Inquina
Esa pequeña localidad no tiene apenas dos docenas de vecinos censados y, sin embargo, acumula cantidades de rencor para montar una start-up y exportarlo a paletadas
Leí con atención, interés y profunda preocupación los avatares de un pueblo alavés de cuyo nombre prefiero no acordarme. Esa pequeña localidad no tiene apenas ... dos docenas de vecinos censados y sin embargo acumula cantidades de rencor para montar una start-up y exportarlo a paletadas.
Pensé, incauto de mí, que, con unas elecciones de por medio, las aguas volverían a su cauce y el clima se relajaría una vez que las urnas dieran y quitaran razones. Pero no. Una vez pasado el plebiscito, los odios han repuntado como si las elecciones hubieran sido un mero trámite. Y las descalificaciones siguen subiendo de tono.
Francamente, he de reconocer que esto ya lo había visto antes, pero al tratarse de un partido político, siempre lo achaqué a aquella sentencia famosa del asesino a sueldo antes de dispararle a su víctima: «No es nada personal. Sólo negocios». Y lo peor que podía ocurrirle a uno es que lo defenestraran. Porque la diferencia entre un partido político y un pueblo cualquiera del solar patrio es que en el primero no hay escopetas de caza en el armario. Hasta donde yo pude saber. Y los navajazos sólo dejan cicatrices en el alma.
Y puede parecer acaso superficial dedicarle unos minutitos a un pueblo de tan reducido tamaño. Pero aprendimos con el profesor Lecter que para odiar con infinita inquina a alguien es preciso tenerlo muy cerca, verlo todos los días. Y estos odios rancios me infunden cierta incomodidad y temor. Máxime en los pueblos de reducido tamaño donde todos conocen cuitas y miserias de cada uno de sus convecinos.
Siempre llamó mi atención el afán de algunos urbanitas desavisados por jubilarse e irse a vivir a un pueblo. No al suyo, que la mayoría no tiene, sino a cualquiera en el que encontraran una casa asequible que les atrajera para vivir. Este deseo teórico de paz y amor, de comunidades reducidas y auténticas, de comunión, no existe. Y perdonen el spoiler. Si se equivocan de localidad, están jodidos.
Con toda la humildad y el respeto, rogaría a nuestro diputado general que, en aras de la paz y de la concordia, buscase un pacificador de aquellos que antaño merodeaban por Euskadi al calor del presupuesto. O que echara mano de algún 'peace maker' local tipo Jonan Fernández, dispuesto siempre a anteponer la concordia a su particular interés, y le encargara la misión de buscar la paz allí donde reine la discordia.
Todos dormiríamos mejor sabiendo que hemos puesto nuestro granito de arena por el sosiego y la convivencia en nuestra tierra tan histórica. Yo, particularmente, se lo agradecería en el alma, que vamos teniendo una edad y no está uno para sustos.
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