Un escritor que da con el paradero de la novela de otro y la publica con el suyo propio es el protagonista de 'El ladrón de palabras'. Película en semifallo de dos poco experimentados realizadores, dispuestos a demostrar lo difícil que es escribir como Dios manda. Asimismo, este cronista les recordaría lo complicado que resulta hacer bien una película, vistos los poco estimulantes resultados de su esfuerzo cinematográfico. De ahí que el proceloso tema de la apropiación fraudulenta de una obra literaria ajena, está en el meollo del título que hoy les comento, sin que en ningún momento sus autores logren superar el pie forzado del que parten.
Para dar vida a semejante personaje se ha elegido con criterio equivocado a Bradley Cooper, un actor muy limitado, que se mueve con mayor soltura en descacharrantes comedias al estilo de 'Resacón en Las Vegas', que en asuntos tan peliagudos como el del plagio o la impostura en su vertiente literaria. Sujeto que se verá al fin enfrentado a un Jeremy Irons convertido aquí en una especie de conciencia del falsario, con lo cual el filme de los ignotos aspirantes a directores Brian Klugman y Lee Sternthal intentan jugar con dos barajas, la del escritor de talento y la del plumífero tramposo, con mediocres resultados.
Tampoco faltan alusiones al arte en general, al amor verdadero y a la misma vida, con lo cual el filme se dispersa en varias direcciones, perjudicando de forma notoria la resolución del tema. Porque, digámoslo fuerte y claro, sus máximos responsables trivializan la trama argumental, hasta el punto de resultar falsa en su tercio final. La táctica desplegada para este drama psicológico es la observación, casi con cámara de entomólogo, de los rostros de los protagonistas. Pero también ahí hubiera hecho falta un Ingmar Bergman para demostrar que, tanto un cineasta como un escritor, deben tener la objetividad del químico y saber que, hasta los montones de estiércol, representan un papel en el paisaje.