La batalla de Treviño: Una carga de la caballería para la historia del arte

Comenzó en Treviño, pero tuvo su desenlace fundamental en Zumelzu, Vitoria. Los liberales derrotaron a los carlistas

FRANCISCO GÓNGORA
Victor Morelli recreó la batalla en un gigantesco lienzo de siete metros. /./
Victor Morelli recreó la batalla en un gigantesco lienzo de siete metros. /.

Durante la última Guerra Carlista (1872-1876), Vitoria volvió a ser una ciudad sitiada. Se fortificó y estuvo permanentemente en tensión ante el acoso de las tropas carlistas que crearon una verdadera tenaza a su alrededor. Como no podían conquistarla, las tropas de aspirante don Carlos atacaban los suministros y los convoyes tenían que ser escoltados por verdaderos ejércitos. Además, se construyeron fortalezas y castilletes que aún se pueden ver en Nanclares de la Oca, Quintanilla o Gometxa. El objetivo era proteger la línea férrea Madrid-Irún y el camino real. Para romper la agobiante presión, los liberales planificaron un ataque para desalojar a los carlistas de las posiciones más ventajosas, con el objetivo de poder controlar el paso de las tropas.

Comenzaron el 7 de julio de 1875 con un ataque de distracción sobre Salinas de Añana y fueron tomando posiciones desde Miranda de Ebro a Armiñón y Estavillo y La Puebla de Arganzón. Eran 24 batallones, 7 escuadrones, 8 baterías y tres compañías de ingenieros y voluntarios. Frente a ellos, según los datos que aporta el historiador Carlos Ortiz de Urbina en su libro Vestigios militares de las Guerras Carlistas en Álava, una verdadera guía para seguir el conflicto desde lo que áun perdura, los carlistas ocupaban 35 kilómetros de frente con 16 batallones, 6 escuadrones y 6 baterías.

El ataque lo inició la brigada liberal de Pino, que se dirigió por Armiñón a Lacervilla, y por las faldas de San Formerio hasta Muergas, casi al mismo tiempo en que Loma entraba en Añastro y tomaba Arrieta y Doroño. El General en jefe liberal, Jenaro Quesada, que había ocupado la ermita de San Formerio, mandó otra columna por Treviño y las Ventas de Armentia. Los carlistas se vieron obligados a replegarse hacia los montes de Vitoria. Las tropas de Tello, a su vez, atacaban desde La Puebla y Ocilla y comenzaba un fuerte combate en las alturas de Meana.

La batalla se generalizó y tuvo como epicentro Zumelzu. Como en la Batalla de Vitoria, 62 años antes, esta pequeña aldea se convirtió en el lugar donde se dieron los enfrentamientos más sangrientos (entonces los franceses barrieron a lo mejor de la infantería inglesa en una emboscada). Las cargas de unos y otros se repitieron hasta que el general Tello ordenó atacar a su caballería. Eran 98 lanceros del Rey que arrollaron al tercer batallón de Navarra carlista. La carga la mandó el coronel Contreras. Ante el cariz de la situación, los carlistas iniciaron la retirada por Gometxa hacia San Juan de Júndiz, y por Zaldiaran hacia Ullíbarri de los Olleros. Los jefes de los ejércitos, Quesada, liberal, y Pérula, carlista, felicitaron al día siguiente a sus tropas por su comportamiento en el combate, una una de las batallas más encarnizadas de esta campaña.

La expulsión de los carlistas permitió, precisamente, reforzar con nuevos blocaos y torres la línea Miranda-Vitoria y dotarlos con guarniciones que protegieran los caminos. Aunque fue un combate importante, tampoco es que la batalla de Treviño fuera la única, y sin embargo consiguió interesar a dibujantes (los reporteros de la época) y a muchos pintores. El grafismo de la prensa comenzaba a cambiar en España a partir de esta guerra. El 15 de julio, ocho días después de la batalla, La Ilustración Española y Americana publicó un dibujo de Daniel Perea bajo el título Carga heróica de 98 Lanceros del Rey, al mando del Coronel Contreras en la acción del Condado de Treviño el 7 de julio. Son varios los pintores que se fijan en ese hecho bélico. Eduardo Banda pintó un cuadro para el Museo del Ejército con este tema y Víctor Morelli para la Academia de Caballería.

Es uno de los aspectos más interesantes de este hecho bélico. Sirvió para comparar cómo se reflejaba desde el punto de vista informativo o de actualidad y desde el punto de vista artístico. El dibujo de Daniel Perea, por ejemplo, se hizo sobre el croquis de un testigo presencial. En la revista, el observador está situado muy próximo a los carlistas derrotados y caídos, y la estampa, que no atribuye rasgos heróicos a los jinetes vencedores, transpira toda la confusión de un hecho de armas real. El dibujo sólo representa soldados anónimos, figuras carentes de importancia narrativa. Aquí, por el contrario, la ausencia de «personajes» sería consecuencia de que la realidad inmediata que captó el reportero, lo que tuvo ante sus ojos, fue un episodio mínimo del combate.

Aunque la batalla de Treviño fue una acción menor, su carácter de carga de caballería capturó la imaginación de pintores de Historia españoles. Francisco Oller, un puertorriqueño, la llevó al lienzo en 1879; Ricardo Balaca en 1881; Eduardo Banda y Víctor Morelli, en 1895 y 1897, respectivamente. En el inmenso cuadro de Morelli, de siete metros de largo, los lanceros parecen emerger, abriéndose, de un punto de fuga en el centro del cuadro, una representación que captura el dinamismo y el impacto de una carga de caballería, en una exaltación iconográfica usual en la pintura militar oficial del siglo XIX. Por su parte, el óleo de Banda recuerda a las Batallas de Tetuán y Wad Ras de Fortuny, composiciones en horizontal con profusión de figuras pequeñas, aunque Banda buscó enfatizar detalles en armas y uniformes.

El cuadro de Francisco Oller se subastó en Nueva York, procedente de España, y hoy forma parte del El Museo de Arte de Ponce en San Juan, Puerto Rico. Existe una versión más pequeña y menos expansiva en la colección del Palacio Real de Madrid.

Las imágernes y las reflexiones artísticas están tomadas de este interesante blog: Espacio Cusachs, dedicado al arte militar.

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