Zumalacárregui nunca entró en Vitoria

El caudillo carlista fracasó en su intento obsesivo de conquistar la capital alavesa

FRANCISCO GÓNGORA
Zumalacárregui nunca entró en Vitoria

Uno de los episodios menos conocidos de la primera guerra carlista (1833-1837) fue el sitio de Vitoria. Aunque Zumalacárregui, el más brillante militar de aquella contienda, puso cerco a Bilbao y allí recibió el balazo (15 de abril de 1835) que desencadenó su muerte, su verdadero deseo era tomar la capital alavesa, clave a su entender para extender las operaciones hacia Madrid y acabar pronto la guerra. Contaba al principio con fuerzas escasas todavía pero 'el tío Tomás', como le llamaban sus hombres, pensaba que dentro de la ciudad existía una potente 'quinta columna' que le ayudaría a entrar, teniendo en cuenta que la guarnición era muy exigua.

De hecho, cuatro días después de la primera proclama en Talavera de la Reina a favor del hermano de Fernando VII, el aspirante al trono don Carlos, el 3 de octubre de 1833, se pronuncian José Uranga y Bruno Villarreal, en Salvatierra, y Valentín Verástegui, en Vitoria. Este último, al que apoyan desde los púlpitos, franciscanos y dominicos, da un plazo de seis horas a una exigua fuerza de 112 soldados para unirse a él y sus Naturales Armados de Vitoria -fuerzas paramilitares-. Si no lo hacen debería evacuar la plaza, según el ultimátum que es lo que hicieron finalmente. Verástegui destituye al Ayuntamiento, pero deja al diputado general, el liberal Íñigo Ortés de Velasco. El Gobierno de la reina regente Cristina, mientras, manda al teniente general Pablo Sarsfield a cortar la rebelión. El 20 de noviembre derrota a Verástegui en el alto de Herrera y entra en Vitoria que ha permanecido carlista mes y medio. En aquel combate murieron muchísimos jóvenes alaveses que se habían enrolado con los partidarios de don Carlos.

Vitoria está en manos de los cristinos pero Álava queda bajo control de los carlistas, que hostigaron permanentemente las rutas de abastecimiento y obligaron a las fuerzas gubernamentales a realizar un gran esfuezo para defender los ejes de aprovisionamiento.

Pero vayamos al intento de conquista fallido. Al amanecer del 16 de marzo de 1834, un día de niebla, y sigo el relato que hace Carlos Ortiz de Urbina en su libro 'Vestigios militares de las guerras carlistas en Álava', 3.500 hombres y 200 caballos salen de Otazu, donde han pasado la noche acampados, y se dirigen a Vitoria. Tras ocupar los altos de Santa Lucía (la zona de Los Astrónomos) inician el asalto a la capital por las cuatro puertas, defendidas por 350 soldados de la recién creada Milicia Urbana -formada por tres compañías de fusileros, una de cazadores y otra de granaderos-. Están acuartelados también otros 750 soldados de infantería y 136 de caballería. Los manda el mariscal de campo Joaquín de Osma. El combate se extiende al centro urbano y las vanguardias carlistas llegan a la Cuesta de San Francisco y ocupan algunas casas de la calle Herrería. Las cosas pintan muy mal para los defensores que se defienden valientemente y hacen más de 40 muertos a los atacantes. Pro los «adictos» que esperaba el general carlista que le ayudasen desde el interior de la ciudad aparentemente no aparecieron.Entonces llegan noticias de que un ejército al mando de Espartero viene desde Miranda.

Zumalacárregui se queda con las ganas y sabe que tiene que abandonar la ciudad hacia el Este, por donde ha venido. Durante el ataque envió un escuadrón de caballería y dos compañías de infantería a Gamarra Mayor donde se había atrincherado un destacamento liberal de Celadores de Álava que tuvo 50 muertos. También se coge prisioneros a 120 de estos voluntarios o francos peseteros. Este cuerpo, creado en diciembre de 1833, tenía la misión de mantener el orden en los pueblos de Álava que vivían bajo el peligro constante que suponía la presencia de Zumalacárregui y su cuerpo de Aduaneros.

Los fusilamientos

Los celadores tienen la promesa de que se respetará sus vidas e inician una marcha hacia Heredia. 25 kilómetros hacia el Este. Al enterarse Zumalacárregui (que se retiraba hacia Navarra) de esta circunstancia, ordenó que fuesen puestos en capilla y fusilados al día siguiente. El comandante alavés Bruno de Villarreal trató vanamente de exponer al jefe carlista «las tristes consecuencias que ocasionaría tan terrible orden». El caudillo carlista, sin embargo, se mostró inflexible. Aún consiguió Villarreal, a espaldas de Zumalacárregui, que dos de los celadores presos, conocidos suyos, fuesen ocultados y salvasen la vida, pero con los restantes se ejecutó la orden. El general carlista José Ignacio de Uranga anotó, escueto como siempre, en su diario: «Día 17. Permanecimos en Heredia donde se fusilaron 118 peseteros».

Zumalacárregui recibió numerosas críticas por esta crueldad innecesaria, que no fue la única en su carrera pero los liberales actuaban igual o parecido. Un pacto denominado Convenio lord Elliot acabó con estas prácticas de terror.

La reina gobernadora Cristina premió el esfuerzo de los vitorianos liberales con el regalo de una bandera y de la cifra coronada de Isabel II.

Vitoria se amuralla

La consecuencia más importante del sitio, uno más de los que sufrió la ciudad a lo largo de la historia, fue la construción de una nueva muralla exterior de defensa. Existe un plano que recoge aquella irrepetible estampa con fosos, muros, empalizadas, baluartes y fortines . No quedaron evidencias físicas de esa reconversión de Vitoria en una plaza fuerte, pero ocurrieron cosas importantes como la destrucción de la iglesia de San Ildefonso, sacrificada para utilizar sus piedras.

La fortificación de la capital fue idea de los ingenieros militares e impulsada por el general Fernández de Córdoba, convencido de la necesidad de crear un cinturón de fuertes de 250 kilómetros que impidiera el paso de los carlistas. Así, en Nanclares, Aríñez, La Puebla de Arganzón, Armiñón y Miranda también se levantaron baluartes con guarniciones importantes para posibilitar el abastecimiento de Vitoria, asediada por las partidas de Carlos V, según el historiador Ortiz de Urbina. Hubo en algún momento más de 20.000 militares acantonados, de acuerdo con algunas fuentes, entre la legión inglesa, la portuguesa, la francesa y el ejército del Norte.

«Hay cosas actuales, nombres de calles y plazas como Kutxa, Cercas Bajas o la Ciudadela, que sólo tienen sentido si existió esa muralla. Calles como Gorbea u Ortiz de Zárate tienen una extraña alineación, sólo explicable porque se derruyeron muchas casas para construir fortificaciones», comenta el arqueólogo Ismael García.

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