Centinelas a cielo abierto en Álava

Cámara en ristre, como un cazador oteando el horizonte, Imanol Gago aguarda el momento preciso para fotografiar un cielo amenazante. /Rafa Gutiérrez
Cámara en ristre, como un cazador oteando el horizonte, Imanol Gago aguarda el momento preciso para fotografiar un cielo amenazante. / Rafa Gutiérrez

Mientras el resto del mundo despotrica por el mal tiempo, ellos disfrutan observando nubarrones y se emocionan con la llegada de un frente. La pasión por la meteorología empapa en Álava

Jorge Barbó
JORGE BARBÓ

Miraba a través de la ventana la lluvia caer. Las gotas golpeaban con furia en los cristales. Ante un borrascazo así hay críos que se arrebujan entre las sábanas, como si allí no pudiera suceder nada malo. Otros siguen a lo suyo, con indiferencia. Y luego están los que, dotados de una enorme sensibilidad, comienzan a desatar una tormenta de curiosidad en su cabecita. El pequeño Jon era de estos últimos. Se hizo con un tarro de conservas, que, con ayuda de una regla, graduó con llamativa precisión. Lo colocó en el tejado y, cada vez que amainaba tras un chaparrón, lo recuperaba para anotar el dato de su pluviómetro casero en una libretita. De la forma más natural, sin ser demasiado consciente, se había convertido en un aficionado a la meteorología. En un centinela a cielo abierto.

El pequeño Jon es Jon Urresti, presidente de la Fundación Vital. Y su rudimentario tarro (que todavía conserva con cariño) dio paso a instrumentos de medición, cada vez más sofisticados, dignos de un laboratorio científico. Décadas después, su pasión por la observación meteorológica sigue intacta. «Supongo que es algo que viene de herencia familiar, de mi abuelo, que era marino y fue el primero que llevó a Santurtzi un barómetro», recuerda Urresti, que recibe en su despacho, en un polígono próximo a Legutio. Allí, en la azotea, entre un caparazón de paneles solares, instaló una flamante estación meteorológica, que transmite datos de forma continua y precisa a una consola de mando. Y en su casa, un par de cámaras web apuntan hacia el Gorbea y al norte de Vitoria, «un balcón privilegiado para observar: aquí tenemos una diversidad paisajística, meteorológica y orográfica muy rica».

«Pensé dedicarme a la meteorología, pero en aquella época era necesario pasar por Físicas y yo era bastante malo», reconoce Urresti. Optó por la Sociología y cambió la observación de los fenómenos meteorológicos por los humanos, que pueden llegar a ser, incluso, más complejos que la más virulenta de las tormentas. Habla con una pasión contagiosa de frentes, de anticiclones y de gotas frías y explica de forma detallada y técnica por qué diantres estamos calzando katiuskas a estas alturas cuando lo que toca es empezar a sacar las chanclas. «Es una primavera algo atípica, muy curiosa en una época en la que los días son meteorológicamente muy aburridos», suelta.

Jon Urresti, presidente de la Fundación Vital, ha conservado intacta su pasión por la observación meteorológica desde niño. En la azotea de su oficina se instaló una sofisticada estación cuyos datos se recogen y se envían, en tiempo real, a una consola de mando.
Jon Urresti, presidente de la Fundación Vital, ha conservado intacta su pasión por la observación meteorológica desde niño. En la azotea de su oficina se instaló una sofisticada estación cuyos datos se recogen y se envían, en tiempo real, a una consola de mando. / R. Gutiérrez

Mientras que la mayoría anhela un poco de ese aburrimiento al mirar hacia el horizonte, otros muchos se frotan las manos al adivinar un cielo plomizo y espeso. Como Urresti, decenas de personas toman datos de precipitaciones, de presiones y de temperaturas a diario, estudian modelos meteorológicos y fotografían panorámicas de cúmulos, cirros, nimbos y estratos. La afición por la observación meteorológica está muy enraizada en Álava, en buena parte por el peso que el sector primario sigue teniendo en el territorio. Pero también por el interés por la observación científica de la naturaleza.

Método empírico

Basta con compartir unos minutos de charla con estos amantes de las isobaras y las isoyetas para reparar en que su pasión tiene bastante poco que ver con la lectura de las témporas, ni con los calendarios zaragozanos, ni con todos esos métodos magufos con mucha más base tradicional que científica. Su hobby tiene mucho más de método empírico. «Los aficionados, en general, y nuestros colaboradores, en particular, son gente muy rigurosa, muy meticulosa y muy seria», presume la delegada de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en Euskadi, Margarita Martín.

