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Miranda

PRESIDENTE DE LA FEB SELECCIONADOR NACIONAL JUGADOR DEL BARCELONA EX SELECCIONADOR PTE. COMITÉ OLÍMPICO ESPAÑOL SEC. DE ESTADO PARA EL DEPORTE ENTRENADOR DEL DKV JOVENTUT

El mejor baloncestista español de todos los tiempos cumple su acuerdo con los Lakers para ayudar a Kobe Bryant en la reconquista del poder en la NBA
16.06.09 -

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Gasol asciende a los cielos
Gasol se abraza a Kobe Bryant, nombrado el jugador más valioso de la final. / REUTERS
Mal que nos pueda pesar a quienes vivimos de escribir, hemos de reconocer que, a veces, una imagen condensa casi todo cuanto uno quiere contar. Mientras Kobe Bryant agradecía su merecido premio de jugador más valioso de la final (86-99, 4-1 en la serie) sobre la plataforma de los campeones, la cámara abría el foco y mostraba una conversación a tres bandas en el Amway Arena. Con sonrisas que traducían el techo deportivo alcanzado hablaban Pau Gasol, Bill Rusell -raza negra y barba cana, uno de los mejores pívots de la historia- y Phil Jackson, el entrenador que no tiene más dedos donde ajustarse los anillos. Con el de ayer suma diez, uno más que el mítico Red Auerbach, aquel técnico a un puro pegado que dirigió la majestuosa estirpe de los orgullosos Celtics.
Esa foto fija representaba, en realidad, el ascenso de Gasol (14 puntos y 15 rebotes ayer) a los cielos de este deporte. Al mejor baloncestista español de todos los tiempos le va a costar inventarse nuevos desafíos que domeñar, aunque a fuerza de rebuscarlos aún los puede encontrar. Tras sólo 81 partidos en la ACB, Pau como entandarte del doblete barcelonista de 2001 vino a gritar una verdad irrebatible. De pronto, en apenas cinco meses, mediante una traca que deja olor a pólvora de por vida, al hijo de Agustí y Marisa se le había quedado pequeña la Liga española, el mejor campeonato profesional después del norteamericano. El mayor de la saga ya se había proclamado campeón del mundo junior como actor secundario de una generación excepcional, la del oro de Lisboa.
Sin apenas estaciones intermedias, el pívot catalán cruzaba las manos a finales de junio, hace ya ocho años, al encuentro del comisionado David Stern. El jefe de pista en este circo desmesurado que es la NBA acababa de pronunciar 'Pauuu Gassollll' e inmediatamente le ponían al joven longitudinal la gorra roja de los Hawks. Pero en ese mercadeo del 'draft', el equipo de Atlanta lo traspasó a Memphis. El español lograba el primero de sus numerosos hitos en Estados Unidos. Hasta la irrupción del italiano Andrea Bargnani, Pau fue el europeo mejor elegido en la lotería. Su nombre se escuchó el tercero, algo que ningún otro jugador continental había conseguido hasta esa fecha.
La entrada idónea
Triunfar o no en la selva de la NBA depende del talento, claro está, pero influyen demasiadas circunstancias que el protagonista no puede manejar. Por ejemplo, la identidad del técnico y la jerarquía del conjunto en el que se recala. Acertar o no en la elección determina carreras, ¿verdad Sergio Rodríguez? Mejor empezar en un cuadro modesto, de aspiraciones cortas y oportunidades de juego largas. Exactamente lo que le ofrecieron los Grizzlies durante seis años y medio, demasiados visto el sufrimiento final de Gasol en un gallinero que degeneró en ingobernable lucha de jovencitos consentidos. Aquello era la antítesis del baloncesto 'gasoliano', que mama de las ubres europeas.
