Puede que nos encontremos ante la última gran película americana, una obra críptica y cerrada sobre sí misma que dará pie a numerosas interpretaciones sobre su alcance y significado. 'The Master' está condenada a crecer a medida que el tiempo se filtre entre sus grietas y el agua corrompa sus formas graníticas para moldear el interior del racconto interruptus que es la filmografía de un director obsesionado con el pasado.
Una primera lectura informa que 'The Master' es una querella contra la Iglesia de la Cienciología, es obvio, pero, lejos de alimentar la trama con argumentos especulativos, Anderson profundiza en la oscuridad de un pozo sin fondo en el que está atrapada el alma de América. Enemigo del mesianismo y los falsos profetas, ya sean adventistas ('Pozos de ambición'), cienciólogos o predicadores de una rama sexual del objetivismo randiano ('Magnolia'), Anderson refleja en ellos las enfermedades crónicas de una sociedad donde vagabundos como Freddie Quell (Joaquin Phoenix) tratan de encajar en los engranajes de la maquinaria que hace girar el gran sueño americano.
'The Master' vuela fugaz sobre los campos roturados por Steinbeck, casi en paralelo al (su)realismo brutal que desbordaba el Mesías agnóstico de Flannery O'Connor ('Sangre sabia'), para presentarnos a dos personajes que son la cara y el reverso de una misma moneda: Lancaster Dodd (sosias de L. Ronald Hubbard), el maestro, y Freddie Quell, su delfín, un soldado veterano víctima de una psicología destrozada. Todo el metraje es un pulso entre ambos, un tenso ritual de dominación en el que Anderson sofística los elementos de una dramaturgia que rozó el éxtasis en la secuencia final de 'Pozos de ambición' para perfeccionarla. Impresiona comprobar que Anderson reafirma su admiración por la gramática del cine clásico tanto como su pasión por la poesía maximalista de Mikhail Kalatozov, porque ambas fluyen, si bien fracturadas, a través de los fotogramas de una obra maestra imperecedera.