Robo mortal en Aranbizkarra

«Mi hermana siempre se sintió muy sola»

Pilar Arbulo, con blusa celeste y pantalón blanco, abrazada a una prima en Laguardia, donde nació hace 75 años./E. C.
Pilar Arbulo, con blusa celeste y pantalón blanco, abrazada a una prima en Laguardia, donde nació hace 75 años. / E. C.

El pariente de la mujer víctima de un robo violento que acabó con su vida lamenta el trágico final. Confiesa que Pilar nunca se adaptó a París ni a Vitoria tras su jubilación

José Ángel Martínez Viguri
JOSÉ ÁNGEL MARTÍNEZ VIGURI

Pilar Arbulo ha tenido un final ciertamente trágico. Alguien vio en su frágil figura una víctima indefensa, una mujer de 75 años a la que robar lo que llevara encima, que no debía ser gran cosa pues portaba un bolso y un carrito con la colada recién hecha en una lavandería de Aranbizkarra. Hace una semana, a la hora de la sobremesa, dos jóvenes, supuestamente de «origen magrebí» de acuerdo a la descripción que ella misma, malherida pero consciente, facilitó a la Ertzaintza, se colaron en su portal y, ya dentro del ascensor, con engaño respecto al piso, la golpearon antes de cobrarse un estúpido botín. Sucedió en el bloque de la calle Hortaleza donde residía sola desde hacía una década, a su vuelta de París por jubilación. ¿Qué resistencia podía ofrecer a los puñetazos de sus asaltantes en un espacio reducido y claustrofóbico por efecto del pánico? Murió el martes, a los dos días de ingresar en Santiago, a causa de un «traumatismo craneal», apunta el informe preliminar de la autopsia al cadáver.

En ocasiones las desgracias llegan juntas. Tampoco la despedida a Pili, como también se la conocía, alivió el drama en el tanatorio la noche del jueves. El dolor se propagó. Ante el ataúd, familiares, conocidos y vecinos tuvieron que improvisar un responso en ausencia del sacerdote encargado de la oración, que no acudió por un malentendido. Los allegados cantaron el 'Gure aita' guiados por la hija de un primo de la finada y luego rezaron el padrenuestro antes de glosar una vida rota.

Justo a tiempo, por media hora, llegó a la funeraria Jesús (77 años), su hermano, el único familiar directo que tenía. Vino de una localidad cercana a Toulouse, al sur de Francia, donde estableció su residencia hace más de 50 años. En cuanto supo de lo ocurrido, se puso en carretera. Pero tardaron tres días en dar con él porque se encontraba de viaje y no había manera de localizarle. Ya junto a Pilar, el hombre ni siquiera encontraba consuelo en sus profundas creencias religiosas, que le vienen de cuando ingresó en el Seminario de Vitoria con 11 años. Con el tiempo se licenció en Filosofía y Teología, pero acabó encauzando su vida laboral como auditor de cuentas.

Fotografía retrato de la mujer tomada recientemente en una céntrica cafetería de Vitoria.
Fotografía retrato de la mujer tomada recientemente en una céntrica cafetería de Vitoria. / E. C.

De Laguardia

EL CORREO ha hablado con él. Amable, sereno, conversador, se prestó, tal vez necesitado de desahogo, a trazar la existencia de su hermana, aunque la distancia y el tiempo -lo reconoce- les alejaron y la relación entre ambos no siempre fue fluida y constante. La despide con inmensa pena, con una amargura eterna. «Quizás podía haber hecho algo más por ella. Me ha faltado...». Mientras se hablaban, quiso hacer de tato, pero los consejos no siempre encontraron destino y se enfriaron.

Los dos nacieron en Laguardia a mediados de los 40 en el seno de una familia modesta. El padre trabajó en una bodega y la madre, ama de casa. Jesús se vino a Vitoria a estudiar para cura y Pili se quedó en el pueblo, sin ocasión de formarse, aunque ayudaba en las tareas domésticas. Sin cumplir los treinta, se quedaron huérfanos. «Yo ya estaba en Francia cuando murió el padre. Pili se quedó sola, sin recursos, desnuda ante el porvenir; le dije que viniera a Toulouse».

