Este oficio se justifica en su compromiso

Iñaki Gabilondo
IÑAKI GABILONDOPeriodista

Cuando llegó la crisis, lo primero que vimos los periodistas es que se desplomaba la estructura empresarial de nuestra actividad. Lo notamos de forma directa y abrupta, en los despidos, los recortes salariales y los contratos basura. El nuevo mundo digital irrumpía como un tsunami. Y de forma bien visible. El pasado y el presente chocaban estrepitosamemte ante nuestros ojos.

Gigantescos camiones siguen aún transportando enormes bobinas de papel, que se descargan en grandes naves para nutrir esas máquinas llamadas rotativas en las que se imprimen las noticias, reportajes y comentarios que los lectores podrán conocer ocho horas más tarde. Pero, de pronto, el ciclo de la información se redujo y permite el encuentro con el destinatario con un simple click de ordenador. Emisión y recepción simultáneas e instantáneas.

Hoy, aturdido en la gestión de una convivencia dificilísima, la del mundo que no termina de irse y el que no termina de sustituirlo, el periodismo explora caminos en tierra ignota, tantea y aventura fórmulas por ver si da con el rumbo del futuro. Su única certeza, la primera gran deducción de la crisis, es que debe localizar al lector, que debe ir en su busca, pues lo ha perdido. Aquella confortable prepotencia del que no necesitaba moverse, pues era el lector quien salía al encuentro, en el quiosco, y con su dinero, ha quedado atrás a una velocidad que da miedo.

Lo malo es que la nueva estrategia está produciendo algunos resbalones peligrosos. Por inseguridad, por comodidad, o por desesperación financiera, algunos están buscando los atajos de la seducción fácil. "Lo que más gusta", "lo que más visitas recibe", se han coronado como los nuevos dogmas del periodismo. Como, por razones parecidas, está ocurriendo en la política, que ha cedido a la demoscopia su brújula y su timón, incluso en la frontera de su conciencia, caso del Partido Popular con el tema del aborto.

Olvidar que un medio de comunicación es un proyecto intelectual, nacido a partir de un marco de convicciones ideológicas, sociales, estéticas o morales, y entregar su alma, junto con su miedo, a la banalización y la venta de chucherías es suicidarse para no morir.

El periodismo hará bien en aprovechar la crisis para acercarse lo más posible a la realidad ciudadana, de la que le había alejado una cierta mirada superior, aristocrática, extranjera, insensible muchas veces a los problemas sociales y errática respecto a la verdad de la gente.

Pero sin perder de vista que, público o privado, este oficio se justifica en su compromiso. Y que junto a lo que el lector quiere, o le gusta, o aplaude, el periodismo tiene la obligación de contar lo que el ciudadano tiene derecho a saber.

No sé cómo ni cuándo saldremos de la crisis. Pero sólo tendremos alguna utilidad si no nos extraviamos.

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