Bilbao se lo pone difícil a los turistas

El alcalde dice que «los que nos quedamos aquí de vacaciones tenemos que hacer una ciudad atractiva porque si no esto es un cementerio» Miles de visitantes recalan en la villa con la mayoría de negocios cerrados

LUIS GÓMEZ LGOMEZ@ELCORREO.COMBILBAO.
El Ayuntamiento ha programado espectáculos hasta el domingo. /F.G./
El Ayuntamiento ha programado espectáculos hasta el domingo. /F.G.

A escasos metros de la estatua del Sagrado Corazón, el correoso vagabundo que se dedica a vender clínex a los conductores que acceden a Bilbao a través de Sabino Arana era este Jueves Santo la viva estampa de la ciudad. Ya fuese porque se había tomado fiesta o porque intuía el rumbo que tomaría la villa, el hombre se aposentó en la acera saludando a los automovilistas con el pulgar hacia arriba, pero sin demasiadas ganas de ofrecer pañuelos. Se pasó la mañana de brazos caídos, como la inmensa mayoría de negocios locales. Bilbao amaneció como un domingo cualquiera. Entre ociosa y perezosa. Como si la fiesta no fuera con ella, pese al mimo con el que las instituciones cuidan el sector. Con casi todos los comercios con las persianas bajadas, los turistas que recalaron a primera hora de la mañana en las inmediaciones del Guggenheim se dedicaron a lo que ya es habitual en esta ciudad de postal: posar en sus mejores rincones.

Casi todos los visitantes encuadraron sus objetivos para no quedar desenfocados en ese nuevo triángulo mágico que conforman el museo de Gehry, la Torre Iberdrola y, claro, el simpático 'Puppy'. «Hija cada una de su pueblo», Teresa Jaraiz, Susana Sierra y la peruana Ana Aquino llegaron de Madrid junto a Laura Iniesta. Sí. Dice ser «prima segunda» del futbolista del Barça, aunque «no lo conozco personalmente», confesó, mientras, a escasos metros, Marta del Pozo festejó su cumpleaños al tiempo que intentaba poner orden a un bullicioso grupo de doce chavales pertenecientes a la Fundación Síndrome de Down de Madrid. «Queremos que salga el perrito, pasear por la ría, ver un partido del Athletic y... comer pintxos, que dice mi padre que aquí se come muy bien», enumeró Pablo. Pero el joven se quedó con las ganas. Al menos por los alrededores, porque casi todos los establecimiento de la zona, incluidos los de hostelería, hicieron mutis por el foro. O lo que el alcalde, Iñaki Azkuna, definió, de forma más coloquial, como «'caput'».

«Ser como Nueva York»

Al regidor, que tomó el pulso a la ciudad por la mañana, tampoco le gustó mucho lo que vio. «Está bien que haya gente que salga fuera a descansar, pero los que nos quedamos aquí de vacaciones tenemos que hacer la ciudad atractiva para el turista porque si no esto es un cementerio. Gracias a Dios que el Casco Viejo y Henao nos han sacado las castañas del fuego», razonó. «Vas a Nueva York y allí te encuentras todo abierto. Esto no puede ser», se quejó José Luis Sabas, edil de Obras y Servicios, que reclamó un mayor esfuerzo a la iniciativa privada para atender «como se debe» al viajero.

Porque, aunque el Ayuntamiento ha echado el resto con Basque FEST, una intensa agenda cultural, gastronómica y deportiva, los miles de visitantes que disfrutan estos días de la capital vizcaína se la han encontrado, como casi siempre por estas fechas, cerrada a cal y canto. Mantuvo el pulso el Casco Viejo, especialmente la Plaza Nueva. Pese a que el día resultó de lo más fresco y los paraguas y chubasqueros se apropiaron de la iconografía urbana, las terrazas resultaron de lo más concurridas, con las raciones de rabas y vermús corriendo de forma generosa. También se vio un importante trasiego de clientes en tiendas de moda, golosinas, alimentación selecta y hasta de calzado.

El renovado mercado de La Ribera atrajo a un gran número de curiosos, que se rascaron el bolsillo en la exposición de prendas de diseño vascas. «Se ha vendido 'superbien'. A la gente de fuera le ha gustado bastante lo que hacemos las firmas de aquí», se congratuló Yolande Ferro, dependienta de Jota+Ge. Menos suerte tuvieron los vendedores callejeros de libros y discos. «Va un poco flojito», se sinceró Miguel Estella.

Pero el ambiente de fiesta colonizó casi de forma exclusiva el casco porque la Gran Vía y el Ensanche ofrecieron una imagen casi fantasmagórica. Salvo Ledesma, donde muchos bares y restaurante se tomaron vacaciones, y los clásicos de Pozas y García Rivero, resultó difícil encontrar un lugar donde parar a tomar un tentempié. Las calles Diputación, Colón de Larreátegui y Alameda Recalde, plagadas de emblemáticas referencias culinarias, ofrecieron una imagen de lo más mustia. «Está claro que si abres, algo haces, porque si cierras te quedas en cero», detalló Alfredo Thate, del restaurante alemán Ein Prosit.

Curiosamente, las mismas firmas de moda que tanto ayer como hoy abren en San Sebastián, en Bilbao tuvieron la persiana bajada. Los comerciantes señalaron que la crisis está pasando una gran factura. «La gente que no se ha ido fuera está en casa bajo llave porque no sale», se quejaron las dueñas de un céntrico quiosco de prensa de El Ensanche.

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