La saga 'Crepúsculo' sigue dando buenos réditos a los productores, que continúan extrayendo todo su jugo comercial a la peculiar historia vivida por un joven vampiro y, al fin, una romántica vampiresa, como si fueran los auténticos herederos del sediento conde Drácula. En esta ocasión, los resultones Kristen Stewart y Robert Pattinson vuelven a liarse en mil y una aventuras pseudofantásticas, por culpa del fruto de sus amoríos, amenazado por siniestras fuerzas externas, negras como boca de lobo. Lo cual da paso a un patético desfile de personajes grotescos y situaciones involuntariamente risibles, que traicionan el espíritu original de las novelas de Stephenie Meyer y, si me apuran, de la digna primera entrega de 'Crepúsculo', dirigida por Katherine Hardwicke.
Ese estirar la historia como si fuera un chicle, desaparecido además el factor sorpresa, convierte la película en una redundancia sobre una serie de arquetipos, que parecen entresacados de un folletín por entregas, para más 'inri' trufado de pedantería a manta. Si a todo ello añadimos que la trama recuerda los desmanes presuntamente sentimentales de la mayor parte de los programos televisivos 'del corazón' -que cabe calificarlos con mayor exactitud 'de la bragueta'-, el resultado final no puede ser más descorazonador.
Desde una perspectiva sociológica, seguro que hay expertos en la materia dedicados a estudiar las razones del éxito de la saga entre jóvenes vampirizados en medio mundo. Seguro que el 'marketing', las multimillonarias campañas publicitarias y el carisma de sus juveniles intérpretes tienen mucho que decir. Pero ser joven significa otra cosa: es creer en la inteligencia, en el progreso y en el entendimiento; es ser capaces de convertir su talento en una fortaleza inexpugnable. Nada de todo ello se da en este decadente 'Crepúsculo', repleto de sujetos atrabiliarios, frases rimbombantes e imágenes relamidas hasta lo empalagoso. Una película, en definitiva, que le deja a uno más frío que la teta de una bruja.