El día que Emilio Álava cabalgó hasta el Gorbea sobre un Citroën 5

Emilio Álava asciende al Gorbea con su Citroën, en una imagen facilitada por Javier Sedano.  /
Emilio Álava asciende al Gorbea con su Citroën, en una imagen facilitada por Javier Sedano.

Se cumplen 90 años de la primera ascensión del conocido vitoriano con su 'cascarilla’. El origen de todo estuvo en una apuesta

FRANCISCO GÓNGORA

Los británicos nos dan sopas con honda en eso de organizar apuestas o juegos extravagantes pero de vez en cuando en nuestra tierra surge algún tipo dispuesto a salirse del tiesto de la mediocridad. Y los felices 20 eran tiempos de retos. Así que Emilio Álava Sautu (Vitoria, 1889) tuvo la oportunidad y no la desperdició cuando su amigo y contrincante comercial Toribio Erenchun, concesionario de Ford, le comprometió una mañana de otoño de 1924 en el popular café Iruña y apostó con él que no subía al Gorbea con su cascarilla, un Citroën 5 CV, que equivalía al seiscientos de la época y al que se le apodó el alpinista. No sólo ascendió a la cruz. También lo hizo a las campas de Urbía y al Campillo por las escaleras de San Miguel y San Bartolomé. «Y lo más extraordinario es que 42 años después volvió a repetir la proeza», recuerda Javier Álava, hijo de Emilio, un enamorado de este formidable trasto, que debe arrancar con manivela y que aún funciona.

Aquella proeza, magníficamente retratada por Balbino Sobrado menos mal la hizo un hombre con un currículum impresionante. Álava era zahorí, campeón de España de tiro con pistola, dueño con su amigo Ignacio Lascaray del primer concesionario de Citroën en Álava y un conductor intrépido y audaz.

Deportista, descubridor e inventor

Pero es que además fue el segundo alavés en participar en unos Juegos Olímpicos. Lo hizo en Helsinki, en 1952, en la especialidad de tiro olímpico, modalidad de tiro rápido 25 metros, a la edad de 63 años. Se convirtió en el deportista español que ha competido en unos juegos con más edad, un récord no superado.

Años antes estuvo a las puertas de participar en los JJ. OO. de Berlín 1936, pero, como a muchos otros deportistas, la Guerra Civil le cercenó sus ilusiones. Ya en las olimpiadas de Helsinki, fueron 53 los participantes de 28 países en su especialidad, y Álava logró llegar a la final consiguiendo un decimotercer puesto con un total de 568 puntos.

Pero Emilio Álava era famoso ya desde 1910 cuando se proclamó campeón de Álava en ciclismo. Años mas tarde comenzó a practicar el tiro y en 1935 tuvo un destacado papel en el mundial disputado en Roma. Diez años más tarde volvió a la competición para proclamarse campeón de España.

Además de buen tirador, Emilio Álava fue un consumado jugador de ajedrez, descubridor e inventor. En este sentido dispone de varias patentes, entre ellas, un sistema de suspensión de disco en vehículos de ruedas, o un novedoso sistema para espolvorear o distribuir productos en polvo.

Emilio falleció en la capital alavesa, el 18 de abril de 1974, a punto de cumplir los 85 años. Pero esta no fue la única participación en las olimpiadas para la familia Álava, ya que 16 años más tarde de la presencia de Emilio en Helsinki, su hijo Javier Álava Quintana (Vitoria, 26 de junio de 1940) participó en las olimpiadas de 1968 de México.

Álava Quintana compitió en la misma modalidad que años atrás había participado su padre, tiro rápido 25 metros. Javier consiguió un 45º puesto de un total de 56 participantes, con una puntuación de 570 puntos, 2 puntos mas de los que había conseguido Emilio.

La segunda subida

Durante la segunda subida al Gorbea, en 1966, acompañaron a Emilio, que ya tenía 77 años, Lucio Lascaray y Ramón Jiménez Zape, vestido de aldeano alavés. Además estuvieron Javier Sedano, que escribió la crónica periodística para EL CORREO, Javier Álava (hijo de Emilio), y los fotógrafos Fede Arocena y Goyo Querejazu. Numerosos montañeros le esperaban en la cruz porque era el tipo de gestas populares que arrastraba a un numeroso gentío como se demuestra en las fotografías.

Días más tarde hizo otra hazaña. El 25 de septiembre ascendió a bordo del fabuloso Citroën matrícula VI-399 hasta el Campillo por las escaleras de San Miguel y San Bartolomé, precedido por los txistularis de la Manuel Iradier. En un momento determinado y en un gesto vacilón llenó el radiador del coche con vino de Rioja, ante el asombro de todos.

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