La última gran batalla. Villarreal 1936

1.600 muertos y desaparecidos. 5.500 heridos. El bautizo de fuego y horror de una generación de vascos, que marcó la superioridad militar de los franquistas

FRANCISCO GÓNGORA
En 2007 se conmemoró en Legutiano la batalla de Villareal de 1936. / José Montes/
En 2007 se conmemoró en Legutiano la batalla de Villareal de 1936. / José Montes

El sábado 30 de noviembre, día de San Andrés, se cumplieron 77 años del comienzo de la batalla de Villarreal (hoy, Legutiano). En el monte Arapa, cerca del pueblo de Zestafe, hay una cruz de piedra con una inscripción: «In memoriam. Alejandro Linati Bosch. Alférez del Numancia. 30 de noviembre de 1936». Recuerda a uno de los primeros muertos de la ofensiva del Ejército vasco-republicano que, con unos 15.000 hombres, pretendía conquistar Vitoria y Miranda, en manos de los sublevados, y que chocó con un muro llamado Villarreal. Centenares de jóvenes de ambos bandos dejaron su vida aquellos días en esas lomas, pero gracias a esa cruz que mandó construir su familia catalana el recuerdo de ese soldado ha pervivido en el tiempo a pesar de que la maleza amenaza con destruirlo todo. Por ejemplo, los dos búnkeres de hormigón de casi medio metro de espesor que a pesar de la espesura de los quejigos pueden visitarse, colocados estrategicamente a unos 100 metros de la cruz.

Los que han estado en la guerra recuerdan siempre, además del miedo, el frío, el hambre y los piojos como elementos consustanciales a los combates. «Un espanto. Los recuerdos de la guerra son imborrables pero siempre desagradables», me decía un maestro vitoriano que luchó aquellos días. Fue de los que acudió en ayuda de una guarnición de 638 soldados y requetés que defendieron el pueblo de Villarreal entre el 30 de noviembre y el 5 de diciembre, cuando las tropas de refuerzo de Franco rompieron el cerco. De aquella batalla, que «pudo haber cambiado el curso de la guerra en el Norte y, tal vez, en España», según el historiador Javier Ugarte, hay testimonios aterradores.

La población civil fue evacuada con los primeros tiroteos del 30 de noviembre. Otro vecino de Villarreal, que contaba entonces 7 años, recuerda que, nada más salir, una bomba cayó sobre la cocina de su casa. «Pero el regreso fue peor. Las casas eran medias paredes y tejas rotas. Todo el mundo lloraba ante aquella destrucción», evocaba. Para los soldados del regimiento de Flandes y los requetés que aguantaron el cerco, el frío no era peor que ver saltar con los cañonazos las tapias y las tumbas del cementerio, que se convirtieron en improvisadas trincheras.

El lingüista Luis Mitxelena, que era uno de los atacantes entre los batallones de gudaris, daba con ironía la clave de por qué no se conquistó Villarreal con todo a favor y se convirtió en una severa derrota. No había ni buena cartografía. Se encontraron con un río, el Angelu, que no figuraba en sus mapas. «¿Cómo se puede ganar la guerra así»?, se preguntaba. Todos los expertos historiadores hablaron de la primaria organización y la poca formación de los oficiales de aquel ejército y de la poca experiencia militar de los milicianos como factores de la derrota.

La iglesia de Nafarrate

Pero los combates no se quedaron sólo en Villarreal y su entorno más inmediato como los montes Albertia, Maroto, Jarindo, Isuskiza, Oketa, Gonga, Berretín o Gorbea. Se desarrollaron en una franja de 35 kilómetros de longitud entre los puertos de Arlabán y la Barrerilla (Orduña), entre el 30 de noviembre y el 23 de diciembre de 1936 y fueron numerosos los pequeños pueblos alaveses que se vieron salpicados por el movimiento de tropas, los bombardeos y la destrucción: Elosu, Zestafe, Acosta, Uzkiano, Unzá, Murua o Gopegui, entre otros. La iglesia de Nafarrate, arruinada por los combates, por ejemplo, nunca fue reconstruida como sí ocurrió con otras como la de Elosu o la de Villarreal.

