Del fogón de la amama a la cocina de la igualdad

Imagen de un antiguo hogar con los niños jugando junto a la cocina. A la derecha, la funcionalidad prima en los nuevos diseños. /P. Rojas y E. C.
Imagen de un antiguo hogar con los niños jugando junto a la cocina. A la derecha, la funcionalidad prima en los nuevos diseños. / P. Rojas y E. C.

Expertos analizan con visión histórica la futura norma del Gobierno vasco para reducir la brecha de género en el hogar

JOSÉ DOMÍNGUEZ

La dimensión de la cocina ha estado siempre detrás de los grandes cambios que experimenta la vivienda desde tiempos inmemoriales. Y su evolución avanza al ritmo que demandan las nuevas necesidades sociales. Una perspectiva en la que, en opinión del arquitecto bilbaíno Asier Santas, debe enmarcarse la exigencia del Gobierno vasco para ampliar estas estancias, incluida en el borrador de la normativa que el próximo año regulará las condiciones mínimas que deben cumplir los futuros hogares en Euskadi. Casas cuya distribución puede ayudar, y mucho, a reducir la brecha de género y a fomentar la igualdad, según la opinión del Ejecutivo. Quizá no solo porque anime al hombre a compartir tareas y a enterrar definitivamente el tópico de que la «mujer debe estar en la cocina».

Más información

A juicio de Asier Santas, la nueva propuesta –que obligará a construir dormitorios con un mínimo de 10 metros cuadrados de superficie y fomentará la fusión de la cocina, el salón y el comedor– facilitará un diseño «más racional y que aproveche al máximo las posibilidades de todos los espacios para mejorar la calidad de vida y las relaciones entre los residentes». Además, este profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra apunta en cierta medida a una vuelta a los orígenes: en el hogar de la amama la cocina era el centro vital del caserío, donde se comía, los mayores hablaban y los niños jugaban. «La cocina actual, combinada con otros espacios, puede recuperar ese protagonismo en las relaciones domésticas y está muy bien que la Administración pública ponga las bases para facilitar que eso ocurra».

Santas considera que en los últimos 150 años se ha perdido gran parte de la función social de los fogones caseros. El interiorista José Luis Revuelta confirma que las cosas han cambiado «y mucho» desde el estallido de la revolución industrial. «La llegada masiva de inmigrantes generó un modelo de vivienda pequeña que seguía manteniendo como punto de encuentro la cocina, pero el florecimiento de la burguesía derivó en inmuebles urbanos más grandes donde se separó el comedor del lugar donde se hacía la comida, que adquirió un papel secundario y de servicio», explica.

Ella lo hacía todo

El problema, puntualiza Santas, es que «ya en el siglo XX y con el asentamiento de la clase media, se optó por mantener ese esquema burgués pero en pisos de la mitad de tamaño». El sistema patriarcal predominante en aquella época, en la que el perfil familiar relegaba a la mujer al papel de responsable de las tareas domésticas y del cuidado de los hijos, tampoco ayudó mucho porque ella lo hacía todo: la comida, la limpieza, la educación... Al menos, la internacionalización tras la IIGuerra Mundial del modelo de cocina americana –amplia y fusionada con el comedor para ganar en funcionalidad– le permitió mejorar sus condiciones, aunque no fuese en un ejercicio de igualdad real sino en respuesta a una cuestión meramente práctica como controlar mejor a los niños al tenerlos todos a mano. Podía cocer las lentejas mientras ellos veían la televisión o hacían los deberes.

Arriba: Muchos pisos, como este de estudiantes en Bilbao, conservan las cocinas de hace medio siglo. A la izquierda: Los mayores destinan horas a la elaboración de la comida. A la derecha: Las estrecheces condicionan las estancias modernas.

Revuelta añade que esta situación se mantuvo hasta que, ya en los estertores del franquismo, se empezaron a dar los primeros pasos hacia la igualdad de sexos con la incorporación de la mujer al mercado de trabajo. Un fenómeno que se generalizó con la llegada de la democracia «y que se tradujo en que cada vez se diera menos importancia a la cocina». Pronto se dejó ver en el urbanismo, que empezó a ofertar viviendas con cocinas cada vez más reducidas, hasta casos extremos como los que se dieron en inmuebles del centro de Bilbao donde esta estancia llegó a quedar prácticamente reducida al tamaño de un armario ropero.

Benito Pérez, vendedor de muebles y electrodomésticos en El Corte Inglés, asegura que ese proceso se ha acentuado en los últimos años al calor de los cambios de hábitos de vida de los vascos. «Cada vez se come menos en casa porque se hace en el trabajo o en el comedor de la escuela, y la gente quiere pasar el menor tiempo posible cocinando», resume. Así que ha pasado de montar sus muebles en estancias de «20 metros cuadrados o más a otras que muchas veces no llegan ni a los 10».

Eso sí, ahora en los diseños predomina la estética y la funcionalidad, «con líneas más lisas, sin tiradores y donde todos los cajones son extraíbles para poder coger las cosas con facilidad». Los electrodomésticos también han dado un salto de gigante «y cuentan con las últimas tecnologías, hasta el punto de que se pueden manejar con el móvil y los hornos ya incluyen recetas para cocinar. Todo, con el objetivo final de ser lo más práctico posibles y reducir los tiempos de cocinado y limpieza».

A juicio de Revuelta, serán estas preferencias sociales las que realmente definan la configuración de una cocina, al margen de que el Gobierno vasco exija que tenga más de siete metros cuadrados. «Al final es una cuestión de cultura en un tiempo en el que esta estancia se ha convertido en un espacio de supervivencia tanto para la mujer como para el hombre», dice el interiorista.

La evolución
1800

El centro de la vida en el caserío

La tradición vasca del caserío tiene su epicentro en el antiguo hogar. Una de las estancias más amplias de la casa donde se cocinaba, todos los miembros de la familia se reunían para comer o hablar y donde se desarrollaban buena parte de las relaciones sociales de los pueblos.

1900

Industrialización y herencia burguesa

La revolución industrial atrajo a miles de inmigrantes y engendró dos tipos de vivienda: la obrera, en la que la cocina seguía siendo un espacio central de convivencia, y la burguesa, donde pasó a ubicarse en el fondo de la casa al considerarse un espacio «de servicio». Este modelo se impuso durante décadas.

1950

Cocina americana para vigilar a los niños

El perfil familiar, donde el único sueldo que entra es el del marido, relega a la mujer al cuidado de la casa y los hijos. Irrumpe el diseño americano que fusiona cocina y sala de estar para aprovechar espacios. Fomenta las relaciones sociales pero también el control de los pequeños mientras se prepara la comida.

1980

Desciende su uso y también su tamaño

La inserción laboral femenina se generaliza y cambian los hábitos familiares. La cocina pierde protagonismo en la vida cotidiana y su menor uso la aboca a perder espacio en las nuevas construcciones. En casos extremos, como en varias viviendas del centro de Bilbao, llegó a tener el tamaño de un armario.

2020

Espacio minimalista de última generación

La nueva máxima es la funcionalidad. Frente a la profusión de elementos de épocas anteriores, los nuevos diseños abogan por el uso de lo imprescindible y el máximo aprovechamiento. Eso sí, se incorporan electrodomésticos con los últimos avances tecnológicos que facilitan la preparación de platos y la limpieza.