Conoce el estudio de Roberto Ercilla en Vitoria: el búnker luminoso

Roberto en su estudio y hogar en Armentia/iGOR AIZPURU
Roberto en su estudio y hogar en Armentia / iGOR AIZPURU

Visitamos el lugar de trabajo y refugio del prestigioso arquitecto

JORGE BARBÓ

El techo es de hormigón desnudo, en carne viva. Al mirar hacia arriba uno llega a tener la sensación de estar en una especie de búnker cavernario pero luminoso a la vez. Muy luminoso. Y se llega a convencer de que, de desatarse un holocausto nuclear, este sería uno los mejores lugares del planeta para esperar a que la tormenta radiactiva escampe. Construir un refugio inexpugnable no fue, desde luego, la intención de Roberto Ercilla. Pero logró que aquí cualquiera se puede sentir a salvo de los ciclones cotidianos. De los huracanes domésticos. De las tempestades ordinarias. Seguro. En paz. Y esa quizás sea una de las cosas más difíciles y a la vez hermosas que un arquitecto puede conseguir.

Unos ventanales enormes logran que, hasta en un día plomizo, entre luz a raudales en la estancia. También permiten que la perra Lola, una preciosa labradora retriever de color negro, pueda vigilar a los huéspedes desde el jardín. Aquí trabaja y vive Ercilla, en un espacio diáfano y cálido a la vez que combina casa y estudio, ambos comunicados por una rampa, que si uno se pone en plan poeta, ve en ella una suerte de pista de lanzamiento hacia las ideas geniales.

El despacho del arquitecto tiene una decoración que huye del exceso. En un rincón, el icónico sillón de cuero Wassily de la Bauhaus, situado justo en el vértice que forman las cristaleras que miran al frondoso jardín. El resto del mobiliario se reduce a una mesa de trabajo y otra de reuniones que abrazan grandes estanterías de cubos en las que descansan proyectos antiguos, diapositivas y volúmenes de grandes popes de la arquitectura: de Mies van der Rohe a Álvaro Siza, de Kenzo Tange a Alvar Aalto.

En un pasillo, trece grandes armarios custodian muestras de materiales organizados y archivados de forma minuciosa, con etiquetitas: maderas, chapas, mármoles nobles y que le permiten al arquitecto emocionarse y encontrar inspiración al tocar los materiales, de la teka a la samba. Y eso ningún catálogo por internet lo consigue transmitir.

El pequeño corredor desemboca en una sala diáfana, con una gran mesa central en la que han echado cimientos las maquetas de algunos de los más de 150 proyectos que llevan la firma de Ercilla. Es entre esas construcciones a escala, que parecen levantadas por albañiles de Lilliput, donde se puede adivinar la Álava que pudo ser y nunca fue. A un lado, el proyecto que Ercilla alumbró para el Ayuntamiento de Vitoria, en las Salesas. A otro, el ambicioso plan para Laguardia que acabó en agua de borrajas.

Otros Efectos Espaciales

Alérgico al Autocad, ese dichoso programa informático que lleva por la calle de la amargura a la mayoría de arquitectos, él sigue dibujando a mano cada plano, esbozando a garabato limpio sus ideas en libretas japonesas. En un cajoncito descubierto sobre su amplia y despejada mesa de trabajo, se adivina una caja de latón con lápices de colores Pantone, transportadores de ángulos, un cepillito para sacudir esa molesta viruta que deja la goma al borrar, reglas, escuadra y cartabón, las mismas que utiliza desde hace tres décadas y que el arquitecto mantiene impecables.

Ercilla insiste en hacer de cicerone por el resto de su bellísima casa e invita a ascender por esa escalera exterior de caracol y de un blanco tan impoluto que uno sufre al dejar las huellas de los zapatos en los escalones húmedos. Pero el pequeño trance merece la pena. Allá arriba, desde donde se divisa esa especie de Moraleja a la vitoriana que es Armentia, se aprecia la verdadera belleza, serena y sencilla, del edificio. Del búnker luminoso donde el arquitecto puede sentirse seguro. De su hogar.

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