A dos años del bicentenario de la Batalla de Vitoria

Wellington derrotó a los franceses en los alrededores de la capital vasca el 21 de junio de 1813. Hoy lo recordamos con imágenes curiosas del monumento

F. GONGORAVITORIA
A dos años del bicentenario de la Batalla de Vitoria

Hoy proponemos un viaje en el tiempo, exactamente a 198 años atrás. El lugar, Vitoria y sus alrededores, el pequeño núcleo de población donde iba a librarse el destino de la ocupación francesa de España, aquella que arrancó en 1808 y desató la Guerra de la Independencia. Del 21 de junio de 1813 se sabe que fue un día de niebla por la mañana y sol por la tarde. Una circunstancia que favoreció el movimiento de las seis divisiones aliadas del Duque de Wellington, que bien asesorado por el general vitoriano Ricardo Álava, logró derrotar al grueso del ejército imperial del mariscal Jourdan y el rey usurpador José I, hermano de Napoleón. Se conoce perfectamente la secuencia del combate, casi minuto a minuto, y detalles curiosos, como que se llegaron a enfrentar en algunos momentos franceses contra franceses en Gobeo, alemanes contra alemanes en Margarita y Lermanda, y españoles contra españoles en Durana, enrolados en diferentes ejércitos, como una guerra civil europea.

En dos años se celebrará el bicentenario de tal relevante hecho, que llegó a inspirar a Beethoven. El 50 aniversario (1863) se conmemoró con la colocación de dos estatuas monumentales en la fachada de la Diputación -las dedicadas a Prudencio María de Verástegui y al general Álava, ambos diputados generales que lucharon contra los franceses-. Con motivo del centenario se colocó en la plaza de la Virgen Blanca, unos años más tarde, en 1917 el monumento, el más emblemático de la ciudad. Y de las actividades del 150 aniversario de la batalla surgió el embrión de lo que hoy es el Museo de Armería. Un grupo de vitorianos ha empezado ya a trabajar para dotar de contenido al bicentenario.

«Fue una batalla decisiva en la Guerra de la Independencia», explicó a El Correo hace ya un tiempo el profesor de Historia Contemporánea de la UPV José María Ortiz de Orruño, «porque combatieron los dos ejércitos casi al completo. Y si no hubo más muertos, fue porque los ingleses se entretuvieron en el pillaje del convoy imperial. Si los hubieran perseguido, habría sido la tumba de las tropas de Napoleón», añade el historiador.

Pero a pesar de tanta información, aún hay cosas que se desconocen. ¿Dónde yacen todos esos soldados? «No se sabe. Tuvo que haber varias fosas comunes en los mismos escenarios de los combates. Había que enterrarlos de prisa por razones sanitarias», responde Ortiz de Orruño.

Esos cementerios, en plural, de la batalla son una obsesión para Emilio Larreina, de 59 años, maestro de taller prejubilado y el hombre que, según todos los expertos, más sabe sobre todo lo que aconteció aquel día. «Tal vez en Zurbano, en Subijana, en Aríñez o cerca de Vitoria, donde hubo más muertos. Tienen que estar en algún sitio. Llevo muchos años rastreando el campo de batalla, pero sólo se oyen comentarios», señala Larreina, un miniaturista y coleccionista, que se queja del poco apego de los vitorianos por su historia. «Los que más se interesan son los ingleses y franceses», añade. La arqueóloga Paquita Sáenz de Urturi también se ha hecho eco de testimonios orales sobre esqueletos con guerreras de esa época cerca del molino de Legardagutxi, en Crispijana.

«Ni una placa»

Varios testimonios de soldados ingleses que participaron en la batalla, y que publicaron sus memorias después, indican que los heridos, de todos los bandos, fueron llevados a los hospitales y a los conventos de Santo Domingo y San Francisco. Una vez fallecidos, se enterraron en los claustros. El lugarteniente George Woodberry cuenta que su amigo Carew, tras unos días malherido, recibió sepultura en la iglesia de Gamarra.

Pero el escrito que más aclara lo sucedido es el relato de un soldado anónimo que, ocho años después de la batalla, va en busca de la zona donde había sido enterrada un amigo. «El lugar donde fueron enterrados los muertos sólo se distinguía por una suave elevación del terreno de unos 100 pies cuadrados». Tampoco había posibilidad de saber el sitio exacto donde descansaban los restos del hermano de su amigo William. «Franceses e ingleses, amigos y enemigos, yacían ahora juntos en una fosa común, si bien los aldeanos que ayudaron en la tarea colocaron en la tumba los cuerpos de los ingleses con las manos cruzadas, como en actitud orante, imaginando que la mayor prueba de respeto que podía tributar a los restos de los que habían luchado por su causa era enterrándolos en la misma forma que a sus propios paisanos...», se dice en el libro 'Viajeros ingleses del siglo XIX', de Sillaurren, Santamaría y Santoyo.