DOSSIERES

Hace tiempo se las dominaba «fichas», ahora han cambiado de nombre pero los archivos con datos comprometedores siguen de máxima actualidad

Dossieres acumulados en un despacho profesional./
Dossieres acumulados en un despacho profesional.
Ramón Loza Lengaran
RAMÓN LOZA LENGARAN

He llegado a conocer a dos políticos a los que su partido les amenazó con publicarles un dossier para que se avinieran a lo que se les indicaba. Los dos cumplieron. Uno, llorando porque era consciente de que aquello a la larga le iba a obligar a dejar el partido en el que militaba de corazón. El otro, con más sonrisa, con más cara, se las arregló para no dejar de vivir de la política, aunque de otra manera.

Yo, lo del dossier, lo aprendí tarde. Hasta entonces hablábamos de la «ficha». De la «ficha» policial, naturalmente. Un complemento de la eclesiástica que ejercía de filtro socio-político gracias a su capacidad de otorgar al solicitante, o no, el visto bueno para el certificado de «buena conducta».

El día que tuve acceso a mi «ficha» me lo tomé a broma. A pesar de reflejar la bobada de que los domingos iba a la misa en euskera de Estíbaliz, estuvo a punto de impedir que comenzara a trabajar. Me hizo reír el concepto y la forma en que el policía había anotado mis andanzas de caminante a misa en euskera de Estíbaliz. No tanto como cuando me enteré de que a un amigo le habían puesto como resumen de su peligroso pedigrí: nacionalista cauto. Ya digo, de mear y no echar gota.

El tema del dossier es algo distinto. Para empezar, la palabra, al ser extranjera, es más culta y más fina. Y además el dossier no te lo rellena la Policía sino tu propio partido.

Informes oportunistas

Con motivo del último afloramiento de las semillas guardadas en el dossier de Cristina Cifuentes, se me ha ocurrido pensar en la profundidad que pueden llegar a tener estos dossieres. Quiero decir, desde cuándo se empieza a ir rellenando la carpeta con el nombre. En el caso de Cifuentes, desde hace mucho, desde que todavía se veía en la necesidad de afanar alguna crema de cara para poder disimularse.

Me pregunto si los dossieres llegarán hasta el principio. Me refiero si estará anotado, por poner un ejemplo, si se hizo todo encima hasta los tantos años o si en el colegio sacó notas regulares que luego nuestros «fontaneros» maquillaron convenientemente, si fue fraile o monja...

Esto durante algún tiempo se ponía en la columna de «haberes», porque daba prestigio; no digamos aquí si además de fraile la persona había sido cura y jesuita. Pero al final, el recuerdo ha ido a parar a la columna donde se anotan las debilidades, junto a los apartados sobre «amantes», «juego»... Por una razón muy sencilla. En la actualidad, todo aquel que fue fraile o cura en los años del franquismo y posteriores está bajo sospecha de haber sido «sobador» o «pegador». Porque en aquellos tiempos muchos frailes sobaban y la mayoría pegaba.

Por no hablar de lo que no sé, hablo de mi caso. En mi colegio en los años 50 y 60 me sobaron apenas, pero me pegaron a modo. Todos los días, a todas horas. Amigos míos me aseguran, y no tengo por qué pensar que mienten, que también en otros colegios las palizas eran tremendas y cotidianas. El otro día me decía uno: «Sabes que... –me guardo el nombre para el dossier– fue fraile en los Coras. Y era de los que más pegaban. Luego se conoce que el Espíritu Santo le iluminó de otra manera, se salió de fraile y entró en PSOE, donde le ha ido bien. ¡Hay que joderse!».

Palizas

Me hablaba así porque es persona directa y no le gustan los remilgos como a mí, pero hablaba bien. No desde un corazón resentido al acordarse de aquellas palizas, que todos nos hemos tomado a beneficio de inventario. Yo nunca las sufrí, pero sí me acuerdo de tener delante mío al compañero sangrando y no hacer nada para evitarlo. A beneficio, no; mejor maleficio de aquellos tiempos en los que un chaval era arrancado por la vida de su caserío en el Valle del Deba, obligado a convertirse en maestro, sumergirse en un mundo absurdo para él, de castellanohablantes, sujeto a la rigidez conventual en su vida cotidiana, impulsado a enseñar lo que no sabía: abrir el libro por la página tantos y estudiar, y al que levante la cabeza.. palo.

Desde la distancia casi me dan pena, ellos. Y me alegro de que la vida les haya dado una segunda oportunidad y que hayan podido salir del círculo sexual aberrante en el que algunos caían víctimas de su propio desasosiego ignorante. Ahora bien, también les advierto de que si por una casualidad eran de los que daban caña en Vitoria por aquellos años, cuídense. Estoy seguro de que todo está apuntado en el dossier. Si quieren que les dé un consejo ¡déjenlo! Vuelvan a salirse del convento, esta vez del político, antes de que sea demasiado tarde.