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La mediación de EE UU logra que los históricos enemigos del Cáucauso reanuden sus relaciones tras 94 años enfrentados
11.10.09 -

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Turquía y Armenia sellan la paz
Una armenia reza durante un acto religioso en recuerdo de las víctimas del genocidio. / AP
Los países del Cáucaso Sur, región salpicada en las últimas décadas por numerosos conflictos interétnicos, podrían estar a las puertas de una nueva era de prosperidad y entendimiento. Después de 94 años de confrontación, Turquía y Armenia acaban de dar un paso de gigante hacia la normalización de sus relaciones.
Aunque con retraso y no pocas fricciones de última hora, limadas sobre el terreno por la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, y por Barack Obama mediante una llamada telefónica a su homólogo armenio, Serge Sarkisián, los ministros de Exteriores turco y armenio, Ahmet Davutoglu y Eduard Nalbandián, terminaron firmando ayer en la Universidad de Zúrich los protocolos que abren la vía al intercambio de embajadas y a la apertura de la frontera, cerrada desde 1993.
Los acuerdos contemplan la creación de una subcomisión conjunta de historiadores y expertos para examinar archivos y hacer un estudio objetivo sobre la matanza que el Imperio Otomano inició contra el pueblo armenio en 1915. Ereván califica aquellos sucesos de genocidio y calcula que en ellos perdieron la vida un millón y medio de personas. Ankara rechaza el término y admite la muerte de sólo medio millón. Estas discrepancias son las que han hecho que las dos naciones vivieran de espaldas casi un siglo.
Armenia, cuyas fronteras con Azerbaiyán también están cerradas, ha vivido hasta ahora un aislamiento casi total. Georgia ha sido su única vía de comunicación por tierra con el mundo exterior, pese a mantener buenas relaciones con Irán, país con el que limita al sur en una estrecha franja montañosa. Rusia ha sido su mejor aliado, pero el transporte es sólo posible por vía aérea.
La principal beneficiada, por tanto, de esta nueva situación será Armenia, su comercio y su precaria economía. «La apertura de las fronteras con Turquía nos permitirá un mejor acceso a Europa», admite Alexánder Iskadarián, director del Instituto de la Prensa de Ereván, la capital armenia. El país caucásico podría incluso verse involucrado en los grandes proyectos energéticos de la zona.
Turquía también espera sacar provecho de esta aproximación a su denostado vecino en el terreno económico y, sobre todo, en el político y diplomático. Ankara confía en que su papel estabilizador como potencia regional en el Cáucaso, zona estratégica por su importancia para el suministro de hidrocarburos a Occidente, sea un aval para favorecer su ingreso en la Unión Europea.
Nagorno-Karabaj
Turquía pretende también obtener de Armenia concesiones para resolver el contencioso de Nagorno-Karabaj, territorio perteneciente a Azerbaiyán, pero poblado por armenios y autoproclamado independiente en 1991. El Gobierno azerbaiyano ve con buenos ojos la maniobra, pero preponderan todavía los recelos. El politólogo azerbaiyano, Vafa Guluzadé, considera el acercamiento a Armenia de Turquía «una traición a un pueblo hermano».
En Armenia también hay detractores, sobre todo entre los sectores ultranacionalistas, quienes exigen a los turcos que admitan la verdad del genocidio y pidan perdón. El presidente armenio ya ha dicho que el reconocimiento de aquella masacre «ha dejado de ser una condición previa para encauzar las relaciones y para hablar de todas las cuestiones pendientes de interés mutuo».
El estrechamiento de lazos entre Ankara y Ereván cuenta con la bendición de Estados Unidos y la Unión Europea. Moscú dice apoyar también el proceso, pero, según el columnista de 'Nóvaya Gazeta', Pável Felgenhauer, la procesión va por dentro. «Rusia ve disminuir su influencia en el área en beneficio de Turquía, ha perdido ya Georgia y ahora debe renunciar a Armenia», considera Felgenhauer.
A la ceremonia de ayer, además de Davutoglu, Nalbandián y Clinton asistieron el jefe de la diplomacia europea, Javier Solana, y los ministros de Exteriores de Francia, Rusia y Suiza, Bernard Kouchner, Serguéi Lavrov y Micheline Calmy-Rey, respectivamente. Tras la firma de los protocolos y, según el deseo de Armenia, no hubo discursos.
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