Jon y la carrera de obstáculos cotidiana por las calles de Vitoria

Un árbol situado junto a una plaza para personas con movilidad reducida impide a Jon bajar de la furgoneta en su silla. /Rafa Gutiérrez
Un árbol situado junto a una plaza para personas con movilidad reducida impide a Jon bajar de la furgoneta en su silla. / Rafa Gutiérrez

Acompañamos a este adolescente y a su madre en su ruta diaria por la ciudad. Cuando no le impiden el paso unos contenedores, lo hace «el mal diseño» de las plazas

Sara López de Pariza
SARA LÓPEZ DE PARIZA

Comienza el curso escolar y con él el calvario diario de Nuria Valverde. Cada día se pone al volante de su furgoneta para llevar y recoger a su hijo Jon del colegio Sagrado Corazón, cuatro viajes cada jornada. El joven, de 14 años, sufre distrofia muscular de Duchenne y Becker, una enfermedad degenerativa que le obliga a moverse en silla de ruedas. El problema llega a la hora de aparcar, y es que el diseño de las plazas para personas con discapacidad sumado al incivismo de muchos ciudadanos hace que la rutina ya de por sí complicada de esta familia se convierta en una auténtica carrera de obstáculos.

«En los alrededores del colegio hay unas diez plazas para discapacitados y normalmente sólo nos sirve una. Esto es vergonzoso«, lamenta Nuria. Le acompañamos en busca de aparcamiento. Encuentra una plaza libre en la calle Lope de Larrea, en uno de los laterales del centro escolar, y se topa con un problema habitual: una moto ha aparcado detrás, en la acera, y no hay espacio para que Jon pueda maniobrar con la silla una vez desplegada la rampa. «Esto nos pasa día sí día también, y eso que hay un aparcamiento de motos aquí al lado, la gente no tiene ningún cuidado», denuncia la madre.

Las cifras

1.371
plazas de aparcamiento para personas con movilidad reducida existen en Vitoria, un número que va aumentando. El ratio que marca la ley es de una por cada 40 huecos de estacionamiento.
2,5
metros es la distancia necesaria para que la rampa trasera de la furgoneta pueda desplegarse y la silla de ruedas descienda y maniobre sin dificultad. Muchos conductores no respetan el aviso colocado en forma de pegatina en la parte trasera del vehículo.

En este caso le tocaría aparcar mal y que el joven avanzara por la carretera mientras pasan los coches, con el peligro que eso conlleva. «Además de que nos pueden atropellar discutimos todos los días si me pongo a maniobrar con Jon en la carretera, la última vez hasta nos llamaron enfermos. Es una pelea constante». A los motoristas que no respetan la pegatina colocada en la furgoneta que obliga a una distancia de 2,5 metros se les añade tener que enfrentarse a unas plazas que Nuria lamenta no están diseñadas correctamente.

Vuelve a ponerse al volante de la furgoneta con rampa desplegable y nos muestra dos ejemplos. Estaciona en el número 78 de la calle Manuel Iradier, Jon desciende con la silla y no puede alcanzar un paso de cebra que se encuentra a 50 metros para subir a la acera sin tener que pasar por la calzada. Tres contenedores de reciclaje le impiden el paso. «¿Qué hace mi hijo en este caso, salta el bordillo?», se pregunta hastiada Nuria. Algo similar ocurre en el número 42 de la misma calle, sí hay plaza para personas con movilidad reducida pero un coche aparcado detrás, de manera correcta, impide que Jon pueda alcanzar un bordillo rebajado para subir a la acera.

«No entiendo quién ha diseñado tan mal estas plazas, creo que están pensadas para personas que puedan andar porque a los que van con silla de ruedas desde luego que no les sirven«, incide la mujer. La solución que pide al Ayuntamiento, y que transmitirá a través de un escrito oficial, es sencilla. »No habría ningún problema si las plazas estuvieran al lado de aceras rebajadas, contiguas a los pasos de cebra. Tampoco es lógico que detrás aparquen coches o haya contenedores porque eso nos obliga a avanzar por la carretera«.

«O quitan el árbol o nos toca jugarnos el tipo en la calzada»

Una vez a la semana Jon acude a la consulta del fisioterapeuta en el barrio de Lakua. Allí, en la calle Sierra de Andía, asiste su madre al colmo del sinsentido. En el número 1, un árbol en la acera impide que la rampa por la que el joven debe descender pueda desplegarse. «O mi hijo sale a la carretera una vez más o traspasa el árbol, una de dos», explica con ironía. Unos metros más adelante, en la misma calle, ocurre exactamente el mismo problema. «Parece una broma de mal gusto. De las plazas que tengo al lado del »fisio« no me sirve ninguna. Mi marido llamó al Ayuntamiento para poner en su conocimiento el problema y todavía no nos han dado ninguna solución», lamenta Nuria.

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