Alavés de noviembre

Iñaki Murua: sin miedo a volar muy, muy alto

Iñaki Murua, retratado en su exitoso restaurante Ikaro de la capital riojana./justo rodríguez
Iñaki Murua, retratado en su exitoso restaurante Ikaro de la capital riojana. / justo rodríguez

Desafía a la mitología en su restaurante de Logroño. EL CORREO premia al recién 'estrellado' chef

Jorge Barbó
JORGE BARBÓ

Ocurrió en Creta, hace un porrón de años. Dédalo, el Calatrava de por aquellos lares en aquel entonces, construyó el archiconocido laberinto del Minotauro y tuvo un hijo con Náucrate, una esclava. Al rey Minos no le debió de convencer ni lo uno ni lo otro, porque le condenó a vivir para siempre recluido en su endiablado laberinto junto a su criatura, a la que le puso Ícaro. El arquitecto se estrujó las meninges para buscar un medio con el que largarse de allí hasta que se le ocurrió ponerse a coser plumas, uniéndolas con hilo y cera para hacerse unas alas. Se construyó una versión beta y el invento funcionó. Pudo al fin volar.

Le hizo otro a su hijo, al que le advirtió de que -ojo, 'cuidao'- no volara demasiado alto porque los rayos del sol podrían derretir la cera. Tampoco demasiado bajo, ya que el agua del mar mojaría las plumas: ya sabe, dicen que la virtud siempre está en el término medio. Pero el chaval, entusiasmado, no le hizo caso al aita y, en pleno vuelo, echó a volar cada vez más y más arriba hasta que el pobre Ícaro acabó con las alas medio achicharradas y -plof- dio con sus huesos en el mar. Hasta aquí la pedante leccioncita de mitología griega.

Sartén y espumadera en ristre, el alavés Iñaki Murua le ha plantado cara al aéreo mito en su restaurante Ikaro de Logroño. Él no le tiene ningún miedo a volar muy, pero que muy alto, a pesar del riesgo de acabar achicharradito vivo, cayendo al vacío y acabando sumergido en las procelosas aguas del fracaso. Apostó fuerte y puso en marcha un restaurante de postín en Logroño, una ciudad poco acostumbrada a abrirle el apetito a la 'haute cuisine' de vanguardia. Lleva sacándolo adelante desde hace año y medio junto a Carolina Sánchez, su pareja de vuelo. Y, de hecho, un poco como los malogrados 'Brangelina' pero con mandil, de la suma de sus nombres viene el nombre del restorán. No les ha ido en absoluto mal.

Desde Laguardia

La Guía Michelin acaba de iluminar la carrera del chef de Laguardia (cosecha del 89) con su primera estrella, un reconocimiento que viene a confirmar el tremendo éxito que lleva cosechando su casa desde su apertura en la capital riojana. Allí, el Ikaro se ha convertido en el sitio donde cualquier amante del buen yantar, sí o sí, tiene que estar. Haber conseguido hacerse un hueco en la 'biblia roja' de la gastronomía le convierte, por méritos propios en un 'Alavés del mes' de manual. EL CORREO así lo ha entendido.

Como Ícaro, Iñaki Murua, hijo de un enólogo, también echó a volar bien pronto. Tras sus estudios en el master de Cocina Práctica y Producto en el Basque Culinary Center de San Sebastián, todavía de polluelo, creció en nidos de postín como Viura, Venta Moncalvillo, Berasategui y, sobre todo, Azurmendi. El chef vizcaíno le acogió bajo su ala y de él adquirió la sólida formación que le ha llevado a hacerse un nombre dentro del panorama gastronómico nacional. De allí se despidió para montar su aventura en solitario. Y coger altitud. Siempre con los pies en la tierra.

El restorán del cocinero alavés ha conseguido el entorchado de la Michelin tras un año de vida

En el corazón de Logroño, muy cerca del paseo del Espolón y a escaso tiro de piedra de Laurel, el restaurante fino del bueno de Iñaki recibe al comensal y le propone varios menús, el gastronómico, el más caro, de 56 euros, en el que queda bien clara, desde los entrantes, la esencia, vasca, riojana y ecuatoriana (por su compañera) de la casa. A saber: Chicha de uva, cascarita de cerdo con aji de mango, bacalao a la riojana, buñuelo de champiñón al estilo de la calle Laurel, tartar de calamares en su tinta y churro al pilpil. También platos como las natillas de hongos o ese faisán a la naranja. Es evidente que la Michelin es sólo el principio. Tiene suerte. Las estrellas salen de noche, cuando el sol ya no quema, así que Iñaki, con su Ikaro, puede volar todo alto que quiera.

 

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