Del Sacamantecas al crimen de la lechera, la crónica negra de la Álava rural

Panorámica del pueblo de Añes, en Álava/
Panorámica del pueblo de Añes, en Álava

La historia más negra y cruel también tuvo parada en en el territorio alavés desde tiempos del asesino en serie Juan Díaz de Garayo

FRANCISCO GÓNGORA

«¿Tiene usted frío, hambre o miedo»?, le espetó un guardia civil a Juan José Trespalacios, el asesino de Añes, al verle temblar una mañana nevada del invierno de 1951, tras su detención. «De todo», contestó el hombre buscando piedad en la mirada de sus captores. Acababa de matar a palos en una cuadra a tres hermanos, vecinos de esta localidad del Valle de Ayala. «Pues eso, antes. Ahora ya sabes lo que te espera», le respondió el agente con un cierto aire de desprecio.

Este diálogo y la imagen de un hombre de fuerte complexión, esposado, vestido con traje verde, camisa blanca sobada y una llamativa corbata roja, es de las cosas que no olvidó en su vida una vecina de Añes, que entonces era una adolescente. La vergüenza que todo pueblo siente ante episodios así hace que la mujer, de 77 años, prefiriera contarlo desde el anonimato. «Nada de nombres, ¿eh?», dice tras refrescar su memoria y evocar que desde entonces nunca quiso entrar sola en ninguna cuadra.

Álava vivió hace unos años una oleada de crímenes, que desaparecieron con la detención de Koldo Larrañaga, el asesino confeso de la abogada Begoña Rubio y del empresario de tragaperras Agustín Ruiz. Pero no era el único. Existe en Álava una luctuosa nómina de asesinos. Trespalacios quería vengarse de los hermanos Menoyo que le habían denunciado por robar una vaca, lo que le llevó a la cárcel. Los mató con una yugueta, a la manera campesina. El acabó en el patíbulo.

A esta provincia le cabe el poco envidiable honor de haber visto nacer también al sanguinario Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña, Sacamantecas, el único criminal capaz de medirse de tú a tú en crueldad con Jack el Destripador, posiblemente el asesino más famoso de la historia. Este alavés de truculento recuerdo fue transformado por la leyenda en el malísimo, en el gran coco de los terrores infantiles compartiendo imaginario con aquel Hombre del saco que, decían, se comía a los niños.

Víctimas en el olvido

Los grandes asesinos no sólo se llevan por delante a sus víctimas. También entierran su memoria. ¿Quién se acuerda de María Dolores Cortázar, la joven vecina de Zaitegui que violó y acuchilló el 7 de setiembre de 1879 o de Manuela Audícana, de 52, a la que destripó y arrancó un riñón en el camino de Gamarra a Araca? El Sacamantecas, nacido en Eguílaz, «de constitución vigorosa, estatura regular, pelo moreno, ojos pequeños y hundidos, pómulos prominentes, analfabeto y de inteligencia normal», confesó haber cometido hasta ocho asesinatos, casi todos de mujeres mendigas o prostitutas, a las que siempre violaba. También admitió que había fracasado en otras cuatro ocasiones. Las mujeres se zafaron de él.

El 11 de mayo de 1881 el Sacamantecas era ejecutado en público a garrote vil en el Polvorín ante la expectación de un pueblo, el vitoriano, que había vivido atemorizado una década, especialmente las mujeres. «Me extraña que pudiera ser el verdadero autor de todas las muertes que le achacaron. No se cometieron con el mismo patrón», decía hace unos años el historiador y especialista en criminología Iñaki Bazán, autor de una biografía y la persona que más ha buceado en la historia de aquel campesino que vestía como los braceros pobres del campo: boina azul, chaqueta de color oscuro y pantalón de percal.

La fama de Garayo, un personaje que ha alimentado una novela y ha sido llevado al cine en dos ocasiones, trascendió las fronteras del territorio y se convirtió en un fenómeno social. La suya fue la primera vez en la historia en que médicos especialistas debatieron sobre el comportamiento y la salud mental de un asesino. Hubo quien le consideró simplemente un tonto, pero prevaleció la tesis de que sus facultades eran normales. Entre las leyendas que se contaban de él destaca la de que se afeitaba quemándose los pelos de la barba porque no le prestaban una navaja y la de que era capaz de desnudarse pese a los grilletes.

'El chato doble'

El siglo XX empezó en Álava con truculencia. Tres presos de etnia gitana detenidos por haber robado unos mulos en Peñacerrada acuchillaron al alcaide de la cárcel de Laguardia, Julián Santana, de 40 años, y al vigilante, Rafael de la Rosa, aprovechando un momento de descuido. Era la noche del 5 de agosto de 1901. El cabecilla de aquella banda se llamaba Domingo Gabarri, y se le conocía por el apodo de 'El chato doble'. No era la primera vez que mataba y huía. Pero meses más tarde Gabarri y sus dos compañeros eran apresados, juzgados y ajusticiados.

Dicen las estadísticas oficiales que el País Vasco ha registrado tradicionalmente, al margen del terrorismo, un menor índice de criminalidad que el resto de España. «Desde que en la Edad Media se pensaba que la sangre era el detergente que lavaba las ofensas al honor, la violencia ha disminuido aquí paulatinamente, como en todos los países desarrollados», explica Iñaki Bazán.

El asesinato de la lechera

Pero, pese a ser de siempre una ciudad tranquila, no han faltado explosiones de violencia terrible en Vitoria. Una de ellas fue el crimen de la Fuente de la Pared, ocurrido el 6 de agosto de 1934. Mientras sonaban de fondo la algarabía y la música de una ciudad en fiestas, aquella tarde era violada y asesinada a navajazos la lechera Justa Ruiz de Infante. Apareció con la boca llena de piedras en un descampado próximo al actual puente de Las Trianas. El destino le guardó una particular sorpresa a su asesino, Jacinto Gómez, que fue detenido. Soldados vitorianos de las tropas del general Franco reconocieron al violador en la prisión de El Dueso tras la toma de Santoña, tres años después del crimen. Allí mismo fue fusilado.

Otro de los crímenes más nefandos que recoge la crónica negra fue el de Respaldiza. Ocurrió el 10 de agosto de 1947, en plena época del racionamiento. Luis Orive mató a tiros de escopeta a su padre Francisco, a su hermano Carlos, y a golpes a la mujer de éste, Blanca Velasco, embarazada de ocho meses, en el caserío El Arenal, arrendado por la familia. Los abogados del asesino, que tras ser detenido en Castellón, fue condenado a muerte y ejecutado a garrote vil, no pudieron probar que era un demente. El reparto de las tierras de labranza y el odio entre hermanos fue el origen del cuádruple asesinato.

Paso por alto el crimen del Bar Carabanchel, al que dedicamos un artículo especial en la sección por ser el más tremendo en cifras de muertos, 5, y paso a recordar los dos ocurridos en Valdegovía en 1976.

El 11 de diciembre aparecían degollados en una casa deshabitada de Nograro, Juan Estruch, estudiante de Medicina de 28 años, y su esposa María Angeles Etayo, de 24, ambos residentes en Vitoria. Desde un principio se pensó en el ex-novio de María Angeles como autor material de ambas muertes. Diecisiete días después se encontraba muerta a cuchilladas en Gurendes a Filomena Salazar, de 46 años. El asesino, José Luis Martínez, de 41 años, había entrado a robar.