de rafia separa los dos mundos de Verónica. A un lado, el caos pinturero de su almacén, que funciona como trastienda de la creatividad. Al otro, su estudio-estudio, tan blanco, tan diáfano, tan impoluto que, en contraste, parece que el telón de tejido basto funcione como una rara frontera artificial entre el cielo y el infierno de la artista. Y, claro, el inframundo del creador siempre resulta muchísimo más sugerente que el lienzo terminado.

Pinceles con pintura reseca se acumulan en su atiborrado almacén. Abajo, un coqueto rincón que se presta al sosiego. / Igor Aizpuru

Más que el atèlier de una artista que también le ha insuflado vida a paredes mortecinas en San Francisco, Nueva York, Barcelona y Chicago, parece el almacén de brocha gorda de Pepe Gotera y Otilio. A simple vista, uno diría que se trata de un lugar cochambroso, repleto de trastos acumulados sin aparente orden ni concierto. Es más, puede que un obseso del orden pudiera sufrir aquí un brote de ansiedad. Pero lo cierto es que, entre los andamios, los botes de pintura a medias, los pinceles despeluchados y los caballetes viejos -en una esquina se acumulan, como rocines estabulados, uno, dos tres... ¡cinco!- , reina un caos ordenado: los azules con los azules y los ocres con los ocres. Pero, sobre todo, aquí se esconde un rara belleza. Miles de millones de gotitas de colores, de todos los colores, salpican el suelo. Igualito que un Pollock ‘par tèrre’.

A la artista le gusta comparar sus estanterías atiborradas con los estratos de una excavación arqueológica. Debajo, la época en la que utilizaba azulejos pequeñitos. Un poco más arriba, los restos cortantes de cuando le dio por incrustar en su obra espejitos. Y, por encima, allá arriba, en lo más alto, se acumulan los trapos sucios, teñidos de restos de colorines. Como si un asesino al acrílico hubiera cometido un homicidio a pincel armado y aquello fuera, en realidad, la escena del crimen. Bendito desorden el suyo.

 

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