Complejo de memo

Aitor Zarate en una foto tomada en 2006./Nuria González
Aitor Zarate en una foto tomada en 2006. / Nuria González
Ángel Resa
ÁNGEL RESA

No será el firmante de esta columna quien se anticipe, si llega el caso, a cuanto decidan los tribunales en el 'caso Zárate'. Independientemente de que servidor carezca del mazo justiciero, y mejor mantenerlo alejado de su mano, siempre recordará aquella entrevista dominical de doble página que firmó como autor de las preguntas que contestó el protagonista. Allí, año 2006, me topé con un hombre simpático, lanzador de cebos económicamente seductores, seguro de sí mismo, echado para adelante (ejerció de base baloncestístico en el Caja Bilbao) que dejaba al interlocutor con la sensación rastrera de encarnar al bobo perfecto. O al cobarde que, desde su falta de arrojo por no decir otra cosa, jamás llegaría a nada en el paraíso tan 'fácil' del dinero.

Uno abandonaba la charla y se dirigía a su ordenador con complejo severo de inferioridad. O de memo si bajamos al barro de las definiciones precisas. Aitor, que compaginó en su día la dirección de juego baskonista con Pablo Laso nada menos, me mostró en aquella charla la hiperconfianza en sí mismo tan propia de los personajes con alas más cortas de las que ellos pretenden portar. Ya entonces había escrito 'La trampa del oso' y quizá cavilase 'Cómo me hice rico' y consejos para pescar a lo grande en el caladero de la crisis. Se vanagloriaba de trabajar pocas horas diarias, a un ordenador pegado que le abría a los ojos al mercado de futuros -incertidumbres puras- de Chicago. Ese tipo de especulaciones que alguien, como un servidor con las luces de cruce, apenas alcanzaba a divisar.

Algo así como lustro y pico más tarde coincidimos en la presentación de un tedioso libro de biografías de un autor aficionado a la literatura que él patrocinaba. Le saludé sin ínfula alguna por mi parte, y creyendo que me recordaría, encallé frente al promontorio arisco de 'tú, quién coño eres'. La verdad es que su desdén financiero no me importó lo más mínimo. Y como no dispongo del mazo tribunero, que la Justicia decida lo que disponga.