El feminismo pionero de la vitoriana María de Maeztu

María de Maeztu, a mediados de los años veinte, en Madrid./Archivo Residencia de Estudiantes
María de Maeztu, a mediados de los años veinte, en Madrid. / Archivo Residencia de Estudiantes

Un artículo escrito en 1913 muestra la rebeldía de la pedagoga vitoriana al ver cómo la prensa ridiculizaba y atacaba a las sufragistas británicas

Francisco Góngora
FRANCISCO GÓNGORA

María de Maeztu (Vitoria, 1881 - Mar del Plata, 1948) es una de las personalidades femeninas más interesantes nacidas en la capital alavesa. Perteneció a una saga ‘Los Maeztu’ de honda raigambre alavesa, cosmopolita y liberal, entre los que destaca Ramiro, brillante periodista y escritor, miembro fundamental de la generación del 98 y asesinado por milicianos republicanos en Madrid en 1936. La propia María, la más pequeña de los hermanos y Gustavo, uno de los grandes pintores del primer tercio del siglo XX, dieron lustre a la familia. Importantísima en la educación de aquellos hijos tan brillantes fue Juana Whitney, la madre, de origen inglés, que al quedarse viuda cogió a sus hijos y se marchó de Vitoria a Bilbao a montar una academia de idiomas.

Le llamaban en Vitoria ‘La francesita’ por su marcado acento francés, ya que era el idioma que ella había aprendido mejor y el que se hablaba en casa, según publica María Josefa Lastagaray, sobrina nieta de María y autora del libro ‘María de Maeztu Whitney, una vida entre la pedagogía y el feminismo’.

En este libro descubrimos cómo María recordaba su infancia en Vitoria como los mejores años de su vida. Su padre, Manuel de Maeztu, era un rico hacendado cubano de origen alavés que un día decidió volver a su tierra. La niña María describía aquella vida de lujo en la capital alavesa a fines del siglo XIX: «caballos, carruajes, criados, una prodigalidad hospitalaria hacía de su hogar una mezcla de ateneo y restaurante».

María volvió con 14 años a Vitoria para estudiar como alumna libre en la Escuela Normal Superior de Maestros. Pero no vamos a recorrer la intensa vida de María de Maeztu y su labor como una de las primeras formadoras de mujeres en España y directora de la Residencia de Señoritas, versión femenina de la Residencia de Estudiantes. En el libro de Lastagaray se puede leer un interesante documento que da cuenta que estamos ante una de las pioneras del feminismo en España. Ya en la segunda década del siglo XX el feminismo, al parecer, estaba en crisis, por culpa de lo de siempre, la radicalización de unas y la moderación de otras. Paso a hacer un resumen del artículo publicado en la revista Estudio I, bajo el título ‘Feminismo’, fechada el 6 de junio de 1913. María escribe desde Alemania.

Lo más curioso es que ya existe entonces esa dinámica actual entre el feminismo radical y la necesidad de armarse de argumentos utilizando vías pacíficas.

«Si se atiende a las informaciones de la prensa pensarán, tristemente, que el feminismo está en crisis, porque según ella como la labor no es callada, lenta, tranquila pone en grave riesgo la causa del feminismo. Al grito de '¡Votes for Woman' miles de mujeres se lanzan a la calle, si el gobierno inglés no cede pronto a sus demandas de derechos políticos. Tal actitud violenta, de reto y de conquista, resta simpatía a su causa, por lo que la prensa de todos los colores censura unánimemente el movimiento».

«Y a la crítica», reflexiona María de Maeztu, «unen el corrosivo disolvente de la caricatura burlesca, elemento gráfico que revela, mejor que las crónicas, la injusticia y la ironía amarga con la que se ha juzgado ese movimiento. Y es más, al calificar sus actos se les niega lo que no se ha negado jamás en el proceso histórico, a los revolucionarios y reformadores de todos los tiempos. Se les niega ese sentimiento generoso que mueve al héroe a sacrificar su paz a favor de las generaciones siguientes».

