Con 'César debe morir' estamos ante la adaptación cinematográfica de la inmortal obra teatral de William Shakespeare 'Julio César', representada aquí por los internos de una prisión italiana, bajo la dirección de los octogenarios hermanos Taviani, de quienes los buenos aficionados seguro que recuerdan 'Padre padrone' (1977). Mucho ha llovido desde entonces, pero el talento de ambos cineastas sigue intacto, al menos por lo que respecta a esta hermosa película, capaz de sorprender al más recalcitrante espectador. Ese equipo de actores no profesionales se muestra convincente a la hora de llevar a cabo la selección de los personajes, los ensayos y el estreno de la obra.
A lo largo de la historia del teatro y del cine muchas han sido las versiones que del vibrante texto del Cisne de Avon se han llevado a los escenarios y a los platós, pero ninguna como 'César debe morir', por lo insólito del reparto reunido -el inmenso esfuerzo creativo de sus intérpretes merece ser apreciado como se merece-, así como por su admirable capacidad para despertar el amor a la cultura, al cine, al teatro y al arte en general en espectadores de toda condición.
Conviene recordar que ya en 1953, el director Joseph L. Mankiewicz realizó una magistral versión cinematográfica de 'Julio César', con Marlon Brando, Deborah Kerr y James Mason al frente del plantel estelar. Pero los hermanos Taviani no se andan a la zaga a la hora de captar el espíritu de la obra, que podemos calificar de alta política. Al tiempo, la película incluye escenas de un hondo calado trágico y poético, como es la premonitoria despedida entre Casio y Bruto, tras el asesinato del emperador: «Si nos volvemos a ver sonreiremos. Si no, esta despedida será para siempre». Así pues, estamos ante una profunda meditación sobre el bien y el mal, la inocencia y la perversidad, la fidelidad y la traición, la luz y las tinieblas. El horror, que es el elemento shakespeariano por excelencia, adquiere aquí una fuerza devastadora.