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Inko Elgezua: «En Japón hay que aparentar estar ocupado»

VASCOS DE ALTOS VUELOS | Ingeniero en Tokio

Inko Elgezua: «En Japón hay que aparentar estar ocupado»

Este vizcaíno dejó un trabajo en Alemania para hacer un doctorado en robótica en la Universidad de Waseda

27.01.13 - 01:25 -
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Imaginarse una reunión laboral de más de nueve horas resulta extenuante. Pero en Japón es normal juntar a los empleados durante un largo tiempo. Y al final del encuentro, lo lógico es aplaudir por haber hecho un buen trabajo. «Son larguísimos y muchas veces no se toman decisiones, solo sirven para socializar. Los acuerdos se llevan a cabo fuera del trabajo, entre copas o reuniones informales». Para Inko Elgezua la adaptación a su nueva vida en Tokio está siendo fácil, aunque es consciente de las grandes diferencias que existen entre la cultura nipona y la española. Tanto en el ámbito laboral como en el personal. Japón, sin embargo, es un país que siempre le ha atraído. De hecho, este vizcaíno lo había visitado en dos ocasiones anteriores, y a la tercera fue la vencida. Hace unos meses dio un giro radical a su vida y pidió una plaza para realizar un doctorado en robótica en la Universidad de Waseda.
La curiosidad por viajar le apareció en la adolescencia. Al terminar la licenciatura de Ingeniería Industrial, tuvo claro que su destino estaba en el extranjero, aunque buscó trabajo en España. La suerte le sonrió, y consiguió una beca en TRW Automotive y, al finalizarla, le ofrecieron una plaza en la central de Inglaterra. Fue para un año a Birmingham. Sin embargo, a los seis meses decidió no proseguir cansado de la experiencia en el país. Y el azar volvió a cruzarse en su camino, ya que le dieron la oportunidad de formar parte de un nuevo proyecto en el centro técnico de Alemania.
La estancia en Dusseldorf fue más intensa. Pero después de más de cuatro años decidió dar un vuelco a su vida, al verse estancado. «Tenía en la cabeza hacer un doctorado y mi prioridad era Japón. Siempre me ha gustado la cultura asiática», explica. Todo cuadró. Encontró la opción de hacer el doctorado en robótica medicinal y expandir así su campo profesional. Además, admitían alumnos extranjeros en septiembre en la Universidad de Waseda. Envió el currículum y no tardaron en darle el sí. Hace unos meses, se integró en el equipo del Laboratorio Fujie, donde se investiga en robots para la medicina en dos departamentos: para la rehabilitación y asistencia, así como para la cirugía.
«Estar aquí es una gran oportunidad porque mi profesor es una eminencia en la robótica en Japón», se enorgullece este vasco, que trabaja en el campo de la cirugía. Siente que se le da más valor a la investigación. El propio gobierno destina una gran inversión en este campo. En Japón se siente como en casa, pero no puede decir lo mismo de sus anteriores estancias. Inglaterra le gustó para viajar y aprender inglés, pero no para vivir. Y de Alemania le pudo la rutina y se le cayó el mito de que los alemanes son los más trabajadores del mundo. «No le dedican más horas, sino que lo hacen mejor. Son como tractores, despacito, pero se mueven. En España todo se deja para el último día, se acumula el trabajo, y al final se hace deprisa y corriendo», argumenta.
En el país nipón ocurre todo lo contrario. «Se pasa en las oficinas muchísimas horas. Hay que aparentar estar ocupado. Los japoneses se identifican mucho con la empresa, es como la familia. De hecho, cuando se presentan, primero dicen el nombre de la empresa y luego el suyo». La importancia que se le otorga a la compañía para la que se trabaja es enorme. Los nipones son tan conservadores que si sus empleados no se han casado pasados los 30 años, ellos, y los 25 años, ellas, «se arreglan citas» para que esa situación cambie. En Tokio se vive a un ritmo frenético. Tanto es así que los universitarios empiezan a ojear trabajos un año antes de finalizar las carreras, porque los procesos de selección son eternos. Y una vez logran el puesto de trabajo «se les rota por varios departamentos para averiguar cuál se le da mejor, luego se les entrena y, al segundo año, ya se les considera un trabajador regular».
«La sorpresa, garantizada»
No se para en Tokio. Una hora de trayecto entre la casa y el trabajo, una extenuante jornada laboral... obliga a tener tiendas y restaurantes las 24 horas del día abiertos. Para Elgezua este movimiento no fue extraño. Lo que sí le supuso un choque al trasladarse a la ciudad fue el excesivo calor y, sobre todo, la humedad. Al principio se sentía todo el día cansado.
Y es que a estas temperaturas tan altas había que sumar el elevado grado de atención al desconocer el idioma. «Te pasas todo el rato atendiendo lo que te dicen, cómo te lo dicen y la cara que ponen», recuerda. Al no usar alfabeto latino, hacer la cesta de la compra también suponía un gran esfuerzo. «Me costaba una eternidad», puntualiza. No es fácil distinguir entre todos los tipos de tofu o entre este mismo alimento y el natto -elaborado a partir de la soja-. La sorpresa está garantizada.
El idioma le ha ocasionado alguna que otra traba. Un inconveniente que ha sabido sortear con soltura, gracias también a la amabilidad de los japoneses que buscan la manera de hacerse entender. Por lo demás, cualquiera puede cometer errores al principio, como pedirle al cajero del supermercado una bañera -ofuro- en lugar de una bolsa -fukuro-.
Con todo, este vasco se siente muy a gusto en Tokio. «No solo porque no hay ruido, sino también porque hay mucha seguridad. La palabra sería civismo. Y cada día te sorprendes». Así que está seguro de que Japón será su casa un tiempo largo. «De momento, me quedo aquí».
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Inko Elgezua está muy a gusto en Tokio. /E. C.
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