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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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EL CORREO visita el complejo para recoger el testimonio de los familiares: «Alguien tiene que poner fin a todo esto. Los mayores están tristes»
22.05.09 -

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La residencia foral Ariznavarra conmemoró ayer su octavo cumpleaños recordando los fantasmas de la huelga de ocho meses de 2003 e inmersa en otra de mayor duración. El actual conflicto ha superado ya la barrera de los 15 meses y lleva camino de prolongarse 'sine die' a la espera de que alguna de la partes implicadas -trabajadoras, Quavitae o Diputación- muevan ficha ante la impaciencia de los familiares de los residentes. Quien dice impaciencia, dice indignación, hartazgo, hastío, impotencia... «Alguien tiene que poner fin a todo esto. La situación es insostenible. Los mayores están tristes». El relato, duro, lleva la firma de Ignacio, Karmele, Ricardo, Isabel, Bienve, Natividad...
EL CORREO visitó ayer las instalaciones del polémico geriátrico situado en la Avenida del Mediterráneo para recoger el sentir de los allegados de los ancianos y comprobar 'in situ' el «mal servicio» denunciado por los usuarios. Varios carteles informativos repartidos por todo el complejo advierten al visitante de la prohibición de hacer fotos o grabar vídeos con una cámara o el móvil. Una restricción muy criticada por la familias al considerar que no hay base legal para imponerlo. «Lo que quiere la dirección es que nadie sepa lo que pasa aquí dentro», critican.
¿Y qué sucede? «Míralos, están aparcados como coches. Horas y horas. No puede ser. Son personas que están muy deterioradas, que necesitan mucho cariño y lo único cierto es que están tristes», lamentan los hijos y nietos de los residentes. A simple vista, es evidente la falta de personal para atender a personas que sufren una gran dependencia. De hecho, los que pueden valerse por sí mismos se cuentan con los dedos de una mano. Apenas tres o cuatro trabajadoras pueden verse en los cuatro módulos que tiene la residencia. Van de aquí para allá. No dan abasto. «Por ejemplo, no es extraño que pidan ir al servicio y les digan que se esperen, que no hay gente suficiente», denuncian.
Sabanas sin cambiar
De los 15 meses de huelga, la mitad se han desarrollado con paros de siete horas diarias (tres y media por la mañana y otro tanto por la tarde) durante todas las jornadas de la semana. Con estas condiciones es casi imposible garantizar un servicio de calidad por mucho servicio mínimo que se apruebe. Diferentes hojas de reclamaciones a las que ha tenido acceso este periódico, relatan quejas como que las sábanas no se habían cambiado pese a estar manchadas de orina; que la ropa se había metido «hecha una bola» en el armario sin recoger o que a los residentes no se les seca el pelo después de ducharse, lo que les puede provocar una pulmonía. «¿Entiendes ahora porque denunciamos que los mayores están sucios?», recalca Karmele, una de las integrantes de la plataforma de familiares.
La demandas de higiene no sólo se refieren a lo personal. «Mira el suelo, está sucio. Mira ese periódico, no se puede despegar de la mesa. Mira la habitación, a mediodía y sin hacer. Mira el armario, todo revuelto. Mira...» La visita dura una hora y el enojo de las familias es evidente. También de los propios ancianos, como Isabel Cotrina, una de las más veteranas. «¿Qué que tal? Pues como siempre. Mira, son las 11.30 y me acaban de levantar. Tengo el desayuno aquí (se toca la garganta) y dentro de poco a comer. Con eso te digo todo», asegura enojada.
La quejas por el «mal servicio» prestado se han recrudecido en los últimos meses. «Es una vergüenza, nadie nos hace caso. Ni el Ararteko, ni los políticos... ¿Qué podemos hacer?», lamentan. Hace un mes, cuando estuvieron en las Juntas, hubo procuradores, como Patxi Martínez de Albéniz (EA), que dijeron sentir vergüenza ajena de lo que está ocurriendo. «¿Y de qué nos vale eso? Las palabras se las lleva el viento. Queremos hechos», reclamaron ayer al unísono.
54 plazas libres
La huelga ha dejado una fotografía de un geriátrico semivacío porque la Diputación lleva desde el mes de octubre sin enviar a residentes para presionar a la empresa, Mapfre Quavitae, y a las trabajadoras, lideradas por ELA, lleguen a un acuerdo. Ahora, existen 54 camas vacías, tanto en el complejo, con capacidad para 140, como en el centro de día, de 40. El Gabinete Agirre, además, ha sancionado con 45.000 euros a la empresa por diferentes deficiencias recogidas por los inspectores.
Las soluciones, al menos a corto plazo, brillan por su ausencia. Una de ellas pasaría por que la Diputación rescindiera la concesión que le ata a Mapfre-Quavitae hasta 2046. Algo inviable, según algunas fuentes, ya que podría suponer para las arcas forales un desembolso de 300 millones. ¿Qué hacer? Los residentes, lo tienen claro: «No podemos esperar hasta octubre, como pactaron el PNV y el PSE, para que nos den una explicación. La Diputación es la que nos pasa la factura todos los meses y ella es la que nos tiene que dar una solución. No hay que poner dinero para callar a la empresa. Hay que buscar que esto no vuelva a pasar de aquí a cinco años. Esto es insostenible».


a.lorente@diario-elcorreo.com
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