Encadenado

ANTON MERIKAETXEBARRIA
Encadenado

Tras enfrentarse en las tremendistas primeras entregas de la serie con los necromongers y más tarde con un ejército de infernales necróferos, Riddick se las tiene tiesas ahora con una siniestra raza de alienígenas y con un pérfido personaje, Santana, encarnado de forma histriónica por el actor catalán Jordi Mollà. Personajes de cartón piedra a la deriva en un planeta desconocido, recreado a base de los inevitables efectos especiales. El fortachón Vin Diesel es otra vez el encargado de poner musculatura al individuo en cuestión, empeñado en enjaretar al sufrido espectador una ensalada de rayos láser, chistes virilotes y pretensiones de acción potente.

La claustrofóbica trama, desarrollada la mayor parte en interiores, tampoco ayuda a seguir la simple y pueril intriga, que plagia sin el más mínimo rubor diversos títulos de éxito, incluida la trilogía 'El señor de los anillos', con lo cual la originalidad brilla por su ausencia en este sanguinolento viaje interplanetario, violento hasta los zancajos y filmado con estética de videojuego. Por su parte, Vin Diesel es de una llamativa inexpresividad, incluso cuando aparece encadenado por sus malignos enemigos, a los que deberá apretar las tuercas cuando logre liberarse.

Pero la gran diferencia con las espectaculares películas que le sirve de ejemplo es que 'Riddick' aburre. El humor ramplón, así como los malencarados personajes secundarios pertenecen a la serie B justiciera de los años 80, marca de la productora Canon. Con la puesta al día, eso sí, de la infografía de última generación, junto al implacable ojo por ojo y diente por diente, sin cortapisas ni remordimientos. Tan solo son estimables los sombríos decorados, iluminados a base de tonos ocres, arcillosos. Por otra parte, el despilfarro de medios técnicos no cuadra con lo podría haber sido una seria y arriesgada aventura intergaláctica, reflejo de un futuro impredecible.

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