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Economía

ECONOMÍA
Un sistema equivocado
Obligar a las empresas a pagar a sus empleados en función de lo que suba el kilo de patatas o el litro de leche carece de sentido económico y desafía a la lógica empresarial
23.12.07 -

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Un sistema equivocado
Los socialistas Álvaro Cuesta, José Blanco y el ministro Jesús Caldera, con José María Fidalgo, de CC OO. / EFE
Voy a tratar de explicarme sin contradecirme. Como todos ustedes saben, el sistema de revisión anual de los salarios que seguimos en España, y en otros muchos lugares, consiste en ligar su evolución a los resultados de la inflación. El sistema admite matices entre la inflación pasada y/o la esperada en el futuro, pero es comúnmente admitido como la cosa más lógica del mundo. Los trabajadores por cuenta ajena comprobamos y sufrimos las elevaciones diarias de los precios de los productos que componen la cesta de la compra y queremos que nuestro salario siga una senda, cuando menos, similar, de tal manera que no perdamos poder adquisitivo. Por eso, los debates de todas las negociaciones de convenios se centran, no exclusiva pero sí primordialmente, alrededor de cuántos puntos de subida salarial se suman al IPC.

A mí, el deseo me parece lógico y razonable, sobre todo cuando observamos la cuestión desde una óptica personal. Pero si lo pensamos un poco más detenidamente podemos encontrarle algunos fallos importantes. Las empresas no tienen la obligación de garantizar semejante deseo individual, ni siquiera aunque lo convirtamos en 'derecho' colectivo. Obligar a las empresas a pagar a sus trabajadores en función de lo que suba el kilo de patatas o el litro de leche carece de sentido económico y desafía a la lógica empresarial. A las empresas se les puede y se les debe exigir que paguen en función de lo que sus trabajadores aportan e, incluso, que compartan con ellos los resultados de su actuación. Pero eso tiene que ver con cosas tan aburridas como la competitividad del conjunto y la productividad individual y no con otras tan necesarias como el pollo o los alquileres.

En los últimos años, las cosas se han complicado aún más. La globalización se ha generalizado, las barreras comerciales están desapareciendo y los sistemas de comunicación han mejorado muchísimo. Eso hace que, en el mundo de hoy, se haya 'homologado' una buena parte de los costes de aprovisionamiento y que otros, como los de transformación y los salariales, se hayan hecho muy 'transparentes'. Esta enorme facilidad existente para comparar costes entre empresas similares, que ofrecen productos sustitutivos fabricados en lugares lejanos, ha hecho que el empresario no sea ya el 'enemigo' al que hay que presionar para obtener una remuneración más elevada. El gran enemigo de los trabajadores por cuenta ajena son los trabajadores de otros lugares que están dispuestos a cobrar mucho menos por hacer algo parecido.

Ésta es la razón que mejor explica el proceso generalizado en Occidente de pérdida de participación en el PIB de las rentas salariales. No es consecuencia de una debilidad sobrevenida de los sindicatos, ni se deriva de un reforzamiento inesperado de los empresarios. Es, pura y simplemente, que la competencia ha cambiado. Hubo un tiempo, -sin grandes precisiones hasta la Segunda Guerra Mundial-, en el que competían los países, pues los mercados nacionales eran cerrados, autárquicos y estaban protegidos por importantes barreras arancelarias. Después pasamos a una era en la que compitieron las empresas y nos hemos adentrado ya en una nueva era en la que competimos las personas. La noticia es desagradable, pero es cierta y está contrastada.

Veamos lo que sucede al mirar el problema desde una perspectiva macro. Solbes es vicepresidente de un Gobierno que se confiesa socialista. A pesar de ello presiona para que el pacto entre empresarios y trabajadores incluya cláusulas de revisión salarial que incorporen subidas menores que la inflación. ¿Se ha vuelto Solbes un retrógrado de derechas y un energúmeno capitalista? De ninguna manera. Lo que ocurre es que le preocupa la inflación y las subidas salariales tienen la ventaja de animar el consumo en tiempos de crisis, pero incentivan la inflación en tiempos de aceleración de precios. Dado que hoy está más preocupado por los precios que por el nivel de demanda, prefiere que todos practiquemos la virtud de la moderación salarial, aunque eso nos impida dejar propinas de un euro por dos cafés. (!)

Empresarios y trabajadores han llegado a un acuerdo, denominado pacto-guía, que se queda a medio camino entre los deseos confesados por el Gobierno (que coinciden con los incon- fesados de la patronal) y las exigencias habituales de la parte sindical. Los convenios deberán incluir unas subidas del 2% que igualan a la inflación esperada. Pero, como son pocos los que se creen la previsión, se incluye ya desde ahora una cláusula de salvaguarda que permita incorporar los excesos de precios a los salarios percibidos. El objetivo perseguido es mantener el sacrosanto 'poder adquisitivo' de los trabajadores, sin dañar en exceso la competitividad de las empresas. Ya he dicho que a mí no me gusta nada el sistema y creo que sería bueno empezar a negociar su modificación. Pero, dadas las circunstancias, el acuerdo alcanzado la pasada semana me parece aceptable. ¿Qué otra cosa se puede decir si les gusta a empleados y empleadores? A priori, amén. Luego, ya veremos.
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