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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Sociedad

GENERAL

La crisis y el fin de la inversión en ladrillos potenciarán el mercado del arrendamiento en Euskadi, donde ahora sólo el 5,2% de los hogares paga una renta a un casero
04.01.09 -

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La nueva cultura del alquiler
El 70% de las personas que buscan piso aceptaría el alquiler si no hay más remedio. / AVELINO GÓMEZ
La crisis inmobiliaria ha frenado en seco la compra de pisos como inversión, una aspiración que acariciaron miles y miles de ciudadanos hasta 2007 debido a la proliferación de hipotecas y a la creencia errónea en que los precios subirían indefinidamente. Ahora, la sequía del crédito parece haber abonado el terreno a una nueva mentalidad: el alquiler asequible, una opción frecuente en la Unión Europea, que facilita la temprana emancipación de los jóvenes y sirve así de estímulo a la economía. A grandes rasgos, ésta es una de las principales conclusiones de las jornadas sobre 'El alquiler social de vivienda' que el Gobierno vasco organizó recientemente en Bilbao. «Estamos asistiendo a un cambio cultural», advierte el documento final, que destaca cómo el arrendamiento «comienza a recuperar peso frente a la vivienda en propiedad».
Los primeros signos de ese cambio se adivinan a corto plazo: el Gobierno vasco dedicará en 2009 la mitad de su presupuesto de vivienda al alquiler y su propósito es disponer, a finales del año próximo, de un parque público de 19.000 pisos en ese régimen de tenencia, de los cuales 5.000 serían inmuebles desocupados captados por el programa Bizigune. El proyecto de ley de Vivienda del consejero Javier Madrazo, que no ha podido salir adelante en el Parlamento vasco en la presente legislatura, también apuntaba en la dirección del alquiler, pues pretendía garantizar el derecho de los vascos a disponer de un piso cuya renta mensual no se lleve más del 30% del sueldo.
En cualquier caso, el despegue de mercado de arrendamiento se producirá desde niveles muy bajos. El año pasado apenas el 5,2% de los hogares vascos pagaba la renta a un casero, casi dos puntos por debajo del porcentaje registrado en 1998 (7,1%). Y si se analiza la situación, no de las familias, sino del parque inmobiliario, los resultados tampoco son alentadores: en 2006, los pisos de alquiler sólo representaban el 7,7% del total de viviendas de la comunidad, mientras que la media española ascendía al 11%.
Son casi las mismas estadísticas de hace casi sesenta años... Pero al revés. En censo de 1950, sólo el 12% de las viviendas de Bilbao aparecían ocupadas por sus dueños. El 88% restante se explotaba en alquiler, que era la opción normal. En Barcelona, la proporción de pisos arrendados era del 95%; en Madrid, del 94% y en Sevilla, del 90%. Mientras que hoy el arrendamiento libre es reducido, caro y se percibe como un laberinto de complicaciones para el casero, en las ciudades españolas de la posguerra era la forma de vida habitual. Una generación de vascos que hoy tiene piso propio vivió durante su niñez en una casa alquilada.
Según José Manuel Naredo, que fue director de coyuntura del Instituto Nacional de Estadística (INE) y recibió el Premio Nacional de Economía, el sueño de un piso en propiedad surgió cuando se creó el Ministerio de Vivienda en el franquismo. Uno de los responsables de aquel organismo, José Luis Arrese, insistía en que había que aumentar la base social de los propietarios de inmuebles y animarles a endeudarse, pues estaba convencido de que ésa era la mejor manera de convertirles en 'gente de orden'.
'El pisito'
Ese cambio de mentalidad se aprecia en la película 'El pisito' (1958), de Marco Ferreri, que cuenta en clave de humor negro la peripecia de una pareja de novios (encarnada por José Luis López Vázquez y Mary Carrillo) que no pueden casarse porque no tienen dinero para comprar una vivienda. Entonces urden un plan para lograr su propósito por otra vía: como el novio vive en un piso de alquiler, se casa con su patrona, una señora anciana y enferma, y aguarda a que muera para heredar sus bienes.
El deseo de disfrutar de una casa propia se mantuvo con el final de la dictadura y se instaló cómodamente en la democracia, mientras que las políticas de alquileres baratos, habituales en la Europa comunitaria, fueron eliminadas al haber quedado asociadas al paternalismo franquista. José Manuel Naredo recuerda que España acabó convirtiéndose «en el último país europeo en porcentaje de vivienda social».
En cierto modo, las consecuencias de aquel cambio de mentalidad culminaron en 2007, el año en que estalló la burbuja inmobiliaria. Para hacerse una idea de la magnitud que había alcanzado el proceso, basta recordar que en 2007 las desgravaciones del IRPF por la adquisición de la primera vivienda ascendieron a 6.000 millones de euros, a repartir entre unos seis millones y medio de hipotecados, que representaban el 40% de los declarantes.
Según Naredo, «la avidez del ladrillo» ha acumulado un 'stock' de viviendas -más de un millón en toda España- que los ciudadanos no pueden adquirir, de modo que habría llegado el momento de «invertir el modelo» para orientar ese parque sin compradores al negocio del alquiler y a la vivienda social.
Los primeros indicios en el País Vasco de que algo no cuadraba ya habían aparecido en la encuesta anual sobre necesidades de vivienda de 2007, elaborada por el Gobierno vasco. El documento detectó una sorprendente caída del 12% en el número de jóvenes que buscaban su primer piso, un fenómeno asociado a las incertidumbres de la economía, que ya mostraba los primeros síntoma de haber pinchado. Los niveles de demanda (83.000 buscadores de vivienda) retrocedieron a la situación de ocho años atrás.
Pero el Gobierno vasco comprobó también que, por primera vez en once años, decaían las preferencias por los pisos más caros, mientras ganaban adeptos los inmuebles más económicos. Sin ir más lejos, el precio máximo que los encuestados estaban dispuestos a pagar ascendía a 158.000 euros, cantidad que era un 4% inferior a la que se aceptaba en 2006. Los autores del sondeo subrayaron que esta evolución dejaba a las claras que «la brecha» entre los aspirantes a una vivienda y el mercado se estaba agrandando, incluso a pesar de que la escalada de precios había empezado a ralentizarse.
En este sentido, el alquiler aparece como una fórmula para resolver el problema, aunque requiere que los ciudadanos se planteen sus proyectos de vida de otra manera. Lo cierto es que algunos datos estadísticos apuntan en esa línea. Según el Gobierno vasco, la tercera parte de los demandantes de vivienda eligieron el arrendamiento como primera opción en 2007. Y si se cuenta a quienes lo aceptaron como solución alternativa, la proporción sube hasta el 70%. Es un dato significativo, pues precisamente el camino para la vivienda en propiedad se ha complicado: los bancos han endurecido las condiciones para conceder préstamos y la crisis del empleo mermará el poder adquisitivo de muchos trabajadores.
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