Con su parte de la herencia, ella compró la vivienda de la calle Hortaleza donde el domingo fue atacada. Sin embargo, poco después optó por seguir el dictado de su hermano. Así, con 28 años, al inicio de los 70, hizo las maletas y se colocó de empleada de hogar, su primera remuneración, sin saber ni papa del idioma. De aquel entonces, a Mikel, cercano a la familia, le vienen recuerdos de Pili. La describe «guapa, de buen ver, atenta....». «Yo quería aprender francés y me ayudó con una familia de intercambio». Allí que se fue, a Toulouse, este vitoriano de mundo. Hoy es un técnico de comercio exterior gracias, de alguna manera, a aquella mano amiga que le recibió y que ahora, como cuarenta años después -muchos sin saber nada de ella-, ha despedido en el tanatorio mientras clama «justicia».

Pilar aguantó un tiempo al lado de Jesús, pero finalmente se decantó por una aventura más arriesgada, también en solitario, pero tal vez más próspera en un París efervescente. Se alejó de su único pariente en Francia, aunque tuvo suerte de colocarse de sirvienta en una familia bien. «Era joven. Había mucha gente española de su edad que había emigrado por trabajo. Coincidían en las casas regionales. Fue al instituto, hizo varios cursos de bachillerato y también uno de auxiliar administrativo. Entabló mucha amistad con una chica murciana. Venía a verme a Toulouse, a veces viajábamos a Laguardia, a Vitoria. Se la veía contenta, con ilusión. Yo siempre esperaba que me dijera que se había echado novio...». Jesús mira hacia atrás con nostalgia.

Pero no. El círculo amistoso de Pili se estrechó, los centros regionales cerraron y los emigrantes recompusieron las maletas y deshicieron el camino. Y aunque en su caso mejoró la posición al encontrar acomodo con unos ricachones en el centro de París -su habitación abuardillada tenía vistas a la alcaldía-, «de nuevo se quedó aislada». «París es una ciudad dura si no tienes una estructura social montada. Se quedó desamparada. Le animé a que regresara a Vitoria, pero decía que no, que tenía miedo. No quiso correr el riesgo. Se quedó allí, se sentía muy sola. Sus últimos dieciocho años en París se le hicieron eternos. No me hacía caso, se enfadaba y nos distanciamos. Era muy suya, terca, de Laguardia», recuerda con desgarro su hermano, un hombre que prácticamente ha vuelto a saber de ella a partir del óbito.

Idoia, la hija mayor del primo Angelito, siempre vio en Pili a «una señora» envuelta en la fascinación que producía vivir en un lugar mágico como el parisino. La torre Eiffel, los Campos Elíseos, el Louvre. Pero tampoco. En realidad ella lo detestaba. «Más de una vez se quejaba, nos decía que te podías quedar encerrada en un ascensor y nadie te iba a auxiliar. Y mira...». Lo que es la vida, su crueldad. La salvaje agresión de hace una semana se produjo precisamente en el elevador de su casa vitoriana.

Una agente de la Ertzaintza científica busca huellas en la puerta del portal donde se produjo el asalto.
Una agente de la Ertzaintza científica busca huellas en la puerta del portal donde se produjo el asalto. / Rafa Gutiérrez

«Le gustaba hablar»

«No fue feliz en París. Llegó a desarrollar sentimiento antifrancés», lamenta Jesús. Con la jubilación a los 65 años, después de décadas de trabajo servil «a grandes fortunas», entonces sí Pilar se decidió por retornar a su piso de Aranbizkarra. De esto hace diez años. Aquí al menos encontró familia, primos básicamente, y con una, su tocaya Pili, hizo buenas migas. Seguía siendo, no obstante, una mujer independiente, solitaria, sin lazos afectivos ni contemplaciones.

En la escalera, en confianza, solía explayarse, la recuerdan. «Le gustaba hablar», afirma una vecina. «Cuando me veía con la nieta, me decía que se había quedado con la pena de no haber sido madre. ¡Qué pobre! No hay derecho a lo que ha pasado. Que la policía encuentre a los asesinos», claman en el portal. Para el vecindario, entre muchos de los que compartieron con Pilar los últimos días, son eso, «asesinos».