Puntadas de arcoíris en Vitoria

La creadora forma a aprendices de la costura en ciernes en una sala diáfana./Igor Aizpuru
La creadora forma a aprendices de la costura en ciernes en una sala diáfana. / Igor Aizpuru

La diseñadora alavesa Amaia Saez de Buruaga se ha propuesto calzarle a Vitoria el dedal. En su preciosista taller de diseño de la calle Fueros hilvana vocaciones con aguja e hilo

Jorge Barbó
JORGE BARBÓ

De ser reales, esos ponis suyos cagarían ovillos de lana rosa y mearían arcoíris de seda. Aunque aquí, donde todo parece estar cubierto por un generoso brochazo de barniz de positivismo mono, hablar en términos tan chuscos, tan soeces, provoca el mismo efecto que ponerse a blasfemar a grito pelado en el centro de una iglesia llenita de feligreses. Así que, corrijamos. De ser reales, los ponis que la diseñadora Amaia Saez de Buruaga borda en sus prendas harían popó en forma de ovillos de lana rosa y pipí en arcoíris de seda. A puntadas cuquis.

La creadora vitoriana ha abierto, de par en par, una puerta sin cerrojos a un mundo de Instagram. Al entrar, ya queda claro que su escuela de diseño, The Fashion Place, es una república independiente de preciosismo y pulcritud. Entre tonos pastel, pliegues de tules, de gasas, de algodones y de linos, la diseñadora se ha  propuesto ponerle a Vitoria el dedal.

Amaia ha creado, a puntadas bien prietas, una escuela de creatividad en la vitorianísima calle Fueros, donde los críos dejan volar sueños vaporosos. Aquí los más inquietos han aprendido a templar su carácter hilvanando y enhebrando agujas afiladas de paciencia. En tiempos de pantallitas y estímulos epilépticos, donde todo va rapidísimo, se les enseña a dibujar patrones a lápiz y papel manila. A –taca-taca-taca-taca– festonar y a bordar a máquina, que ya hay por ahí pululando pequeñas de siete y ocho años que son auténticas virtuosas de la Singer: lo mismo te cogen un bajo que te diseñan un vestido la mar de apañado.

En la escuela, las paredes inmaculadas están pintadas con detalles de colores bien vivos. Unas franjas de rosa chicle por allí, unos topitos por allá, como retales de una colección noventera sin hombreras. Los coloristas diseños de la creadora conviven en el escaparate con una bobina de hilo gigantesca, con un alfiler enorme clavado. Y echando un vistazo a esa madeja ciclópea, uno tiene la sensación de estar dentro de una enorme 'caja de los hilos', una de esas latas de galletas danesas en las que las abuelas guardaban los enseres de costura.

Retales, agujas e hilos junto al escaparate de 'The Fashion Place', donde se enseña a coser con máquina. / Igor Aizpuru

En aquellos costureros todo era una maraña de bobinas de hilo, de puntillas a medio terminar, de ganchillos retorcidos, de cremalleras, de retales desparejados y no era difícil que el fisgón se llevara un buen pinchazo de algún alfiler puñetero y despistado. Nada que ver con el de Amaia. Al husmear en sus armarios, queda clarísimo que cada cosa está donde toca. Al abrir una puerta, un montón de pliegues planchados. En otra, cajas de plástico con retales de colores clasificados. Y en aquella de más allá, una pila de revistas francesas de moda de los 60 y 70, de cuando cabeceras como 'Ariane' traían la moda más chic a la España de cuello vuelto, falda por debajo de la rodilla y combinación de encaje.

Resulta tentador definir el taller de Amaia como una revisión modernilla de aquellas casas de modistas en las que las señoras se reunían para coser con Encarna Sánchez de fondo en el transitor. Pero sería un error. También sería tan, pero taaaan superficial juzgar el espacio colorista que ha creado Amaia por el mero envoltorio. Porque no, este sitio no tiene nada que ver con la cursilería ñoña.

Sin pretenderlo, ella se ha marcado toda una reivindicación de la filosofía cuqui, de la defensa a ultranza de lo estético, de lo bonito, del puro hedonismo sin complejos en tiempos de cinismo impostado. En realidad, The Fashion Place es una puntada a la inversa a todos esos sitios clónicos e insípidos que jalonan la ciudad. El de Amaia es un campo abonado a la creatividad. El lugar perfecto para que sus ponis pasten, a sus anchas, entre arcoíris y ovillos de lana rosa.

 

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