Conoce los estudios Sonora de Vitoria: una cocina de decibelios

Al otro lado de la pecera, el técnico controla su imponente mesa./Igor Aizpuru
Al otro lado de la pecera, el técnico controla su imponente mesa. / Igor Aizpuru

Sin mandil, ni cazuelas, ni hornos al rojo vivo. Pero guisa. Martín Guridi mezcla tonos y tiempos para sacar la música al punto y servir en bandeja efectos de cine

Jorge Barbó
JORGE BARBÓ

Sin fogones. Sin cacerolas hirviendo. Sin hornos al rojo vivo. Pero aquí se guisa. Cada decibelio se mezcla a punto de nieve. Se experimenta con sabores, se controlan los tiempos al nanosegundo y se sazona todo con colores y tonos. Aquí se saca la música al gusto y se sirven en bandeja los efectos sonoros para el cine. Aquí, en los vitorianos estudios Sonora, donde se adereza el sonido, el técnico y productor Martín Guridi no necesita mandil para elaborar platos exquisitos, tanto que dan ganas de rebañarlos con los auriculares. Oído, cocina.

El espacio está en penumbra. Sólo la luz mortecina de un foco ilumina la mesa de mezclas, imponente. A simple vista, cualquiera diría que se trata de un sofisticado modelo moderno, pero no. En realidad, ese armatoste de finísimas orejas se engendró en los 70, a imagen y semejanza de las que se utilizaban en los prestigiosos Sound City de Los Ángeles, allá donde, años después, grabó Nirvana.

La primera comparación, de una obviedad odiosa, que se le ocurre a uno al ver esa mesa, la joya de la corona del espacio, es la del panel de mandos de un avión de los grandes. Y ante las decenas de palanquitas diminutas y conmutadores brillantes, el niño con TDH mal diagnosticado que el visitante lleva dentro siente la imperiosa necesidad de deslizar los dedos por ese mar de botoncitos luminosos. A ver qué pasa. Tanto, que mientras habla el ingeniero de sonido, mientras explica con apasionada precisión para qué diantres sirven todos esos cachivaches, uno tiene que apretar muy fuerte los puños en el bolsillo del pantalón para –¡ay!– no empezar a pulsar interruptores de forma frenética.

Hay mucho más con lo que juguetear. Hay amplificadores, ecualizadores en el estudio de Martín, donde conviven dos mundos, el digital y el analógico, un poco como si allí, en ese callejón del paseo de la Zumaquera, se hubiera producido una anomalía en la barrera del espacio tiempo hasta solapar varias décadas en un regreso al futuro que no hay condensador de fluzo ni Delorean capaz de revertir.

Entre pantallas con el programa informático Pro Tools, un 24 pistas impecable. 200 kilos de pura arqueología sonora que el artesano del sonido se trajo desde la ciudad alemana de Colonia en una furgoneta y cuya mecánica tuvo que revisar, como el que manda afinar un valiosísimo piano de cola. Con él pretende recuperar la grabación analógica, en cintas. Y con ella, esa esencia perdida de las grabaciones añejas, con sus ruiditos, sus colores y sus sabores.

La mesa de mezclas, una colección de zapatos para crear efectos sonoros y él mítico micro M-49. / Igor Aizpuru

A buen recaudo, en un armario, guarda como oro en paño una valiosísima colección de micrófonos, con joyas como ese M-49 diseñado en los 40 y que era el favorito de la Streissand. Igualito al que utilizó Miles Davis para grabar el 'Kind of Blue'.

Y al otro lado de cristal, la pecera. Aquí dentro se respira un silencio tan inquietante, tan profundo que parece que –sluurp– vaya a absorberte de un momento a otro. Así se tiene que sentir una pobre merluza al vacío. Y también algo de eso tiene que percibir el cantante, la estrella, boca a boca con el micro, en una insoportable intimidad que sólo rompe el artesano del sonido. Por sus cascos, Guridi no pierde ripio de las virtuosos gorgoritos con forma de curvilíneas amplitudes de onda. Pero también de esas notas desafinadas. Al final, allí salen a relucir todas las miserias de la gran estrella, del ídolo. Sin precocinar.

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