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El último vuelo

fallece en los alpes suizos

El último vuelo

Muere Álvaro Bultó al estrellarse en los Alpes suizos cuando volaba como 'hombre pájaro'. El aventurero fue el amor adolescente de la infanta Cristina y estuvo a punto de casarse con Paloma Lago

24.08.13 - 00:56 -
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La noticia corrió ayer como la pólvora. La Policía suiza y fuentes consulares españolas en la Confederación Helvética confirmaron que sobre las diez de la mañana se había producido un accidente mortal en los Alpes, cantón de Berna, y que el fallecido era español. Poco tardó en conocerse que se trataba del barcelonés Álvaro Bultó, de 51 años, aventurero profesional y presentador de televisión. Y que había muerto mientras practicaba uno de los deportes de riesgo más espectaculares y peligrosos que existen: el 'wingfly' o 'wingsuit flying', vuelo con traje con alas; que solo en este año ya se ha cobrado la vida de seis personas en Francia, y que hace apenas una semana provocó la muerte, también en los Alpes suizos, del paracaidista que hizo de doble de James Bond en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres.

De nada le sirvió ayer al recio deportista catalán la experiencia acumulada, sus 3.000 saltos en paracaídas, ni el haber batido el récord del mundo en caída libre, haber cruzado el estrecho de Gibraltar planeando con su cuerpo o haber sido el primer español en saltar sobre el Polo Norte con traje de alas. La muerte le había dado un aviso el mes pasado en Benidorm cuando en un salto similar resultó magullado por culpa de un golpe de viento que le obligó a realizar un aterrizaje forzoso sobre el tejadodel hotel Bali. Otro quizá se lo habría pensado dos veces antes de repetir la hazaña. Álvaro no era de esos. «Era un crack. Y el tío más simpático del mundo», le recordaba ayer su sobrino Bruno Oliver Bultó. El propio presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, envió ayer su pésame a la familia y lamentó la pérdida de «un hombre de acción y polifacético» que «aspiró a romper barreras».

Penúltimo de diez hermanos y tío de una veintena de sobrinos (entre ellos, Sete Gibernau), Álvaro Bultó Sagnier era una mezcla peculiar de aventurero, deportista de élite, conquistador de mujeres y personaje mediático. Por sus venas corría la gasolina del imperio que fundó su padre, ya fallecido, creador de las motos Montesa y Bultaco; de ahí su apego a la velocidad. No tenía hijos ni llegó a casarse nunca, aunque estuvo a punto de hacerlo con la presentadora Paloma Lago, con quien se prometió en 2004 tras un romance de cuatro años lleno de altibajos.

Salió con la infanta Cristina

Fue el amor adolescente de la infanta Cristina y mantuvo relaciones sentimentales con Ivonne Reyes, a la que conoció en el plató de 'Mira quién baila', donde bailando un 'rock and roll' se metió al público en el bolsillo. Su última aventura televisiva como concursante (de donde sacaba los fondos para financiar sus expediciones) había sido '¡Splash!' y su más reciente conquista sentimental conocida fue la sevillana Raquel Revuelta, pero la relación apenas duró un año. Y es que la verdadera pasión de Bultó no eran las mujeres sino el riesgo. Lo mismo hacía 'puenting' que nadaba con tiburones... Estaba casado con la aventura. «Busco una mujer muy independiente», le confesó una vez a esta periodista. También declaró en la misma entrevista que, como aventurero, «más de una vez me he visto en una situación comprometida y le he pedido ayuda al de arriba».

Ayer, desgraciadamente, 'el de arriba' no se puso al teléfono. Los que le conocían y los que tuvimos la suerte de tratar a Álvaro Bultó intuíamos que solo la muerte podría cortarle las alas a este pertinaz aventurero de seductora sonrisa y energía inagotable. «Mientras el cuerpo aguante...», solía decir. Encantador en las distancias cortas, caballeroso, inquieto, enamorado del riesgo y con fama de don Juan, Bultó, con su rubia cabellera y su genética de niño bien, fue el Robert Redford de la burguesía catalana y ha muerto prematuramente, y también caído del cielo, como Denys Finch Hatton, el legendario cazador al que Redford dio vida en 'Memorias de África'. Siempre tuvo Álvaro el aura de los elegidos, de los seres especiales que brillan intensamente, pero no durante mucho tiempo.

El origen de este deporte extremo hay que buscarlo en los prototipos de trajes con alas que se desarrollaron en los años 30 para que los paracaidistas lograran mayor desplazamiento horizontal: más de setenta saltadores dejaron su vida en pruebas durante las tres décadas siguientes. En los 90, el francés Patrick de Gayardon diseñó un equipo que permitía planear a los paracaidistas con más seguridad, lo que no impidió que él mismo muriera mientras lo utilizaba. El impulso definitivo llegó años después, cuando la marca Birdman comercializó un traje (500-1.500 euros) que une los brazos al cuerpo con membranas, como alas de murciélago, y también las piernas entre sí. Inicialmente utilizado para lanzarse desde aviones, la búsqueda de nuevas emociones llevó a emplearlo en salto base -desde un punto fijo, como un desfiladero-, lo que permite 'volar' rozando la pared. Se trata de una práctica arriesgada: solo en Francia se han registrado seis muertes este verano. Con el wingfly se alcanzan velocidades que superan los 200 km/h.

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