Contra natura

JOSU EGUREN
Contra natura

Aestas alturas todos los lectores de 'El Hobbit' conocen la anécdota que dio origen a la publicación del relato seminal de la mitología tolkieniana, las influencias literarias del escritor británico, y el mimo con el que pulió las aristas de un vigoroso cuento infantil que se ha hinchado hasta tomar la forma de una fábula cinematográfica hipertrofiada. A ellos, que también son espectadores, tiene que extrañarles la precognición de Peter Jackson, lógica, en tanto que dirigió la Trilogía del Anillo, pero de difícil encaje en una adaptación que hubiese agradecido una mirada limpia de ataduras formales y estéticas.

Ocurre lo contrario. 'El Hobbit' es hijo de su secuela, una criatura, gestada contra natura, que corrige los defectos digitales de la trilogía para multiplicar la carga épica de la novela de referencia. Habrá quien argumente que Jackson se debe a sus espectadores -una verdad a medias-, pero, obviando incluso el chalaneo mercantilista, sigue siendo inexplicable la manipulación del tono lúdico y evocador del original. Ciento sesenta y seis minutos de celuloide dispuestos para engordar el primer tramo de una obra que en su versión impresa se devora en menos de seis horas. O la muerte de la imaginación, si lo prefieren.

Las imágenes que ilustran 'El Hobbit' son espectaculares, la banda sonora de Howard Shore ilustrativa y arrolladora, toda la Comarca, Erebor y Rivendel caben en una planificación milimétrica que maximiza el detalle, salvo el espacio en off en el que Ralph Bakshi rotoscopió las líneas maestras de la interpretación más emocionante y plausible de la saga de Tolkien. Si en 'Las dos Torres' Jackson bebió de referencias estéticas tan poderosas como 'El triunfo de la voluntad' de Riefenstahl, hoy podríamos afirmar que es el abanderado de una ética de la imagen totalitarista alérgica a la poesía que nace en el abismo que separa dos fotogramas, y eso, no mola nada.

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