Alejen a los borrachos del fuego

Ante la afluencia creciente de espectadores para contemplar el relevo generacional, por primera vez el Ayuntamiento ha decidido trasladar el acto de reafirmación vitoriana de la recoleta plaza de España a la esa maravilla que es la de la Virgen Blanca. Visto el resultado y la falta de apreturas, un acierto.

Alejen a los borrachos del fuego
ÁNGEL RESA

Cualquier tiempo resulta adecuado para continuar en el aprendizaje continuo que es la vida. Incluso las fiestas matriarcales valen para ello. Como cada agosto por estas fechas, el tranquilo parque del Prado el resto del año se puebla de gente menuda y sus correspondientes engendradores. Se conoce a la zona durante el ciclo de La Blanca con el sobrenombre de Espacio Aventura y presenta una entrada de partido grande en la tarde reservada a los txikis, que por eso el cachorro de Celedón y su compañera Edurne bajaron a mediodía y en tirolina desde la torre de San Miguel. Sí, ante la afluencia creciente de espectadores para contemplar el relevo generacional, por primera vez el Ayuntamiento ha decidido trasladar el acto de reafirmación vitoriana de la recoleta plaza de España a la esa maravilla que es la de la Virgen Blanca. Visto el resultado y la falta de apreturas, un acierto.

Pues eso, que el Prado lucía el martes al atardecer una densidad de población próxima a la de Hong Kong. A los columpios tradicionales en el corazón del parque se le añadió un decorado repleto de elementos con jaimas, hinchables del tamaño XXL o música nacida de golpear suavemente los xilófonos. Un ambientazo en el que destacaba la abundancia de blusas inferiores a la talla S en la jornada dedicada a los peques de la casa. En el sector cercano a Portal de Castilla, un amplio círculo formado por chavalería sentada sobre el césped sigue atentamente la actuación -y la labia que viene de serie, claro está, el acento delata su origen sudamericano- de un devorador de llamas. De antorchas, digo, no de pegarse un atracón de carne peruana. Y de ese profesor -los buscavidas saben vadear los riscos de la existencia- parte la lección a la que me refería en el párrafo inicial.

Consciente de que jugar con el calor y el olor penetrante del combustible encendido entraña sus riesgos, el tipo añadió una versión nueva al viejo proverbio por el que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad y difícilmente sucumben al embuste. «No juegan con fuego ni los niños ni los borrachos», sentencia mientras su asistente femenina asiente. «Juegan con fuego los faquires y los payasos. ¿De acuerdo, chicos? ¿De acuerdo, borrachos?», pregunta sin encontrar comas etílicos alrededor. Cuesta dejar atrás el efluvio de la gasolina que se aloja en las fosas nasales pese a avanzar por otras zonas de Espacio Aventura. Sí, muchos puestos educativos, pero también las inevitables pantallas en las que unos críos juegan virtualmente como si echaran la partida en una bolera. Apartados de ahí, tres más pedalean con las espaldas recostadas unos triciclos peculiares de ruedas traseras pequeñas y una grande central delante.

El clima, muy de la tierra. Resulta difícil entender ciertos fenómenos sin pasear por la capital alavesa con el jersey sobre los hombros. Lo de anudarlo a la donostiarra se deja al gusto del consumidor. Pocos lugares como éste para entender fenómenos como el desplome térmico. En otros sitios se verán mejor los eclipses, por ejemplo, pero en casi ninguno se precipita el mercurio a la mitad como en plena campaña de saldos comerciales. 35 grados a las ocho de la tarde del lunes en el rincón del humor. 18 justo veinticuatro horas más tarde al enfilar el camino a La Florida. Allí donde grupos de jubilados ensayan en el ruedo coreografías propias de los hoteles y las terrazas de Benidorm.

Me pregunto si no habrá más argentinos por metro cuadrado estos días en Vitoria que en Buenos Aires. Ya con la noche encima, unos jóvenes australes de inconfundible estética urbana protagonizan cabriolas de 'breakdance' en la Virgen Blanca con la cabeza a modo de peonza sobre el asfalto. Muchas cuadrillas de blusas ya han concluido su paseíllo de vuelta de ningún sitio porque nada se programa a esas horas en el Iradier Arena mientras reverbera la música de las txarangas. Admiro a esa gente con la boca pegada al instrumental, a esos hinchas del viento que deben de terminar cada jornada con los morros igual que colchonetas.

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