Sergio del Molino o el ensayismo sentimental

El escritor Sergio del Molino. / VIRGINIA CARRASCO
El escritor Sergio del Molino. / VIRGINIA CARRASCO

En el libro con el que ha obtenido el premio Espasa, abunda en el ensayismo poético de 'La España vacía' y aborda los territorios fronterizos que se rebelan a los mapas nacionales

IÑAKI EZKERRA

Aunque el ensayo es una obra de pensamiento que renuncia al carácter ficcional, narrativo y subjetivo de la novela, el relato o el poema épico, el propio Montaigne, padre del género, alude en sus textos a anécdotas y aspectos de su biografía y su propia intimidad cuando narra sus vivencias en los días en que llegó la peste a Burdeos o explica sus costumbres y sus gustos personales y cotidianos. Por esa razón, cualquier autor que se desmarca de la frialdad impersonal y el sesgo abstracto que a menudo acompañan al ensayismo no hace, en realidad, sino volver a las raíces de este. Así lo hacía discretamente Sergio del Molino en 'La España vacía' (Ed. Turner 2016), un texto que nos invitaba a un viaje histórico, geográfico, biográfico y afectivo por el campo español, abandonado por sus gentes en los años del desarrollismo. Y así lo ha vuelto a hacer en este 2018 que ha sido especialmente prolífico en su producción ensayística pues se inició con la publicación de 'En el País del Bidasoa', un libro que se inscribe en la colección 'Baroja & yo' del sello Ipso Ediciones, y concluye ahora con la llegada a las librerías de 'Lugares fuera de sitio', la obra con la que ha obtenido el XXXV Premio Espasa. Si en el primer caso, Del Molino rinde un personalísimo y emotivo homenaje a la tierra donde se levanta el caserón de Itzea y donde Baroja soñó su heterodoxa República del Bidasoa «sin moscas, sin frailes y sin carabineros», en 'Lugares fuera de sitio' también va a detener su mirada en determinados territorios que se han rebelado contra un destino que parecía inexorable para buscar una suerte propia y convertirse en resistentes lugares fronterizos, en residuales espacios de excepción que burlan los grandes trazos de las aduanas nacionales o en lo que él autor denomina en algún momento «esquinas dobladas del mapa».

Entre esas esquinas localizables en el mapa europeo, Del Molino cita a Mónaco, Liechtenstein, el Vaticano, Malta, San Marino, Luxemburgo..., así como otras que, participando de ese estatus de curiosidad anacrónica, no han alcanzado el rango de estados, como el Tirol italiano, las islas británicas del Canal, Alsacia y Lorena o la antigua Königsberg prusiana, ubicada en la Polonia actual y llamada Kaliningrado tras su anexión a Rusia en 1945. Los enclaves de esa heterodoxa naturaleza que discuten con el mapa de la península ibérica no ya solo en lo que toca a las líneas que separan a nuestro país de Francia y Portugal sino, en algunas ocasiones, a las que traza el mismo plano autonómico, son el Condado de Treviño, el Rincón de Ademuz, la Petilla de Aragón, Gibraltar, Ceuta, Melilla, Andorra, Olivenza, Rihonor de Castilla, Valle de Villaverde, Llívia...

La propuesta de Sergio del Molino en este ensayo carga un tanto las tintas poéticas en lo que todas estas curiosidades de raíz histórica tienen de «rebelde insurrección» a un mapa convencional que muchas veces no es ni lejanamente político sino simplemente administrativo. Esa impostación lírica actúa a favor del alma, del espíritu, del aliento del libro, que, por otra parte, resulta apagado y necesitado de emoción, dado que se sitúa en una tesis y un tono moderados, exentos de ímpetu o radicalidad beligerantes, si bien participan en una considerable medida de los prejuicios del progresismo biempensante contra las grandes naciones del Viejo Continente. Llamo 'impostación lírica' a calificar a esos enclaves territoriales de «detritos que no son biodegradables», de «caries, granos u hongos que conviene extirpar del cuerpo nacional para que este quede bien formado, sano y completo». Si por algo se ha caracterizado la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial ha sido precisamente por la tolerancia y el respeto a esas rarezas histórico-geográficas así como por una decidida voluntad general de romper la rigidez no ya de sus fronteras sino de todo tipo de barreras legales. Por un lado, la UE del espacio Schengen no es la de los nacionalismos virulentos que trajeron las dos guerras mundiales. Por otro lado, y como constata el propio autor en el libro, esos territorios que se rebelan contra el mapa no nacen de un beatífico espíritu ácrata sino de extemporáneos restos del feudalismo, o sea, de lo que trajo las guerras en el pasado.

En cualquier caso, este es un libro que nos invita a una reflexión necesaria y a suscribir su tesis principal: la de un 'patriotismo constitucional' y una «idea de nación abierta y fuerte fundada en el principio liberal de igualdad» que se opongan «a los nacionalismos disgregadores y etnicistas».

 

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