«En vez de ridiculizar el gesto heroico de esas mujeres que promueven un desorden social, ¿no sería más piadoso que tratásemos de justificar ese movimiento explicándonos las causas que impulsan a las sufragistas a la acción militante?...».

«Pues bien: las sufragistas inglesas representan el descontento general de una parte de la humanidad que sufre y calla; son el eco y portavoz de millones de mujeres, de virtud resignada y paciente, que vive ignorada en el rincón de una casita humilde, esperando que surja la voz liberadora que les diga, como a Lázaro un día el Nazareno: «¡Resucita y anda!»……

María de Maeztu, Doctora Honoris Causa por el Smith College Northampton (Massachusetts, 1919). A la derecha, en su despacho.
María de Maeztu, Doctora Honoris Causa por el Smith College Northampton (Massachusetts, 1919). A la derecha, en su despacho.

En estos momentos se cuestiona la independencia económica de las mujeres porque como dice María de Maeztu «si por independencia se entiende que las mujeres se ganen la vida trabajando a jornal en las industrias, víctimas de una explotación miserable, esta independencia es lo peor de las esclavitudes. Puestas a elegir entre la sumisión al patrón o al marido todas las mujeres prefieren la última».

«De aquí que el movimiento sufragista se vea envuelto en una antipatía popular profunda y vigorosa. Porque frente al tipo de la mujer emancipada, se levanta el tipo de la antisufragista, representado por las mujeres casadas o solteras que cuentan con probabilidades de casarse por su atractivo personal o sus medios de fortuna. Estas no quieren oír hablar de emancipación económica, porque lo único que desean es encontrar un marido en ventajosas condiciones, cosa que se hace más difícil si las mujeres demandan un puesto en la economía social. De aquí surge una lucha cruel, la más enconada de todas, entre las mismas mujeres. Por eso el mayor obstáculo que se ofrece al feminismo no lo presentan los hombres, sino las mujeres, aquellas para quienes la emancipación económica resulta, no una idea liberadora, sino una promesa de esclavitud...”».

«Las mujeres del pueblo no sienten necesidad de pedir una independencia especial, puesto que en sus demandas de mejoras económicas se unen al movimiento obrero formando con él una sola clase. Las mujeres de las clases altas sólo desean que su situación actual se prolongue. A ratos ven la monotonía de las horas que pasan, pero no entreven, no sospechan otros mundos. A veces se suman a uno de los movimientos sociales pero en realidad no quieren cambiar de postura. Inconscientemente viven aferradas a un conservadurismo inexpugnable. En cambio, las mujeres de la clase media son, por sus condiciones especialísimas, las que prestan el mayor contingente a este movimiento feminista en todos los países del mundo. Porque ellas representan ese descontento general promotor de todo impulso de reforma. Su vida se consume en la privacidad de una vida humilde. De miseria mal encubierta. Los escasos recursos de la familia se gastan en la carrera del varón, mientras la hija espera paciente, los años de su juventud, al mesías que no llega nunca. En los países católicos hallan, todavía campo a sus actividades en los conventos, con la función de abadesa. Pero en estas naciones protestantes del Norte, la lucha adquiere caracteres agudos y estalla con su fuerza abrumadora. Estas mujeres han entrevisto en sus casas, en el comercio con sus hermanos, la posibilidad de una cultura humana y las ventajas liberadoras que proporciona al varón. Han empezado a estudiar de niñas y lo han dejado en la adolescencia, precisamente cuando la trama de los sueños se mezcla con el tejido de la vida. Las novelas narcóticas, la literatura frívola prestan fuego a la hoguera; y no saben más que eso: soñar. Quieren trabajar y no saben dónde ni cómo; algunos afrontan valientemente la vida, pero la vida les vuelve la espalda. Hasta que un día las aguas rebosan el cauce y el descontento estalla; la amargura concentrada años y años en el silencio de su corazón, adquiere un gesto trágico y se lanzan a la calle en actitud revolucionaria.

Sus actos sólo podrán ser juzgados con plena imparcialidad cuando se analicen, al correr de los años, las mejoras obtenidas. Pero hoy el feminismo no está en crisis».