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El costurero rabioso

un modisto parco en palabras

El costurero rabioso

A sus 70 años, Yamamoto aún va por libre. Salta a los desfiles con un ojo morado y afea a las modelos con falsas magulladuras. «Es injusto que ganen dinero solo por nacer preciosas»

27.01.13 - 01:25 -
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Hay diseñadores que solo se expresan a través de su ropa. Es el caso de Yohji Yamamoto (Tokio, 1943), un modisto parco en palabras y radicalmente distinto a todos los demás. «Las telas hablan y dicen el tipo de prenda en que quieren convertirse. Por eso hay que escucharlas y resulta imprescindible tocarlas», sostiene. El creador japonés siente alergia a los focos, igual que Martin Margiela, el misterioso diseñador belga del que no se tienen fotografías. Sin llegar a tal grado de invisibilidad, es una rara avis, algo tremendamente sorprendente en el mediático circo en que se ha convertido esta industria.
Yamamoto es todo lo contrario a Karl Lagerfeld, Armani o el tándem Dolce&Gabbana. Si éstos ponen el acento en el brillo de los famosos para justificar su razón de ser, él se escuda en la opacidad para defender la propuesta más austera, extraña y artesanal del oficio de la moda. El hombre que revolucionó los ochenta incorporando el negro de los pies a la cabeza y los cortes asimétricos es un contestatario que no comulga siquiera con sus vecinos. No le hace ni pizca de gracia que le incluyan en el grupo de 'los japoneses' (Kenzo e Issey Miyake) que arrasan.
A veces da la sensación de que le gustan muy pocas cosas y que le encanta sacar punta a todo. Detesta a las modelos, una gente «sin ningún mérito», asegura, que ha tenido la fortuna de nacer «preciosa» y recibir «sin esfuerzo» la genética de sus padres. «Solo con eso logran ganar dinero. La hermosura es siempre un accidente», se queja. Casi siente la misma rabia por quienes nacen «muy inteligentes. La conclusión de todo esto es que la sociedad resulta muy injusta».
Si no fuera por lo poco ambicioso que es, podría dar la sensación de encontrarnos ante un hombre resentido con todo y con todos al que el tiempo ha ido avinagrando el carácter. Pero no. Admite que desde que tenía cinco años se siente enfadado. Ya «aborrecía» entonces a los adultos. De haber podido elegir, habría permanecido toda la vida siendo un niño. «La historia, la vida normal», no le interesa nada. Y detesta las «simples tragedias humanas».
Maestro en el arte de la provocación, le fascina, en cambio, la ironía. De hecho, muchos de sus modelos, incluido él mismo cuando sale a saludar, desfilan con un ojo amoratado y falsas cicatrices por todo el cuerpo, como si hubiesen recibido unas tremendas palizas. Es la peculiar manera que tiene este costurero, como prefiere que le llamen, de resaltar las dificultades que el sistema plantea a quienes se apartan de los caminos convencionales y optan por rutas más enrevesadas. A Yamamoto, cuya madre Fumi le enseñó el arte de la sastrería y el drapeado, le gusta «todo» lo que tiene un punto de sarcasmo porque juzga la vida «muy irónica». De ahí su obsesión en sacar a las pasarelas a maniquíes maquillados con magulladuras. «Los chicos con un defecto en la cara se vuelven más guapos», detalla. Rebaja así la belleza y reivindica la imperfección. «Debemos dejar que las obras sin fallos las realice Dios. La perfección me resulta fea», subraya.
Personas sosas
Este espíritu tan sobrio se aprecia en sus ropas, tan simples como complejas. Aunque «pocos», se congratula de tener clientes «suficientes» que se dejan un dineral en sus prendas ultracaras y quieren cambiar el sistema de la moda. «La ventaja de ver de cerca su ropa es que permite apreciar la artesanía que encierran piezas que de lejos parecen sencillas», resaltó la editora Suzy Menkes durante la retrospectiva que le dedicó el museo Victoria&Albert de Londres con motivo de su desembarco, hace más de 30 años, en París. Yamamoto apuesta por la moda intemporal. «Su deseo es que la ropa se lleve durante años», recalca la editora de 'The Herald Tribune'.
Su desdén hacia el poder efímero de las tendencias -«todas las personas resultan iguales y muy sosas por el miedo a ser independientes»- le condujo en 2009 a la bancarrota. Pero incluso los peores momentos se los toma a guasa para mostrar su desprecio hacia los verdaderos 'capos' de este negocio -«los financieros»- por tratar a los diseñadores como si fuesen «esclavos». En uno de sus últimos desfiles apareció con una chaqueta en cuya parte trasera se leía 'For Sale'. «Hoy todos los creadores se encuentran en venta», se lamenta.
Crítico con una sociedad que «aplaude la mediocridad», Yamamoto se muestra inflexible con dos aspectos creativos: todas sus piezas se fabrican en Japón y los tejidos se producen en talleres artesanales, algunos del siglo XVIII. Pero, del mismo modo que alberga en su interior «a mi propio Dios», pese a su conocido agnosticismo, también acomoda un espíritu contradictorio. El hombre que se lo jugó todo al negro ha dado vía libre a las tonalidades más explosivas: rojos chillones, azules extrafuertes, verdes ácidos... «Los tonos pálidos son muy sentimentales para mí». A punto de cumplir 70 años, sigue igual de rabioso. «Si me rindo, me habrán vencido pero prometo que lucharé hasta que muera. No he perdido la partida».
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