La patria vasca

El choque entre dos modelos sociales y económicos distintos y el miedo a perder los rasgos diferenciales del pueblo vasco condujo al nacimiento de la ideología nacionalista

IMANOL VILLA
ORIGEN. La sede del PNV se levanta en los terrenos donde estuvo la casa de Sabino Arana. / EL CORREO/
ORIGEN. La sede del PNV se levanta en los terrenos donde estuvo la casa de Sabino Arana. / EL CORREO

La abolición foral de 1876 fue interpretada por un sector de la sociedad vasca como una venganza del Estado liberal. Una agresión que rompía para siempre el equilibrio establecido entre el País Vasco y el resto de las provincias españolas. Junto a esto, otro factor vino para alterar, ya de manera definitiva, el estilo de vida tradicional de los vascos: la industrialización. Este fenómeno, producido con una rapidez magnífica, incidió de tal manera que alteró profundamente todo el entramado socioeconómico. Quedó muy claro que ya nada iba a ser como antes. La reacción ante esta situación revolucionaria no se hizo esperar. El nacionalismo se convirtió, gracias a Sabino Arana, en la ideología llamada a reivindicar un mundo distinto a ese que había irrumpido con fuerza a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX.

Pero, ¿no había sido ésta la misión del carlismo? En cierto modo sí, aunque ya habían cambiado muchas cosas. Los carlistas mantenían en alto la bandera de la religión y de los fueros, pero su discurso estaba fuera del tiempo. Sonaba a caduco, ya que buena parte de sus reivindicaciones -sobre todo las dinásticas- estaban ancladas en el mantenimiento de los lazos con España. Sin embargo, la herencia del carlismo fue imprescindible para el nacimiento del nacionalismo. No en vano, durante buena parte de su juventud, Sabino Arana fue carlista, como lo había sido su padre.

Fidel de Sagarmínaga

En su mayoría, la clase política vasca no aceptó de buen grado la abolición foral. Sin embargo, la existencia de un sector más pragmático, resignado a transigir con la realidad tal y como era, y conforme, sobre todo, con la idea del concierto económico, contrastó enseguida con los más radicales opositores a la política dictada desde Madrid. Esa corriente posibilista, mayoritaria en Guipúzcoa y Álava y muy significativa en Vizcaya, estaba formada por buena parte de la burguesía liberal del momento. Frente a ellos estaban los intransigentes -sobre todo vizcaínos y navarros-, liderados por Fidel de Sagarmínaga, para los que era imprescindible formar un gran movimiento fuerista que, ya entonces, anunciaba ciertas maneras nacionalistas.

Vizcaya y Navarra mantuvieron en alto la bandera de la protesta. Esto se concretó en el nacimiento de la Asociación Euzkara, de origen navarro y de la Sociedad Euskalerría, surgida en Bilbao. Ambas organizaciones, con una base liberal muy fuerte, fueron los precedentes más claros de los posteriores planteamientos de Sabino Arana, aunque la procedencia de este último fuera el tradicionalismo carlista. Tanto la Asociación Euzkara como la Sociedad Euskalerría, partían de unos presupuestos comunes: rechazaban a los partidos monárquicos y sólo admitían una estrategia dirigida a la defensa a ultranza de los fueros vascos.

Sin embargo, navarros y vizcaínos actuaron de una forma bastante diferente. Para los primeros, el campo de actuación se circunscribió a la defensa de la lengua y del acervo cultural vasco ya que, como afirmaba uno de sus principales líderes, Arturo Campión, ahí se encontraban las raíces fundamentales para el mantenimiento de la nacionalidad vasca. Los euskalerríacos, por su parte, encabezados por Fidel de Sagarmínaga, prefirieron la acción política. Abogaban por un retorno a la situación anterior a la de la abolición de los fueros. El mayor problema con el que se encontraron ambas formaciones fue su poca, por no decir nula, conexión con la masa social.

No obstante, a pesar de que los intransigentes fueristas, bien navarros bien vizcaínos, esbozaron un discurso con ciertos elementos patrióticos, no fueron los precedentes más puros y directos del nacionalismo de Sabino Arana. Paradójicamente, fue el caduco tradicionalismo, el carlismo vencido, el que estableció el punto de salida de la ideología nacionalista de Arana. Y fue en Vizcaya, la tierra de la oligarquía y de la revolución industrial, donde se forjó y se desarrolló de manera iniciática el nacionalismo. Allí fue donde el tradicionalismo, vencido y denostado, evolucionó hasta la exaltación patriótica sabiniana: la irrupción de la ideología nacionalista y su conformación como movimiento político cargado de proyección hacia el siglo XX.

Viejas castas dirigentes

La implantación de modelos económicos contemporáneos, capitalistas, había golpeado duramente los modos de vida tradicionales. El euskera y las manifestaciones culturales más propias y arraigadas, empezaban a sucumbir ante la avalancha de una inmigración que, en el fondo, no buscaba más que trabajo. Junto a toda esa masa de trabajadores llegaron nuevas ideas. Fue el socialismo que, lejos de reivindicar los particularismos y las diferencias nacionales, abogó por el internacionalismo y la solidaridad en una sociedad en la que la lucha de clases se daba en toda su crudeza.

Surgió así una nueva visión del mundo en la que las relaciones sociales se medían a través de conceptos tales como salario, productividad, competencia, rentabilidad y beneficio. Al otro lado estaban, como simples espectadores, las viejas castas dirigentes, la burguesía rural apartada del poder a causa de un nuevo sistema político, el liberal, y alejada de todas esas corrientes de renovación económica.

La reacción provocada por el miedo a perder para siempre el mundo tradicional vasco se concretó en un discurso abiertamente nacionalista en el que la patria era una propiedad única que había que defender contra viento y marea. «El nacionalismo -dice Manuel Montero- se constituyó en una defensa del mundo tradicional frente a las nuevas relaciones sociales, políticas y económicas y frente a las consecuencias culturales de esos cambios».

Su respuesta se basaba en conceptos tradicionalistas, pero, al contrario de lo que sucedía con el carlismo, tenía en cuenta las implicaciones de la revolución industrial. Así irrumpió en la escena vasca Sabino Arana el cual, según palabras de José Antonio Aguirre, «sacó al pueblo vasco de su decadencia, le recordó su historia, sacudió su voluntad y le colocó en vías de renacimiento y redención». La patria vasca estaba en marcha.

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