Adiós al médico de ocho diputados generales de Álava

Samuel Castro, en una de las salas de terapia del área médica de la Diputación./Blanca Castillo
Samuel Castro, en una de las salas de terapia del área médica de la Diputación. / Blanca Castillo

Samuel Castro se jubila tras 32 años como galeno foral y del Parlamento. Ha tratado desde al «cercano» Rabanera hasta al «fantástico» Atutxa

María José Pérez
MARÍA JOSÉ PÉREZ

Llegó como médico de empresa y se va como jefe del servicio de Prevención de Riesgos Laborales de esa 'casa' tan particular que es la Diputación de Álava y en la que ha pasado 32 años. Es Samuel Castro, el hombre que ha controlado la salud de «ocho diputados generales», una larga lista de políticos y una nómina más amplia todavía de funcionarios y trabajadores forales. Por si esa cartera de 'clientes' no resultara suficiente, ha sido, y será hasta el 4 de octubre, el médico del Parlamento vasco por un convenio firmado entre ambas administraciones. Así que ha chequeado también lehendakaris, parlamentarios y personal de la Cámara vasca.

Castro llegó a la institución alavesa procedente de la empresa privada, «del sector industrial». Nada que ver con su nuevo destino. «Al principio me impresionó tener que tratar con los políticos, pero eso fue... un año, luego ya no». Después le impactaron por otras cosas más que por sus cargos. Como de Fernando Buesa, «del que las enfermeras decían que era guapísimo», comenta entre risas. «Era un hombre muy elegante, serio, muy templado», añade en un tono que denota admiración, al igual que cuando se refiere al «superamable y educado» Garaikoetxea y «su voz seductora» con la que «te contaba un montón de anécdotas».

Castro los ha visto a todos como pacientes, al «cercano y dicharachero Rabanera» o a un «tío fantástico», como define a Juan Mari Atutxa, a los que sometía a los rutinarios reconocimientos médicos. Así que su relación con diputados o parlamentarios no entiende de colores políticos. «Yo he tenido relación con las personas», resalta. Y han sido muchas más las anónimas, los trabajadores forales, porque «los políticos no utilizan tanto el servicio». Entre los pacientes ha tenido, como sucede en cualquier otro colectivo, «los hipocondriacos, a los que ya conoces y es muy importante conseguir que se vayan tranquilos» y los que considera «problemáticos porque acaban obligándote a hacer una medicina muy defensiva, con muchos recursos, que te quita tiempo, energía. Pero esto pasa como en la sociedad en general. Paradójicamente, cuando se jubila uno, llega otro».

A él también le ha llegado el momento de jubilarse. Le sustituirá otro doctor, para lo que la Administración foral ya ha abierto la convocatoria. Castro sólo le da un consejo que llama poderosamente la atención: «Que cambie esto porque seguro que lo va a mejorar». Tiene explicación: «Cuando yo vine no había nada y lo fui montando a mi imagen y semejanza, pensando en lo que sería mejor». Así que como todo cambia, «ahí van a mejorar», sonríe.

Cuando este bilbaíno titulado por la UPV llegó a Vitoria en 1986 como médico de empresa no existía una ley de prevención de riesgos laborales. De hecho pasaron 9 años hasta que se promulgó. Es más, «llegué y no tenía ni sitio», recuerda ahora en su despacho en unas instalaciones en la plaza de la Provincia, con consulta de enfermería, espacio para los reconocimientos médicos laborales, sala con tecnología para tratamientos... que podría describirse como un pequeño centro de salud.

Tuvo un infarto en la consulta

Como cualquier médico, ha visto de todo. Las enfermedades que ha tenido que tratar «han ido cambiando en la misma medida que la epidemiología general», indica. Ahora «nos enfrentamos más a enfermedades psicosociales, relacionadas, por ejemplo, con el estrés laboral y con la ergonomía, problemas posturales...». El escenario ha variado tanto desde que llegó que «han aumentado mucho patologías relacionadas con el deporte» con el consiguiente absentismo que, por otra parte, «está muy relacionado con los accidentes 'in itinere' o en misión» y ahora también con el cuidado familiar.

Pero «nada diferente de lo que ocurre en la sociedad en general», insiste un médico que se retira con un montón de anécdotas «relacionadas con la terminología» y sólo una grave en la que curiosamente él fue el protagonista. «En agosto de hace dos años, sufrí un infarto aquí mismo». Así se lo transmitió él mismo al 112 para quienes sólo tiene palabras de agradecimiento, igual que para el personal de Txagorritxu. Todo salió bien. La prueba es que continuó en su puesto y dentro de nada ya podrá dedicarse a sus aficiones. Deja la Diputación rebosante de salud.

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