Con 'Los amos del barrio' estamos ante una comedieta con ribetes fantásticos, en la que un grupo de amiguetes hacen las veces de vigilantes nocturnos en una pequeña población de la Norteamérica profunda (Ohio), con bastorros resultados. Pero, cuando un director (solo o en compañía de otros) se atreve con un lío de estas características, tiene ante sí dos caminos: el de la humildad y el pasar desapercibido o el de querer sentar cátedra y darnos una lección sobre sus presuntas ambiciones. Una significativa mayoría se pierde en esa ruta inicial, como es el caso de Akiva Schaffer, un profesional televisivo y máximo responsable de la infumable 'Flipado sobre ruedas'.
La mirada, en ocasiones absurda del realizador, es pintoresca: se pega como una lapa -o un tumor- a los cuatro despendolados protagonistas del tinglado. Será ese seguimiento a cada sujeto lo que amalgama el conjunto, para enjaretarnos una chirriante sucesión de situaciones chuscas, diálogos para besugos y escatología al por mayor, en la que también participan unos imposibles alienígenas. Lo cual da paso a un subproducto monstruoso y grotesco, en lo que muy bien podría ser la versión chunga de 'Super 8'.
Asimismo se trata de un matarratos que pertenece al grupo de cintas que generan muy pocas expectativas -por no decir ninguna- entre su público potencial. La pescadilla está vendida antes de tiempo y, de algún modo, sus incondicionales ya saben lo que van a encontrar: un sobado mejunje de muchos filmes que ya hemos visto antes, situaciones en apariencia hilarantes, obcecadas en despertar la risa fácil, así como unos protagonistas abandonados a su suerte, capitaneados por el histriónico -y por momentos irritante- Ben Stiller, que repite hasta la saciedad gestos y actitudes vistas una y mil veces. En resumidas cuentas, 'Los amos del barrio' más bien parece un juego intrascendente para el exclusivo divertimento de los propios intérpretes, en detrimento del gran público.