Pero antes de que los egoísmos y la mediocridad terminaran con su paciencia, no cabe duda de que la franquicia de Tennessee creció a lomos del interior catalán. Entre los siguientes hitos de Pau figuran su consagración como novato del año y conducir durante tres temporadas a Memphis hasta las eliminatorias por el título, un terreno hasta entonces ignoto en la tumba de Elvis. Gasol llevó en andas a los Grizzlies como aquel que abrió las aguas del Mar Rojo y acercó a su pueblo la tierra prometida. En ese camino, las autoridades de la NBA le recompensaron con dos convocatorias para el 'All Star'.
Pero el ya primer español que corona la Liga profesional norteamericana no se contentó. Su rostro de hombre tranquilo y alma bondadosa esconde a un deportista enormemente competitivo, pleno de talento, sensato, inteligente y siempre maduro. Sin su determinación y fortaleza mental, sin una cabeza tan bien amueblada que le permitió comenzar la carrera universitaria de su madre, Pau no habría alcanzado la himaláyica cota desde la que ahora divisa el mundo. Siempre dispuesto a saltar la siguiente valla, el discurrir de Gasol no se ha detenido un momento, ni siquiera ante las críticas que, reconociendo su valía innata, le negaban la fiereza necesaria para hollar la cumbre.
¿Blando? No, por cierto
El pívot de Sant Boi ha vivido de sus dotes naturales para el juego, resumidas en una excelente técnica individual, su visión periférica, la capacidad para involucrar a los compañeros mediante el pase y un compromiso que parecía desmentir su rictus de hombre tranquilo. Tras la derrota en la final de hace un año frente a Boston, Gasol hubo de escuchar censuras agrias que lo calificaban de pusilánime. Llegó a leer su apellido desfigurado como 'Gasoft' (blando), un rejón que le dolió más en el alma que en el lomo, el mismo que acaba de sacudirse en la serie contra Orlando.
Hay fechas que marcan el porvenir de la gente. En su caso se trata del 1 de febrero de 2008. Los teletipos temblaron e Internet se colapsó con el anuncio de su traspaso a los Lakers, el club del 'glamour', el estilo y la pose. Se ignora todavía si aquel fichaje benefició más al legendario equipo o a Pau Gasol Sáez. Pongamos una equis. Sin esa operación, el barcelonés no sería ahora campeón de la NBA. De no mediar aquel movimiento, el cuadro de Los Ángeles no habría disputado la final de hace un año ni andaría ahora de celebración. Ninguna circunstancia puede entenderse sin Kobe Bryant. Ningún título se entiende sin su alianza con Pau.
El último rizo del de Sant Boi, la traidora ría en las carreras de 3.000 metros, también ha quedado atrás. Nadie confiaba en que Gasol contuviese al tsunami destructor que encarna Dwight Howard. El dominante pívot de los Magic venía de rondar los cuarenta puntos por partido ante Cleveland y ha promediado 15,4 delante de Gasol. El español no sólo ha aguantado los embates de una masa muscular exagerada, sino que ha aplicado decisión y ciencia a un marcaje que cualquiera asumiría como una condena a trabajos pesados. Le ha defendido en tres cuartos y por delante, ha tratado en todo momento de negarle la mayor, o sea, la recepción de la pelota.
Así que a los ocho años de entrar en Estados Unidos por la puerta de Tennessee, un cuarto de siglo después de que el admirable pionero Fernando Martín recalase en un territorio indómito, Pau es el primer español en coronar la NBA. Lo ha hecho con la misma naturalidad que utilizó para proclamarse campeón del mundo o colgarse las platas olímpica y europea. De acuerdo a su falsa condición de 'hombre corriente', como hijo de Agustí y Marisa, hermano de Marc y Adriá. El jugador que atiende a todos los medios, que tiene una respuesta amable para cualquiera, que firma todos los autógrafos imaginables, que disfruta en la selección española, ya ha entrado en el reino de los cielos. Y todo ello sin renunciar, como Nadal, a su condición de deportista modelo.
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