Aquella gran batalla en terreno alavés, la última de una dimensión importante, pudo haber cambiado el signo de la historia si se hubiesen cumplido los objetivos del Ejército vasco, que coordinó su primera y única ofensiva con fuerzas republicanas de Santander y Asturias. «Por desgracia, sabemos más del desembarco de Normandía y de la II Guerra Mundial que de lo que ocurrió a unos metros de nuestras casas. Creo que no ha habido interés por parte de nadie en recordar aquel dramático mes», explica Josu Aguirregabiria, un investigador de Legutiano y coautor del libro El frente de Álava, que lleva varios años junto a su asociación Sancho de Beurko sacando del olvido todo lo relacionado con la Guerra Civil en Euskadi.

Aguirregabiria, que jugó de niño en las trincheras del entorno de su pueblo, se rebela frente al silencio oficial sobre este combate. En su día fue considerado por la propaganda franquista como «otro Alcázar» por la heróica defensa que llevaron a cabo las tropas que se sublevaron contra la República, «fundamentalmente por la decisión y el valor de sus mandos, militares africanistas que superaron una situación de inferioridad numérica y de armamento», evoca. De hecho, se levantó con posterioridad un monumento una especie de vela marina que podía verse emerger del pinar de Txabolapea, uno de los puntos calientes de la batalla y cuyo dominio decidió la lucha. El monumento sufrió varios ataques hasta que fue derruido por el Ayuntamiento de Legutio. La misma suerte que el cuartel de la Guardia Civil situado junto a la carretera que fue destruido por una bomba de ETA con la muerte de un guardia civil.

Paradojas de la historia, un gran guardia civil de Llodio, el capital Juan Ibarrola, que llegó a mandar un cuerpo de ejército republicano dirigió una de las tres columnas del Ejército vasco que realizaron la ofensiva.

Conquistar Vitoria

Uno de los objetivos del Ejército de Euskadi -ya existía el Gobierno vasco- era conquistar Vitoria y llegar hasta el nudo ferroviario de Miranda de Ebro. Para ello se prepararon más de 15.000 soldados, en su mayoría milicianos procedentes de todo el arco izquierdista y los nacionalistas, que tenían que superar a una guarnición de 2.900 «nacionales», distribuidos en todo el frente alavés.

Pero la ofensiva se encalló en Villarreal donde apenas 638 soldados y requetés resistieron el ataque de más de 5.000 hombres. La villa se dio por conquistada porque «era indefendible militarmente. Los atacantes estaban en las cumbres que rodean la villa, Albertia, Pagotxiki, el pinar de Chabolapea. Se controló hasta la carretera que venía de Vitoria. Pero aguantaron en unas condiciones increíbles, sin alimentos, sin municiones, sin poder evacuar los heridos y cuando tenían autorización de rendirse», señala Aguirregabiria, que prepara un libro sobre aquel hecho bélico. La obstinada resistencia permitió en los días siguientes hacer llegar refuerzos desde Vitoria mandados por Alonso Vega que equilibraron las fuerzas y frustraron la ofensiva.

«Pensábamos que íbamos a entrar fácil, pero en la torre del pueblo pusieron una ametralladora y, nada más empezar, nos asaron a tiros», recordaba Antonio Loinaz, miliciano en Villarreal. «Aquello fue terrible, usaban balas explosivas y el primer día, 30 de noviembre, San Andrés, una de ellas le explotó en la cabeza a nuestro capitán, Isidro Andonegui, un joyero donostiarra», rememora Loinaz, natural de la localidad guipuzcoana de Azpeitia. Junto con otra treintena de paisanos formó parte del batallón Loyola.

Ellos, al igual que otros 34 batallones, componían el Ejército vasco, repleto de jóvenes voluntarios que, a las órdenes de Ibarrola, Cueto y Aizpuru, lucharon durante casi un mes contra las tropas de Franco. Actualmente se pueden ver alrededor de Legutiano una gran colección de fortificaciones, búnkeres, refugios, parapetos y trincheras que nos recuerdan aquellos terribles días. En el monte Albertia, un monolito recuerda a los combatientes.

Recientemente, la exhumación de una fosa común en Etxaguen con 12 cuerpos de milicianos comunistas hacía también memoria de los feroces combate que se libraron. El frente se estabilizó ante Legutio hasta que a finales de marzo de 1937 comenzó la decisiva campaña del Norte por parte de los franquistas mandados por Mola. En pocos días las líneas de defensa de El Ejército vasco se hundieron y los sublevados entraron en Bizkaia. En la zona de Amurrio y Orduña todavía aguantaron las tropas nacionalistas y los milicianos republicanos hasta la toma de Bilbao a mediados de junio de 1937.

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