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Cuarenta y cuatro ataúdes blancos

catástrofe en Bilbao

Cuarenta y cuatro ataúdes blancos

18.11.12 - 02:13 -
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«Un falso grito de alarma dado ayer en el circo durante la sesión cinematográfica impele al público a buscar atropelladamente la salida. Cuarenta y un niños, un joven y dos mujeres perecen aplastados». Así resumía en sus titulares de primera plana 'El Pueblo Vasco' «la horrenda catástrofe» que conmocionó Bilbao el 24 de noviembre de 1912 y cuyo balance final fue de 46 fallecidos, 44 de ellos niños. El próximo sábado se cumplen cien años de la tragedia, una de las peores registradas en la historia de la ciudad.
El Teatro Circo del Ensanche estaba cerca de la Plaza Elíptica. Era un edificio de madera, construido en 1895 en el mismo lugar donde antes se había alzado un circo. Dedicado en un principio a albergar funciones de malabaristas y cómicos, espectáculos muy populares en Bilbao, era lo que hoy en día se llamaría una sala polivalente que llegó a acoger competiciones deportivas. A principios de la década de los 10 del siglo pasado el cinematógrafo era su actividad principal.
El 24 de noviembre de 1912, domingo, hacía mal tiempo. El establecimiento ofrecía películas en sesión continua de tres de la tarde a doce de la noche. La entrada costaba 10 céntimos, un precio muy económico que favorecía la afluencia de público infantil y de todas las clases sociales. El plato fuerte era una película italiana, 'Quién ha robado el millón' (1911), que se había estrenado en España en febrero. El local estaba lleno, «de bote en bote».
Eran cerca de las seis de la tarde. «Estaban echando una película de ladrones, muy bonita, de las que a mí me gustan. Yo estaba con mi mamá y con mi hermano mayor», explicaba uno de los pequeños supervivientes al corresponsal de 'ABC'. «Oí gritos, vi que muchas personas se ponían en pie y, de repente, un señor que estaba en la butaca delante de la mía, dio un salto y se pasó detrás. Al saltar me dio una patada en la cabeza y caí al suelo. Mi mamá quiso cogerme, pero la empujaron y cayó sobre mí, dando gritos porque la hacían daño». Alguien, parece que una mujer, había gritado «¡fuego!», «sin que se sepa con qué intención», en la galería alta, después de un rifirrafe causado por un hombre que se propasó con una joven en la misma zona. El grito se fue contagiando y repitiendo en la tribuna, hasta el punto de que el proyeccionista detuvo la película para ver qué sucedía, lo que alimentó la confusión. Los gritos de alarma se multiplicaron, cundió el pánico y los espectadores de la galería alta intentaron huir por la única salida, una escalera estrecha. La puerta que daba a la calle estaba atrancada, pero un recodo impedía verlo a quienes intentaban escapar. Se formó una «avalancha humana», como la describieron los periodistas de entonces con términos que recuerdan a la reciente tragedia del Madrid Arena, una «ola» que empezó a convertirse en un montón de cadáveres a medida que los pequeños eran arrollados y aplastados por los espectadores enloquecidos.
Puertas cerradas
Varios adultos, entre ellos un grupo de guardias civiles fuera de servicio que asistía a la sesión en el patio de butacas, intentaron calmar al público al comprobar que en realidad no había fuego alguno, pero fue inútil. «Las personas que ocupaban la galería baja saltaron al patio de butacas y aun algunos de la alta se descolgaron por las columnas», relataba 'El Noticiero Bilbaíno'. Dos de las tres salidas del edificio -que daban a las calles Elcano y Concha- estaban cerradas. Varios espectadores lograron abrir a golpes las puertas del recinto y salieron a la calle, todavía gritando «¡fuego!», lo que favoreció el equívoco. La falsa noticia de que el Teatro Circo ardía corrió por toda la ciudad. Dos brigadas de bomberos se presentaron en el lugar mientras huía gente del local y, confundidos, empezaron a bombear agua. Algunos de los espectadores que habían conseguido salir intentaron ayudar a los que seguían atrapados dentro. Pronto se supo que los muertos superaban la treintena y que había decenas de heridos. Prácticamente todos los médicos de la ciudad se echaron a la calle para asistir a los heridos, que llenaron la Casa de Socorro del Ensanche hasta el punto de que hubo que instalar camillas en su portería. El Ejército envió sanitarios y camilleros desde Garellano, mientras que los vecinos de la zona que tenían automóvil se prestaron a trasladar a las víctimas al hospital de Basurto. Las tabernas y comercios se convirtieron en dispensarios de urgencia. El Ayuntamiento, encabezado por el alcalde, el liberal Federico Moyúa, reaccionó con rapidez y la corporación se reunió en pleno «hasta horas desusadas», mientras todo Bilbao sufría una conmoción social a medida que se corría la voz de que la mayor parte de los fallecidos eran niños y niñas. Policías y guardias civiles tuvieron que contener en Basurto y las casas de socorro a padres y madres desesperadas que buscaban a sus hijos entre los heridos y los cadáveres, algunos irreconocibles. El primer balance fue de 42 menores -de entre 3 y 15 años- y 2 adultos muertos. Al día siguiente fallecían otros dos pequeños.
El pleno del Ayuntamiento, que concluyó de madrugada, decidió organizar y costear los funerales de las víctimas y la construcción de un gran mausoleo en el cementerio de Vista Alegre, en Derio. El traslado de los cadáveres, el martes 26 de noviembre, desde La Casilla hasta la estación del ferrocarril de Lezama, en el Casco Viejo, fue una manifestación de luto única en la historia de Bilbao. Unas 40.000 personas asistieron al paso de los 44 ataúdes blancos de los menores y los 2 negros de los adultos, a hombros de jóvenes del Club Deportivo. «El desfile resultó imponente, tierno y conmovedor», relataba el cronista de 'El Pueblo Vasco'. Los gritos de las madres de las víctimas provocaban ataques de llanto y desmayos entre las mujeres «y no pocos hombres». Los funerales se celebraron el 27 en la abarrotada catedral de Santiago. El gobernador civil ordenó clausurar el Teatro Circo hasta que se aclarara lo sucedido y el Ayuntamiento emprendió acciones legales. Por su parte, las familias, que decidieron personarse como acusación particular, exigieron responsabilidades a los dueños del local. La investigación demostró que el Teatro Circo no cumplía las condiciones de seguridad reguladas en la época y había admitido a demasiados espectadores, pero nunca se llegó a saber quién y por qué gritó «¡fuego!».
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