Martín se refiere a los 38 alaveses que, nieve, diluvie, truene o abrase el sol, se acercan a diario, siempre a la misma hora, a la estación meteorológica de su zona para recoger registros valiosos, con los que se elaboran series históricas que permiten describir el clima y afinar los pronósticos. Y fuera de esa red, la más tupida de todo el País Vasco, los profesionales de la agencia también ponen en valor el tremendo trabajo de los aficionados, con los que mantienen una estrecha colaboración. En las recientes inundaciones, que azotaron con dureza Amurrio y otras zonas del valle de Ayala, «las fotos y los vídeos que los vecinos y los aficionados colgaron en las redes supusieron una valiosísima información de retorno que nos permitió ver en tiempo real lo que estaba sucediendo», destaca Iñigo Caballero, jefe de estudios y desarrollos de la Aemet en el País Vasco.

Mucha de esa información gotea en Twitter, que se ha convertido en una suerte de enorme mapa meteorológico en tiempo real. Por allí pululan usuarios alaveses como El Ferroviario, cuyo 'timeline' se le antoja al curioso como una suerte de cuaderno de campo ilustrado de la Llanada, con impresionantes panorámicas de cielos encapotados con fotos de avenas germinando y campos de cebadas tan espesas que parecen mares de cereal. También Gorka Mauleon, que desde Lanciego difunde, a diario, pase lo que pase, datos de temperatura, humedad, precipitaciones, presión atmosférica y velocidad del viento en su pueblo. Y Pedro Azpi -colaborador de la Aemet-, que ha llegado a instalar una cámara web frente al campanario de la iglesia de Labraza, un pequeño concejo de Oion.

Las claves

Red de observadores
Álava cuenta con 38 colaboradores de la Aemet cuyos registros sirven para afinar las predicciones
Cazadores de tormentas
«Es emocionante ver cómo se forma y luego descarga una: son los fuegos artificiales de la naturaleza»

Pero, sin duda, la cuenta consagrada a la meteorología más exitosa de por estos pagos es la de Arabamet, que cuenta con más de 2.500 seguidores. Es un pequeño club de rayos y truenos. La gestionan tres aficionados, entre ellos, el técnico de emergencias sanitarias Imanol Gago. Con la cámara apoyada en su mentón, oteando hacia al horizonte, sobre el que se ciernen esponjosos nubarrones de un amenazante tono grisáceo, Imanol recuerda a un paciente cazador, uno de esos que pasan horas ensimismados mirando al cielo a la espera de una bandada de palomas. Sin escopeta ni cartuchos, sólo cargado con su cámara réflex y una infinita paciencia, Gago contagia su pasión por un mundo del que «cuanto más conoces, más disfrutas». Mientras muestra en su móvil las decenas de aplicaciones que tiene instaladas -alguna parece un Meteosat chiquitito-, habla de la «emoción» que siente al divisar una tormenta, al ver «la fuerza, los rayos, al sentir lo pequeños que somos». «Es que son los fuegos artificiales de la naturaleza», ilustra.

Sensación «indescriptible»

El vitoriano Daniel Castro comparte la misma pasión por las tormentas. Él ha llegado a seguir una, especialmente virulenta, hasta subir al Jaizkibel guipuzcoano para disfrutar de ese espectáculo eléctrico tan «emocionante». «La sensación de asistir a cómo se van formando y cómo descargan después es indescriptible», señala Daniel, que no concibe quedarse a cubierto los días de tormenta. «En cuanto cae una, salgo a la calle», apunta.

Hay quien espera que su afición se convierta, más pronto que tarde, en su modo de vida. Markel Lozano tiene 20 años. Estudia Geografía en la Complutense y, sí, acaricia la idea de convertirse en hombre del tiempo. «Aunque me da pena que en la televisión parece que para la información meteorológica se prefiere a una cara bonita que al verdadero divulgador científico», lamenta él, que en Madrid no añora ir de potes por la Cuchi, ni una buena alubiada con la cuadrilla. A él la morriña le sorprende al mirar al «aburrido y contaminado» celeste capitalino, tan anodino para un amante de la meteorología. Para un centinela a cielo abierto.

La Aemet busca colaboradores en Agurain y Aramaio

La estación meteorológica de Salvatierra es una de las más antiguas de la provincia. Comenzó a recoger datos en 1913 y desde entonces -salvo en algún breve periodo a mediados de los 90-, no ha parado de registrar, puntualmente, las temperaturas, precipitaciones, humedad, presión atmosférica y velocidad del viento en este enclave de la Llanada. Hasta ahora. Los últimos monjes claretianos se dejaron de encargar hace un tiempo de la estación y ahora la Agencia Estatal de Meteorología busca un colaborador que se encargue de esta plaza histórica. «Hemos intentado contactar con gente pero no logramos que nadie se interese», lamentan sus responsables.

El perfil tipo de colaborador de la Aemet corresponde a una persona «metódica, seria y rigurosa», aunque lo cierto es que el 'cargo', en muchos casos, es hereditario. Muchos hijos acaban tomando el testigo de esa ardua tarea que supone, recoger datos de una estación. No les mueve el interés: tan sólo reciben una pequeña gratificación a final de año. Quizás ese sea el principal problema que se encuentra la agencia para cubrir puntos como Aramaio, en la que están especialmente interesados. Es la única zona del territorio cuyas aguas vierten directamente al Cantábrico.

 

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