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GUIPÚZCOA
El ilustre desconocido
El debarra Vicente Arrizabalaga recopila las leyendas medievales editadas en 1866 por su paisano Juan Venancio de Araquistain y que sirvieron de inspiración a Sabino Arana
06.01.08 -
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El ilustre desconocido
Estatua dedicada a Juan Venancio de Araquistain en Deba. / JULIO CALLEJA
Juan Venancio de Araquistain, un registrador de la propiedad de buena cuna, dedicó muchos años de su vida a recopilar historias medievales de Deba y el entorno, y a barnizarlas hasta lograr la connivencia de lo imaginario con lo real. Ajeno al relieve que habría de adquirir su legado -aportó semillas que luego germinarían en el nacionalismo vasco y también originó disquisiciones y controversias-, el largo siglo transcurrido desde su muerte enterró aquellas leyendas, sin embargo rescatadas ahora, 101 años después, por su paisano Vicente Arrizabalaga, estudioso de la obra de un ilustre desconocido.

El libro 'El leyendista debarra Juan Venancio de Araquistain en el contexto socio-literario vasco del siglo XIX' sintetiza nueve meses de investigaciones a cargo del escritor, afincado en Vitoria desde hace 43 años -cuando tan sólo tenía 6-, todo ello a raíz de ganar la beca local Patxi Aldabaldetrecu y obtener, así, el beneplácito de los organizadores para su estudiado proyecto.

«Hay una plaza llamada de Araquistain, pero dedicada a un familiar suyo que era navegante», explica el autor, sorprendido porque en Deba tan sólo se le recuerde de forma solapada, mediante un monolito de motivos múltiples. «Sin embargo -asegura- de su vida no se sabía nada».

Nacido en 1830, en el seno de una familia distinguida y acaudalada -su padre gobernó el Ayuntamiento debarra durante largos años-, se formó en Derecho en Valladolid y a su regreso ejerció la profesión de registrador de la propiedad en Azpeitia y Tolosa. «Aunque era ortodoxamente católico, se casó dos veces con personas tan influyentes como él y era un burgués, pero de los de antes de la industrialización», relata Arrizabalaga, conocedor como nadie de un personaje hasta ahora en la sombra. «Siempre escribió sobre cosas pasadas y los protagonistas de sus novelas o leyendas eran señores feudales provenientes de familias nobiliarias vascas. Para él -matiza- cualquier tiempo pasado fue mejor, pero no era ultramontano, sino conservador», de manera que según avanzaban los años se fue haciendo «más moderado».

Aún así, las indagaciones de Arrizabalaga se han centrado preferentemente en el contenido del libro llamado 'Las tradiciones vasco-cántabras'», publicado en 1866 y objeto de numerosas traducciones. «Fue el punto de partida para un género que en el siglo XIX tuvo mucho éxito entre nosotros, las leyendas tradicionales vascas, con una especie de tradición impostada. De ellas sacó provecho el propio Sabino Arana, porque le sirvieron para hacer una génesis de lo que luego sería el nacionalismo vasco, ya que casi se convirtió en su libro de cabecera», subraya. Claro que, por el contrario, un joven Miguel de Unamuno pensó que eran situaciones «totalmente inventadas por Araquistain y los de su generación».

¿Qué había de realidad y de ficción en aquellos relatos?. «Él utilizaba los cantares tradicionales vascos y luego se documentaba muy bien, recogiendo leyendas ancestrales a través de las personas mayores de Deba. Lo que quería era reivindicar la antigua tradición vasca, pero sus propósitos no eran políticos, a diferencia de Arana», interpreta. De todo ello se derivó hace una década 'El linaje de Aitor', publicación de Jon Juaristi, «con la misma idea de Unamuno, en cuanto a que todas las antiguas tradiciones vascas son mitos inventados, sin ligazón histórica».

De las ocho leyendas, cinco se relacionan con Deba. «Los personajes son imaginarios, como el caso del protagonista, Beltrán de Alos, pero las familias son reales», puntualiza, en referencia a la existencia de Alos Torrea, o de los Irarrazabal, trasladados a Chile, donde el apellido perdura hoy en día. Con mayor o menor grado de verosimilitud, pero Araquistain se acercó a aspectos muy vinculados a la historia del municipio costero, como cuando se refirió a las 'gau hilak', las noches de muerte, en las que se velaban los cadáveres de los más pudientes de la zona. «Se ponían unas velas y se glosaba durante toda la noche al fallecido con endechas recitadas o cantadas».

La hilandera

También el ambiente geográfico «da la sensación de ser muy cercano», comenta, como se refleja en 'La hilandera', «la más famosa de sus leyendas». En ella cuenta cómo una viuda pasea con su hija por la playa y tropiezan con un náufrago francés al que quieren matar los debarras, en represalia por las muchas guerras marinas que mantenían por aquellas épocas. «Ellas lo acogen en su casa, en la torre de Zubeltzu, donde ahora está el cine, y son parajes reconocibles», recalca el autor del estudio. El náufrago se enamora de la chica, pero ha de regresar a su país y a partir de ahí las dos mujeres van todos los días al sitio donde le encontraron, el actual 'Mirador de la hilandera', esperando su vuelta. Pero de repente llega alguien con la mala noticia de que el joven murió y que lo hizo musitando el nombre de Catalina, la hija de la hilandera, que termina falleciendo de amor. A partir de ese momento, la madre, tras realizar sus obras de caridad, acudió desde entonces todos los días a hilar ante el cadáver de su hija en la capilla de San Juan, donde la familia Zubeltzu enterraba a sus muertos. Desde entonces se conoce como la capilla de La Hilandera, y el cine Zubeltzu tiene unos cuadros conmemorativos de la leyenda.

«La gente va ahora al Zubeltzu a ver películas de Spiderman o de Batman, pero no conoce sus propias leyendas, tal vez por esa colonización cultural que tenemos de los americanos», se lamenta Arrizabalaga, para quien la aportación de Juan Venancio de Araquistain a la historia de Deba hay que circunscribirla a los ambientes cercanos reconocidos en sus escritos. «Creo que él no tuvo una aportación personal, pero sí como generación fuerista, junto a Arturo Campión o Francisco Navarro Villoslada, de dar un impulso cultural a un abotargado País Vasco y que después generaría el primer nacionalismo vasco».
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